Miércoles, 08 de Septiembre de 2010 10:06
Reflexiones eclesiales desde la Universidad. Charla presentada en el marco de la Semana de Reflexión sobre Mons. Enrique Angelelli, organizada por Tiempo Latinoamericano en Córdoba, Argentina.
“Busquen el reino de Dios y su Justicia y lo demás se les dará por añadidura.” Este es el mandato de Jesús en el sermón del monte.
“Justicia, justicia perseguirás”, dice el Antiguo Testamento. Esos mandatos son muy fuertes en la tradición bíblica, en particular en la tradición profética.
Los profetas, más allá de su variedad, por lo general tenían temas comunes de predicación y estos eran: la denuncia de los abusos del poder; la crítica al rey por no ser lo que debía ser: una imagen del Dios que toma partido por el pobre; y la denuncia del culto vacío.
Aquí quisiera detenerme en primer lugar.
El Culto está estrechamente vinculado a la memoria. La liturgia rememora, para re-actualizar. Eso es lo que decimos. De hecho, los cristianos en la Eucaristía hacemos memoria. Memoria viva. Realizamos los gestos y las palabras en memoria Suya, en memoria de la entrega y el martirio de Jesús, un martirio que da Vida. Sin embargo nuestras vidas, muchas veces, están vacías de memoria y de contenido profético y martirial.
¿Cuál es el aporte que podemos ofrecer desde la reflexión teológica y desde la praxis cristiana a este proceso de búsqueda de construcción de la Justicia que debemos realizar como sociedad?
En su libro “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”, Gustavo Gutiérrez –reflexionando sobre le libro de Job, y el sufrimiento del inocente– dice que hay dos tipos de teología.
Una –la de los amigos de Job– que parte de supuestos abstractos, de premisas y silogismos de la que se desprenden conceptos morales que deben ser aplicados. Es la teología de la retribución. Dios bendice al que obra bien, y la prosperidad económica es su signo bendicional. Cumplir los mandatos atrae la bendición. Esta es una teología sin historia que le dice a Job, el inocente sufriente, que sufre por su culpa, porque “algo habrá hecho”. Esa teología es una súper estructura opresiva ante la que hay que someterse. Una teología con respuestas ya prefabricadas sin atención a quién es el que pregunta, o mejor aún a quién es el que grita de dolor como su forma de expresar su protesta y su pregunta implícita a Dios.
Esa teología sin memoria, supone que la Justicia es algo dado y que se realiza cumpliendo con determinados mandatos “naturales” dados. Además esta teología supone que las “gentes decentes” son premiadas y los pobres castigados, una teología del mérito que culpabiliza a las víctimas y exculpa a los verdugos.
La otra teología, señala Gutiérrez, es la de Job, el inocente sufriente, que es la que surge de la experiencia, desde el clamor del pobre. Es la teología del amor gratuito de Dios que no es “merecido” por acciones, sino que se ofrece gratuitamente. Es la experiencia gratuita del Dios que se conmueve por el pobre y escucha el clamor de su pueblo.
Desde ese clamor, escuchando ese clamor, se puede comenzar a vislumbrar qué significa la justicia: que la compasión prime sobre los principios abstractos, que las personas importen; que los verdugos rindan cuentas ante las víctimas, que la primera autoridad es la de los que sufren y que los pobres deben ser el centro de la acción de los gobiernos, pero también el centro de las preocupaciones eclesiales.
Se nos presenta la disyuntiva entre una teología abstracta de la ley y la teología de la compasión. Cada una da como resultado construcciones eclesiales, políticas y sociales distintas. La primera no tiene memoria sino axiomas universales, a temporales; la segunda guarda la memoria de las víctimas y desde allí intenta construir una iglesia y sociedad en la que haya lugar para todos, en la que no haya excluidos, en la que los verdugos no tengan la última palabra.
Desde una teología de la compasión se vislumbran consecuencias éticas importantes: como por ejemplo que la comunidad eclesial –laicos y jerarquía- se debe preocupar primordialmente por atender a los que sufren y por luchar contra los que provocan el sufrimiento, la exclusión y la deshumanización. Esa es la prioridad muy por encima de esa obsesión doctrinal respecto de los que disienten o se muestran perplejos frente a determinados mandatos magisteriales.
