jueves, 2 de diciembre de 2010

Por qué no se suicidan los pobres I


Víctor Codina, S.J.
Jueves, 02 de Diciembre de 2010 07:39

Gustavo Gutiérrez se pregunta “¿Dónde dormirán esta noche los pobres?”. Es una pregunta interpelante que expresa la preocupación angustiosa por tanta gente que vive a la intemperie, sin hogar ni trabajo.

Pero yo quisiera completar esta pregunta con otra, que quizás nos puede extrañar: ¿Por qué no se suicidan colectivamente los pobres?

No pretendo aquí hacer un estudio sociológico del fenómeno del suicidio en el mundo, ni presentar estadísticas sobre el número de suicidios individuales en los países ricos del Norte frente a los países pobres del Sur, aunque seguramente constataríamos que su número es mayor en el Norte que en el Sur, donde también hay suicidios individuales por motivos sentimentales, familiares y a veces económicos.


Mi pregunta tiene otra intención: ¿cómo es que en los países pobres del Sur, en América Latina muy concretamente, no se dan esos suicidios colectivos que a veces en algunas “sectas” fundamentalistas y apocalípticas se han producido, bajo las órdenes de un líder fanático? ¿Por qué los grupos indígenas no deciden extinguirse y desaparecer?

En América Latina los pobres, los grupos marginados, los campesinos, los indígenas y afrodescendientes, padecen muchas veces hambre, desnutrición, muchos de ellos no tienen agua ni electricidad, no gozan de un empleo estable, no poseen una vivienda digna, sufren por falta de escuelas y de hospitales, se sienten excluidos, muchos emigran al exterior en busca de mejores condiciones de vida…Y sin embargo siguen adelante y luchan por la vida, se enamoran y se casan, tienen hijos, los niños juegan y ríen, las mujeres compran flores y celebran fiestas, se levantan cada día con la esperanza de mejorar su vida, con la ilusión de construir un mundo mejor, de luchar para que sus hijos vivan una vida más digna y no padezcan la estrechez económica que ellos han sufrido.

Cuando en el Primer mundo las Utopías han muerto y los Grandes relatos han desaparecido, cuando los ideales del Mayo del 68 son objeto de crítica y de ironía, y cada uno busca vivir lo mejor posible prescindiendo de los demás…en América Latina todavía la gente sueña con un mañana mejor, con un mundo donde haya justicia, solidaridad, respeto a las diferencias étnicas y sexuales, libertad, inclusión, armonía con la naturaleza, donde, como el profeta anunciaba, el lobo y el cordero puedan pacer juntos y el niño pueda jugar con la serpiente (Is 11, 6-8).

¿De dónde nace esta esperanza de que otro mundo es posible y necesario? Esta esperanza no es fruto de sus estudios sobre economía política, ni de una reflexión sobre la historia de las civilizaciones, sino de algo más sencillo y profundo.

Frente a todos los agoreros de la sociología que anunciaban que en América Latina la secularización rabiosa y lineal del occidente ilustrado iba a barrer con la religión y producir una sociedad agnóstica y atea como la europea, la religión pervive con fuerza en América Latina, dentro de un gran pluralismo religioso. Esta religiosidad pluriforme es sin duda la fuente última de su esperanza existencial en la vida.

Sin querer hacer un estudio pormenorizado del pluralismo religioso en América Latina podemos afirmar que junto a las viejas raíces culturales y religiosas de las cosmovisiones ancestrales anteriores al cristianismo, pervive una fuerte religiosidad popular que es la forma más inculturada de vivir la fe desde sus raíces culturales y que es la más extendida en los sectores pobres. Junto a esta forma de religiosidad popular están los practicantes dominicales y un grupo minoritario de cristianos que podemos llamar comprometidos, militantes, discípulos y misioneros. Indudablemente forman parte de este pluralismo religioso los que pertenecen a comunidades evangélicas y también los que integran grupos para-cristianos o no cristianos.
Continuará...

domingo, 17 de octubre de 2010

Piñera y los mineros


Carlos Peña
Domingo 17 de Octubre de 2010
La política —sugirió alguna vez Ronald Barthes— es como el espectáculo de lucha libre o como las teleseries.
Así como en el catch nada es lo que parece (en Titanes del Ring las patadas no eran patadas, el vuelo no era vuelo y el ganador no era genuino ganador), lo mismo ocurre en la política.

Lo mostró esta semana el manejo que hizo el Gobierno del drama de los mineros.

