Raúl González Fabre, S.J.
Cuntinúa en Caritas in Veritate (II): Una proposición revolucionaria y Caritas in Veritate (y III): El desafío a los cristianos
El año pasado por estas fechas, Benedicto XVI publicó su encíclica social Caritas in Veritate. Lo que sigue es la primera parte de un comentario parcial que publicamos unos meses después en Razón y Fe:
Caritas in Veritate es un documento de alto valor doctrinal que presenta una posición, no completa ni acabada, pero ciertamente sí profunda y desafiante, en materia de ética social. Por eso, la crítica que sigue sobre aspectos formales que quizás disminuyan su utilidad pastoral con muchos públicos, debe entenderse como una manera de identificar ciertas dificultades que prevemos en la divulgación de sus contenidos. Confiamos en que ello contribuya a que los divulgadores encuentren solución a esas dificultades, y realicen su tarea más eficazmente.
La encíclica consta de tres tipos de parágrafos ("números") claramente distinguibles. Un primer grupo, donde deben contarse la introducción y la conclusión completa más algunos otros desarrollos intermedios, presenta una antropología de la persona en sí misma y en sociedad fundamentada teológicamente. Su estilo es conceptual, denso e internamente coherente, como si esos textos hubieran salido de la misma pluma de principio a fin, muy probablemente la de Benedicto XVI. Sin embargo, esos párrafos no son fáciles de leer sin buena formación en filosofía y teología, entre otras cosas porque no identifican a los autores o las escuelas de pensamiento con los que dialogan. Por otra parte, algunos aspectos importantes de la posición papal no son explicitados sistemáticamente en el texto y deben ser completados por el lector; crucialmente, ello ocurre con el concepto de 'verdad'.
Un segundo grupo de párrafos, en los capítulos 1 y 2 principalmente, consiste en una presentación y actualización de Populorum Progressio, la encíclica de Paulo VI cuyo cuadragésimo aniversario conmemora Caritas in Veritate. La relectura de Populorum Progressio sirve de hilo conductor para sentar posiciones sobre algunos asuntos tratados por Paulo VI, confirmándolas, actualizándolas o completándolas, según corresponda. Se trata de números más fáciles de leer que los anteriores, aunque la familiaridad con Populorum Progressio es necesaria para apreciar los matices interpretativos que Caritas in Veritate introduce.
Finalmente, un tercer grupo de parágrafos, el más extenso, presenta posiciones de la Iglesia sobre una cantidad considerable de concepciones y problemas relevantes en los debates sociales contemporáneos. Lo hace en extensiones y con profundidades de fundamentación y argumentación muy variables de un tema a otro, lo que denota una pluralidad de plumas y en ocasiones también de momentos redaccionales, enhebrados de formas no siempre fluidas o fáciles de seguir.
Las posiciones presentadas en este tercer grupo de parágrafos se asemejan en buena medida al pensamiento compartido por muchos interlocutores de mayor o menor 'buena voluntad' en la escena global desde hace algunas décadas (ONGs, organismos de Naciones Unidas, foros globales de organizaciones civiles, partidos más o menos progresistas, incluso políticos y empresarios con verdadero poder cuando se revisten de utópico para oficiar cara a la galería biempensante). Así, quien leyera la encíclica buscando sólo la posición de la Iglesia acerca de los problemas sociales acuciantes de nuestro tiempo, encontraría mucha coincidencia con posiciones corrientes en el discurso "políticamente correcto", presentadas de manera rápida y a veces superficial, sin grandes novedades.
Probablemente sólo dos puntos disonarían a ese hipotético lector en primera lectura: (1) la insistencia del Papa en conectar la ética sexual y familiar católica con la ética de la lucha contra la pobreza, en el sentido contrario al sostenido por quienes confian en el control de la natalidad para acabar con la pobreza; (2) el llamado a crear formas globales de gobierno con características nítidamente estatales, sobre el que el sentir político común está dividido entre los que encuentran la idea impracticable y los que la encuentran aborrecible.