Recordar la vida y el martirio de Monseñor Enrique Angelelli, aquí y ahora, es un acto de memoria; pero sería una memoria vacía de contenido (un rito vacío) si no va unida estrechamente a la escucha del clamor de los que sufren, de las grandes mayorías, de los que padecen la exclusión y la postergación de necesidades básicas.
Esa memoria es cristiana si va unida a la lucha por la construcción de la justicia. A la justicia como realidad institucional: que incluye por ejemplo el esclarecimiento del asesinato de Angelelli, y el juicio y la condena de los terroristas de Estado; pero que continúa con la búsqueda de una justicia social demasiado largamente esperada, por la que debemos trabajar. Una búsqueda en la que como comunidad eclesial debemos comprometernos.
Y en eso, institucionalmente como Iglesia tenemos mucho que crecer.
Una institución que en sus miembros castiga más severamente al que disiente que a los han abusado de menores o cometido crímenes de lesa humanidad, está seriamente confundida respecto de los intereses de Jesús.
Siendo más claros aún: cuando la justicia -esta que tenemos, que será como será pero es la que hay- condena a algún miembro del clero por gravísimas violaciones de los derechos humanos (es el caso del pbro. Cristian Von Wernich) o a otros por abusos de menores (el caso del padre Grassi) o abuso de autoridad (mons. Storni), y nuestra Iglesia no los suspende del ministerio, está dando una señal muy negativa al pueblo de Dios. Sobre todo si luego se sanciona a otros miembros por cuestiones de mucha menor trascendencia.
No hay construcción de la Justicia a nivel eclesial sin reconocimiento de la justicia civil. Cuando se sanciona a un sacerdote por disentir públicamente y por expresarse de acuerdo a lo que finalmente ahora es ley (el matrimonio civil entre personas del mismo sexo), -es decir algo que debe ser aplicado como criterio de justicia- se está dando otra señal sumamente confusa que afecta su credibilidad. Se está señalando que a la Iglesia jerárquica pareciera importarle más la uniformidad doctrinal que la Justicia; pareciera que le preocupa más ser una suerte de agencia de moralidad, que una comunidad de creyentes que anuncia un modo nuevo de vivir conforme al Reino en donde el primer interés es el de las víctimas y donde no hay mandato más alto que responder a la autoridad de los que sufren.
Queda de manifiesto un mensaje muy inquietante: se puede ser cómplice de asesinatos y del terrorismo de estado, se puede abusar de los menores y los débiles y sin embargo seguir ejerciendo el ministerio, pero no se puede disentir públicamente con la voz oficial sobre temas de la sociedad civil porque se es sancionado. Imagino que Jesús tendría serias dificultades para comprender esto.
Por otra parte la memoria de los mártires debe movernos como comunidad eclesial a actualizar el martirio, y por ende a trabajar por la causa de la justicia por la que los mártires lucharon.
Sería vaciar la memoria de Monseñor Angelelli no comprometernos como comunidad eclesial en construir una sociedad más justa, en el presente y con esperanza de futuro. Y si eso no significa también dar testimonio, es decir el martirio.
Y las Universidades… ¿qué aporte podemos hacer?
No es posible olvidar que muchos de los grandes responsables de la situación de injusticia e insolidaridad que vive nuestra sociedad argentina han pasado por aulas universitarias (y en muchos casos universidades católicas). Muchos graduados universitarios han sido los que han ideado los planes económicos que han arruinado a muchos y han excluido en la miseria a una gran cantidad de hermanos nuestros. Han sido en su mayoría universitarios, quienes han privilegiado sus intereses por encima del bien común y han puesto el lucro por encima de la justicia y la equidad; han sido universitarios, por lo general, quienes han tomado decisiones trascendentes para sembrar la corrupción y el autoritarismo en nuestra sociedad. Las universidades y los universitarios, hemos sido parte del problema; por lo tanto es justo que comencemos a ser parte activa en la solución de los problemas que nos aquejan como nación.