Las víctimas (¿cómo llamar a quien padece una desgracia que es fruto de la negligencia y la lenidad de un tercero?) pasaron a ser héroes; el Estado (por cuya dejación las empresas cierran los ojos frente al riesgo) se convirtió en ejemplo de seguridad; el ministro de Salud (en su momento cúlmine se cubrió la casaca roja con el delantal y dejó ver el estetoscopio), en médico de cabecera; el ministro de Minería (que hasta ayer discutía el royalty en medio de risotadas), en asistente social; y el Presidente de la República (un hombre apenas ayer carente de toda épica), en un salvador providencial.

Puros desplazamientos de significado construidos a punta de exageraciones.

Fue lo que persiguió el Gobierno al poner tanto cuidado en el salvataje de los mineros (algo por lo cual hay que aplaudirlo) como en su escenificación a ritmo cinematográfico (algo por lo cual no hay que aplaudirlo, salvo que a usted le guste el catch).

El Presidente —a punta de sincronizar horarios de manera que los momentos estelares coincidieran con su presencia allí— logró hacerse de una épica y de un amuleto de los que hasta ayer carecía: el rescate de los mineros como la prueba definitiva de su eficiencia, la operación en su conjunto como una muestra de modernidad.

Sin embargo ¿habrá alguien que —una vez pasada la resaca emocional— piense de veras todo eso? ¿Alguien que —recuperada la compostura— siga creyendo que todo fue una epifanía?

Es cierto que las comunicaciones a veces son capaces de crear realidades y de transformar gatos en liebres. Pero para que eso ocurra se requiere más que una simple escena. Si no, una vez pasada la emoción todo se extingue. Como en el catch.

Ronald Barthes analizó alguna vez el catch y dijo que el público se dejaba engañar porque veía en esas representaciones la escenificación de sus propios deseos. El catch, sugirió Barthes, ponía en escena los anhelos ocultos del público, esos que, de otra forma, no podrían realizarse nunca: la lucha sencilla entre el bueno y el malo, la alegría desbordante cuando se hace triunfar al primero, el final feliz. El buen director del catch era capaz de sentir esos deseos del público y adaptar el espectáculo a ellos.

Todos los políticos intentan algo así.

Con distintos estilos buscan el poder de transmutación, propio del espectáculo y del culto.

Aylwin prefirió hacer de padre que se dolía por todos sus hijos ¿De qué otra manera interpretar el llanto que vertió al lanzar el informe Rettig? Lagos prefería la escenificación republicana, esa que intenta atrapar el aura de las instituciones y hacer suya la memoria olvidada ¿De qué otra forma puede interpretarse la reapertura que alguna vez hizo, a paso cansino, de Morandé 80? Bachelet prefirió, por su parte, crear las condiciones para la intimidad a distancia y así cada telespectador pudo, por unos momentos, sentirse reconocido en ella ¿De qué modo, si no de este, puede interpretarse la risa fácil y el abrazo espontáneo que ella cultivaba?

Sólo restaba por saber cuál sería el estilo de Piñera. Lo buscó afanosamente todo este tiempo.
Y no lo encontraba; pero la búsqueda acabó.

Después de ver el rescate de los mineros —el Presidente como personaje central, persignándose y tocando madera cada cierto tiempo, haciendo alardes de preocupación, siguiendo el libreto con esmero— no hay duda: lo suyo es el estilo del catch clásico, el espectáculo a gran escala que, preocupado de realizar los anhelos del público, y en medio de la exageración, no se detiene siquiera a disimular los detalles.