Ciertamente, a la 'persona de buena voluntad' que leyera la encíclica sin compartir la fe en Jesucristo, le llamaría también la atención que un hombre con fama de conservador, como Benedicto XVI, suscriba posiciones radicales sobre muchos problemas sociales y medioambientales. Esa extrañeza podría constituir el punto de partida de una mejor intelección de la encíclica. Sin embargo, nos tememos que la estructura misma del texto dificulte a muchos el paso de la revisión superficial de posiciones papales sobre esto y lo otro, al núcleo de su mensaje. Hay problemas de emisión: la introducción desalentará a muchos por su densidad y su lenguaje teológico; el análisis y las tomas de posición lo harán por su rapidez y aparente falta de sistematicidad.
Sin embargo, el núcleo del mensaje de la encíclica no se encuentra ni en esas tomas de posición ni en la antropología teológica enunciada en la introducción y en otros párrafos, sino en la conexión entre ambos. En nuestra opinión, el Papa finalmente muestra en la encíclica que: (1) la antropología teológica cristiana permite comprender el problema del desarrollo humano viendo en él más dimensiones interconectadas que las perceptibles desde otras antropologías; (2) esa visión cristiana permite a los católicos coincidir con las posiciones de muchos otros ante ciertos problemas de la sociedad contemporánea, matizarlas o separarse razonadamente de ellas en otros casos, y actuar consistentemente por un mundo mejor en todos ellos; (3) y esto sin necesidad de separarse de la propia Tradición espiritual e intelectual para aceptar fundamentos de otras ideologías corrientes de la derecha o la izquierda, sino al contrario, precisamente permaneciendo fieles a esa Tradición.
Es difícil que este mensaje llegue a quienes no son cristianos. Estas personas tenderán a ignorar los desarrollos teológicos de la encíclica y a valorar las tomas de posición por relación a los discursos corrientes, aceptándolas en cuanto coincidan con sus propias posiciones, rechazándolas en cuanto las contradigan o se separen de ellas. Además, los prejuicios contra el catolicismo, ampliamente extendidos en Occidente, generarán sus propios problemas de recepción, que ya se han reflejado en estruendosos silencios y en comentarios de prensa incapaces de ir más allá de lo llamativo para la opinión común creada por la prensa misma.
Pero puede haber también problemas de recepción entre los católicos. Benedicto XVI engrana en una antropología posiciones sobre problemas sociales sostenidas por la derecha y por la izquierda católicas. Puede hacerlo porque, históricamente, el pensamiento de la derecha y el de la izquierda occidentales derivan en buena medida del cristianismo. Incluyen cada uno de ellos radicalizaciones de unos aspectos y silenciamientos de otros ya contenidos en la Tradición cristiana. Al reunirlos bajo una sola visión teológica, el Papa está prestando un valioso servicio a la comunión eclesial, que debería traducirse, si los católicos aceptamos su enseñanza, en una reconciliación de sensibilidades políticas, complementándose unas con otras en esa visión mayor, y facilitando un incremento de la capacidad de acción colectiva de los católicos en la vida pública.
Sin embargo, bien podría ocurrir que el mensaje del Papa no sea comprendido en la Iglesia misma, sino que los prejuicios de la derecha y la izquierda católicas, empeñadas cada una de ellas en legitimar religiosamente sus posiciones políticas y deslegitimar las del otro, lleven a silenciar la encíclica o a citarla sesgadamente. Contra ese peligro queremos actuar aquí, intentando presentar una propuesta nuclear de la encíclica en su radicalidad y complejidad. Esa propuesta deja a la conciencia católica ante fronteras que debemos seguir explorando desde el punto de partida que nos ofrece el Papa.
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Raúl González Fabre. Hermano jesuita, profesor de Microeconomía y de Ética en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y colaborador de Pueblos Unidos, ONG que apoya a migrantes en el norte de la ciudad. Antes, ha trabajado en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), en el Centro Gumilla (Caracas) y en el Servicio Jesuita a Refugiados como coordinador latinoamericano, como oficial de política en Zambia y como consultor en Roma. Se interesa por diversos aspectos concretos de la misión Fe-Justicia de la Compañía: la relación entre Ética y Economía, las cuestiones de gobernabilidad de la globalización, la conexión entre modernización y cultura pública en los países en desarrollo, la situación de migrantes irregulares y refugiados…
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