
Raúl González Fabre, S.J.
Miércoles, 01 de Septiembre de 2010 06:48
Continúa en Caritas in Veritate (y III): El desafío a los cristianos
En el comienzo de la encíclica Caritas in Veritate (2009) se encuentra la siguiente proposición: "[La caridad] da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas." (CV, 2).
El alcance de esta idea sólo puede ser entendido a partir del estado actual de las ciencias sociales. No hay escuela de pensamiento relevante que afirme a la caridad como sustancia o principio de las relaciones macrosociales.
Las relaciones macrosociales son, de necesidad, impersonales y abstractas en sociedades extensas de millones de personas. A diferencia de las relaciones interpersonales o cortas, propias de los pequeños grupos donde el otro puede ser considerado en su particularidad, por quien él es, en las relaciones impersonales o largas resulta cognitivamente imperativo abstraer al otro, considerándolo sólo por lo que él es en el contexto de la relación: ciudadano de un Estado o extranjero, oferente o demandante en un mercado, miembro de una asociación u organización, ocupante de un cierto puesto en una jerarquía social determinada, etc. Las relaciones macro-sociales sólo pueden funcionar correctamente si se rigen por reglas abstractas que se aplican por igual a todas las personas situadas en la misma posición respecto a una cierta relación.
Las cualidades deseables de los arreglos macrosociales propuestas por sociólogos, economistas y politólogos son del tipo de la estabilidad, la eficiencia y la justicia, no de la caridad. Entre ellas, la justicia realiza el reconocimiento al otro posible en el contexto de las relaciones impersonales, donde no es viable conocer personalmente al otro con el que entramos en relación y en muchas ocasiones ni siquiera es posible saber cuántos otros participan en la relación. Piense el lector en la ropa que viste: ¿cuántas personas han intervenido en que esas prendas existan y hayan llegado hasta él? ¿dónde están esas personas? ¿quiénes son? ¿cómo podrá reconocer su trabajo si no es habiendo pagado un precio justo por la ropa, si acaso preocupándose por que ese precio haya sido justamente distribuido a lo largo de la cadena que trajo las prendas hasta él?
La caridad o el amor (sinónimos en la encíclica y en este artículo) implica, por contraste, un reconocimiento del otro en su particularidad, que quiere ayudarle a crecer como persona a partir del punto existencial preciso en que él se encuentra. Por ello, en las ciencias sociales suele reservarse al amor un rol en las relaciones familiares, en los círculos de amigos, en las pequeñas comunidades..., esto es, en contextos donde conocer y ser conocidos personalmente resulta practicable. A lo largo de nuestra vida, ese conocimiento preciso para amar al otro por quién él es, sólo puede alcanzarse con unos pocos cientos de personas; pero nos relacionamos cada día, a través de diferentes macroestructuras sociales, con muchos millones. El amor parece un principio imposible para las relaciones macrosociales.
De hecho, el principal candidato a constituir ese principio en nuestros días, el candidato por excelencia a 'cemento de la sociedad', no es la caridad sino el interés propio racionalmente perseguido. Ello denota el peso que han llegado a adquirir cuerpos teóricos como la economía neoclásica o el realismo político en la visión contemporánea de la sociedad. En algunas posiciones extremas pero muy divulgadas, como la de Hayek[1], incluso la solidaridad y la justicia social, que implican un reconocimiento abstracto de las necesidades del otro, no constituyen sino atavismos de la etapa evolutiva en que la Humanidad vivía en pequeñas comunidades de cazadores-recolectores. Esos atavismos siguen necesitando satisfacción a través de pequeños grupos comunitarios, pero sería un error intentar organizar sociedades extensas sobre la base de ellos. No en vano había dicho Adam Smith en su frase más célebre: "No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de su preocupación por su propio interés".[2]
Benedicto XVI, sin embargo, propone al amor como sustancia de las relaciones sociales, por tanto como principio estructurante del orden social. Lo hace por razones explícitamente teológicas, no derivadas de la observación empírica, ni sólo filosóficas:
"La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna" (CV, 19).
¿Es el Papa consciente del problema cognitivo que plantea esta primacía del amor en lo macrosocial? En fin de cuentas, conocer perfectamente a todas y cada una de las personas hasta el punto de amarlas por quienes ellas son, sólo está al alcance de Dios. Creemos que esto no escapa a Benedicto XVI: la realización humana del amor en las relaciones macrosociales será siempre limitada e imperfecta, pero ello no obsta para que debamos vivir en tensión hacia ella, reconociendo que el amor nos da el ser y que estamos llamados a ser amando en todas nuestras relaciones. La escisión moderna entre la esfera privada y la pública, con el reconocimiento de principios diferentes de estructuración para cada una de ellas, es negada por este planteamiento de partida de Caritas in Veritate.
Así, la encíclica puede entenderse como una indagación sobre posibles formas de realización del amor en las relaciones macrosociales. Más que la expresión de una doctrina social acabada, podría leerse como un tanteo buscando puntos de ruptura del sistema social y mental que, en el mejor de los casos, separa el amor de la justicia y confina el primero a la vida privada, y en el peor, renuncia a los dos para organizar la esfera pública a partir del propio interés sólo limitado por una coacción legal de propósito meramente funcional. Para comprender el alcance del intento, debemos profundizar en el significado de los dos términos centrales de la encíclica: la caridad y la verdad, lo que haremos en la siguiente entrega.
--------------------------------------------------------------------------------
[1] Friedrich Hayek [1989 (1976)], "El atavismo de la justicia social", Estudios Públicos, n. 36, pp. 181-193. Santiago de Chile.
[2] Adam Smith [1976 (1776)], An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, book I, chap. 2, para. 2. Chicago: University of Chicago Press. Online at: http://www.econlib.org/library/Smith/smWN.html.
No hay comentarios:
Publicar un comentario