Entonces... ¿qué hacer? Hacerse cargo, encargarse, cargar
Ignacio Ellacuría decía –siguiendo a Zubiri- que la inteligencia lo que hace es, fundamentalmente, aprehender la realidad, tratar de captar lo real como real, no como abstractamente participante del ser. Aprehender la realidad desde la existencia, más que de esencias inmutables. Lo que hace la inteligencia es aprehender la realidad y enfrentarse con ella. Este proceso de aprehender la realidad y enfrentarse con ella tiene tres dimensiones que él llama el “inteligir de la liberación”. Estas son: hacerse cargo de la realidad, encargarse de la realidad y cargar con la realidad.
En primer lugar, él dice hacerse cargo. Hacerse cargo tiene que ver con un pensamiento encarnado, contextualizado. Es el momento teórico; pero no se teoriza en el aire, sino haciéndose cargo de lo real. Haciéndose cargo de la memoria, de la realidad desde la perspectiva de los que sufren.
Se enseña medicina o derecho –por ejemplo- a unas personas determinadas, en un contexto determinado, en un barrio, en una ciudad determinada, entre piquetes, reclamos y carencias. En un contexto de exclusión y de injusticia. Eso debe decirnos algo en nuestro teorizar. Se piensa la política asumiendo la realidad “real”, no lo que nos gustaría que fuera, no lo que dicen los enunciados de nuestra doctrina social. La política (o el Derecho, o las ciencias económicas, u otras disciplinas) se piensa desde un compromiso con esa realidad. Eso debería afectar de manera significativa nuestra docencia; implica un nuevo modo de docencia, que incorpore cada vez más el diálogo con la realidad y la conciencia crítica.
En segundo lugar, dice Ellacuría, que además de hacerse cargo, la inteligencia tiene que encargarse de la realidad, tiene que encargarse de ponerle una dirección, un color, unas expectativas, un horizonte; tiene que hacer algo con la realidad para que esa misma realidad vaya llegando a ser lo que debiera ser. Esta es la dimensión práctica.
La realidad nos atraviesa, el contexto nos configura de alguna manera, a todos. El proceso de transformación de la realidad, en el que la Universidad debe ser un actor importante, significa también asumir que es necesario transformar la realidad para que sea más humana.
Encargarse es tener claro la prioridad del “sentido”. Dar sentido a lo que se hace, dar sentido al compromiso. Dar sentido a lo que se enseña y estudia. Lo que desanima a nuestros estudiantes es la falta de sentido (que lo que aprenden no parece tener sentido y que no parece tener sentido aprender en un mundo en el que no hace falta esforzarse para ser exitoso, o que el esfuerzo no es recompensado). Dar sentido y orientar lo que se aprende y lo que se investiga para la resolución de problemas acuciantes de las grandes mayorías. Para intentar influir positivamente en la elaboración de políticas públicas para el bien de los sectores más excluidos.
Y en tercer lugar: al ser humano no se le dio la inteligencia sólo para aprender muchas cosas sino para cargar también con la realidad (dimensión ética). La realidad pesa, el que quiera conocer realmente lo que es la exclusión deberá hacerse cargo de la exclusión real, no de la definición de exclusión de los manuales. El que quiera encargarse de la injusticia para que deje de ser opresión va a ver muy pronto que tiene que cargar con algo: con la reacción de quienes quieren que la injusticia y la inequidad sigan, y de esos hay muchos, muchísimos. Cargar con la realidad, dejarnos afectar por lo que la realidad tiene de peso. Cargar con la realidad significa enseñar a asumir las consecuencias de las opciones. Enseñar a hacer opciones de vida. Enseñar a re-unir lo que en la vida se da divorciado: Teoría, práctica y ética.
Este “inteligir de la liberación” es un modo de encarnación del conocimiento que se produce en nuestras universidades, un modo de comprometerse, como Jesús, con los problemas de las grandes mayorías sufrientes. Desde este inteligir de la liberación, las universidades –en particular las Universidades de la Compañía- podemos aportar a la construcción de una Justicia social demasiado largamente esperada.
Concluyendo.
Hacer memoria para construir Justicia. Escuchar el clamor de los sufrientes para acertar el camino, hacernos cargo, encargarnos y cargar. No todas las incógnitas están despejadas, pero el camino está trazado. Luis Espinal, jesuita asesinado en Bolivia, dice con belleza y profundidad: “entrénanos Señor a lanzarnos a lo imposible porque detrás está tu gracia y tu presencia”.
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