miércoles, 22 de septiembre de 2010

Dios y el dinero

Nathan Stone, S.J.
Martes, 21 de Septiembre de 2010 17:17

Ningún servidor puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y al Dinero. Lucas 16:13

El dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores, de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia. Así nos dijo Alberto Hurtado, hace más de cincuenta años. Su reflexión sigue vigente hoy.

Entendemos la economía como si fuera el orden natural de las cosas, parte del sagrado círculo de la vida, creado por Dios en el octavo día, y por eso, intocable. Eso es falso. El dinero, con todas sus artimañas, es hechura de manos humanas. La creciente brecha entre ricos y pobres es nuestra responsabilidad.

En este mundo, lo que sucede en la vida de los ricos es noticia. Si eres pobre, no existes. La ley es flexible con el poderoso, y se despliega con todo su rigor ejemplar contra el pobre. Se compra al indigente por el sueldo mínimo, pero al acomodado, no se le puede causar la más mínima incomodidad. Se disminuyen los impuestos para los ricos, y se suspenden los programas sociales para los pobres. Se inventan motivos éticos para hacer la guerra, pero la razón de fondo es el dinero. Si el mundo es así, es porque lo hemos hecho así.

El sucio dinero como tal no tiene la culpa. No es más que un concepto abstracto de valor que facilita el intercambio de bienes y servicios. La idea es poder compartir la prosperidad material que esta tierra promete. El dinero no pretende desplazar el amor, ni la justicia, ni la compasión.

Sin embargo, se ha enraizado en la conciencia del hombre como un fin en sí, un valor concreto, prioritario y absoluto. Trae poder, ambición, sexo, prestigio, honores y aplausos. El deseo del dinero es un demonio que esclaviza y somete. La codicia conduce a la soberbia, y de ahí, comienzan los abusos más extravagantes.

No podemos servir a Dios en lo privado, y al dinero en lo público. Te liberas del dominio del dinero cuando lo usas para hacer lo que Cristo haría, para levantar del polvo al desvalido, y alzar al pobre de su miseria, como el administrador prudente de la parábola. De explotador, es transformado en providente, porque así es el corazón del Padre de Jesús.

Así es la justicia divina, también. Tenemos la obligación, ante Dios, de hacernos cargo del funcionamiento despiadado y aparentemente autónomo de la maquinaria del mercado. ¿Cómo suavizar sus asperezas? ¿Cómo entibiar sus frialdades? Es nuestro desafío personal. ¿Cómo participar en la superación de la pobreza hoy? ¿Qué puedes hacer para ayudar a crear una nueva economía operante y solidaria?

MIRADA GLOBAL

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