viernes, 17 de septiembre de 2010

Paralelismos


Raúl González Fabre, S.J.
Miércoles, 15 de Septiembre de 2010 12:51



Para quienes asistimos con atención a la crisis latinoamericana de los ’80, la actual crisis española presenta un preocupante aire de familia.

La fase alzista que lleva al hiperendeudamiento, agudizado por burbujas de precios y la corrupción rampante en algunos sectores, termina cuando un giro en las condiciones financieras internacionales limita el crédito y obliga a pagar las deudas.



El correspondiente sacrificio se reparte de manera muy desigual, puesto que hay quien sabe preservarse e incluso hacer grandes negocios en medio de la turbulencia. Otros, por el contrario, sufren efectos catastróficos sin proporción con los beneficios que recibieron en la fase de crecimiento: quedan desempleados sine die, sus pequeños negocios quiebran, ven cerrarse el horizonte para sus hijos... El ajuste requerido para pagar las deudas incluye la subida de los impuestos y el desmontaje de parte del Estado del bienestar, así que es soportado en buena medida por quienes no habían decidido esas deudas.

Como en su momento en América Latina, a estos sucesos económicos sigue un malestar político de fondo en España. El diario madrileño La Razón nos informa el domingo de que más de 75% de los españoles confía poco o nada en el presidente Zapatero. Nada extraño, dado que a mediados de año dio un giro antipopular en su política para hacer y decir lo contrario que una semana antes; sujeto poco confiable sin duda. Pero la misma encuesta informa que menos del 25% de los votantes confía en el señor Rajoy, líder de la oposición, pese a que ganaría las elecciones con buena diferencia.

Pero no es sólo la clase política. Las dos grandes centrales sindicales españolas han convocado una huelga general contra las medidas laborales del Gobierno para el miércoles 29 de septiembre (¡tres meses después de que las medidas fueran anunciadas, cuando ya muchas de ellas han sido aprobadas en el Parlamento!). Otra encuesta indicaba que, a tres semanas de la huelga, menos del 10% de los trabajadores planeaban participar en ella. Parando los transportes con piquetes conseguirán quizás parar el país, pero no debe esperarse la huelga general revolucionaria de momento. Los más molestos con la huelga serán los trabajadores.

Y luego está la patronal. El presidente de la mayor asociación gremial, la CEOE, tiene un considerable calendario judicial pendiente por asuntos como los de Aerolíneas Argentinas, Air Comet y Viajes Marsans. Cuando intenta dirigirse al país como líder de los empresarios, los periodistas le preguntan por sus enredos de negocios. No es raro que pequeños empresarios y autónomos, que están quebrando por centenares de miles, sientan que carecen de representación en las negociaciones sociales sobre la crisis.

Y así, como en otro tiempo en América Latina, la crisis económica se está convirtiendo en España en una crisis de representación política. De ahí a la crisis institucional, y a la aparición de algún demagogo más o menos rufianesco con buena puntería que embargue el país, como Chávez está haciendo con Venezuela o Berlusconi con Italia, no hay más que un paso.

La Historia enseña que esto no es en manera alguna inevitable: los pueblos suelen dar un periodo de gracia a los regímenes democráticos para que hagan reformas institucionales de raíz y se regeneren. Pero enseña también la Historia que pocas cosas hay más pertinaces que la sordera de las élites que dejan de liderar y empiezan a ir a remolque de los acontecimientos, tratando de sobrevivir con maniobras pequeñas cuando la hora pide grandeza política. Al final, la puerta del poder cae ante la patada del demagogo porque estaba tan podrida que no había quien la sostuviera.

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