domingo, 3 de octubre de 2010

Pérez versus Schmidt-Hebbel


Carlos Peña
Domingo 03 de Octubre de 2010


En el juicio oral que se sigue por el asesinato de Diego Schmidt-Hebbel -la prensa lo cubrió con profusión esta semana- el tribunal decidió oír a los padres.
La opinión pública pudo ver entonces en qué consiste un dolor sin límites.
¿Fue necesario hacer eso? ¿era justo?
Esos testimonios acreditan la rabia y la pena inconmensurables de las víctimas; pero no se refieren, en modo alguno, a los hechos que, en medio del procedimiento penal, se trata de establecer. Cuán significativa era la víctima directa para sus padres, cuán desoladora fue la noticia de su muerte, cuán absurdo es que su vida se haya acabado, no es relevante a la hora de establecer quién mató a Diego Schmidt-Hebbel y qué pena merece.
Es decir, no es relevante para el deber que los jueces tienen ante sí.
En cambio, la consideración de los rasgos particulares de la víctima -la relación con sus padres, el amor que le tenían, el mar sin límites del futuro al que el crimen puso término- podría tener consecuencias perjudiciales para la igualdad ante la ley.
La literatura legal las ha analizado.
La primera es que al considerar relevante para el castigo las circunstancias particulares de las víctimas -la vida que llevaban, el tipo de vínculos afectivos que tenían, cuán bien o mal formada estaba la familia que lo pierde- podrían conducir a la conclusión que hay vidas más valiosas que otras. Si no es así ¿por qué entonces podría ser relevante que los jueces llamados a decidir conozcan las circunstancias particulares de aquel cuya vida fue injustamente segada? ¿acaso la decisión de los jueces debería ser distinta si la víctima fuera miembro de una familia disfuncional y el futuro que tenía delante suyo gris?
Evidentemente no.
Pero entonces ¿por qué los jueces deberían conocer esas circunstancias en medio del juicio penal?
Si, como ocurre, el sistema legal debe brindar el mismo respeto y consideración a todas las personas -si, en consecuencia, el dolor de cada uno, fueren cuales fueren las circunstancias personales, es igual que el dolor de cualesquier otro- entonces ¿por qué sería relevante que las víctimas debieran vencer su pudor y exponerlo y los jueces asistir a su presentación?
Esa es una primera dificultad que presenta oír a las víctimas en el proceso y, como ocurrió en este caso, pedirles que exhiban fotos y escenas de la vida que llevaban, mostrar las huellas de la felicidad que les fue arrebatada.
Como la decisión penal debe atender nada más que a las circunstancias que configuran la responsabilidad penal -quién hizo qué y de qué forma ello condujo al resultado- todas las demás circunstancias deberían ser omitidas. Esa es la única forma de no inflamar la emotividad de los jueces a favor o en contra de las víctimas.
La otra dificultad es igualmente obvia.
Si bien el asunto se ha discutido profusamente en la jurisprudencia de la Corte Suprema Americana (así en los casos Booth v. Maryland y Payne v. Tennessee) no parece razonable castigar a alguien considerando circunstancias de las que el delincuente era inconsciente ¿Por qué agravar o aminorar la pena en atención a circunstancias que el delincuente no pudo conocer?
Todas esas consideraciones llevan a la conclusión que oír a las víctimas en el proceso penal -pedirles que exhiban esas heridas que no se curan- puede ser inconveniente para los principios que la ley debe cultivar. Esa práctica puede lesionar la igualdad y la proporcionalidad que la ley debe homenajear. Si la vida de cada uno vale lo mismo que la de cualquier otro y si a nadie puede serle reprochado no atender a circunstancias que no pudo conocer, entonces mostrar las características que tenía la vida que fue segada es innecesario y puede ser inconveniente.
No se trata ni de ignorar el dolor de las víctimas, ni de tomarse a la ligera el drama inimaginable que padecen.
Es sólo que la labor de los jueces debe ser ejercida -como aconsejaba Tácito a la historia- sine ira et studio.
Con reflexión y sin ira.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Una extrana belleza



¿Es posible encontrar hermosa una ecuación matemática o una teoría física?
Gabriel Ferrero


Buenos Aires / Cultura – Se dice que en cierta oportunidad alguien le preguntó a Einstein qué pensaría si se descubriera que la teoría general de la relatividad —una de sus grandes contribuciones a la ciencia— no era correcta. Parece que el gran físico respondió que en ese caso “Dios se perdió la ocasión de hacer algo muy hermoso”. Evidentemente no tenía problemas de autoestima. Pero aún más llamativo puede resultar ese adjetivo, “hermoso”.

Muchas personas, entre ellas legiones de estudiantes de secundaria, suelen preguntarse cómo a alguien le pueden gustar y aún considerar hermosas las ecuaciones matemáticas o las teorías de la física. Sin embargo, curiosamente, es bastante común escuchar a un matemático decir que un teorema tiene una demostración “muy elegante”, o a un físico elogiar la “belleza” de una teoría. Yo mismo en varias ocasiones he desechado la solución que había encontrado para un problema físico-matemático porque me parecía “fea”.

¿Qué es lo que se esconde detrás de semejantes afirmaciones? Tal vez para comprendernos sea útil un ejemplo. A continuación reproduzco las ecuaciones de Maxwell (1) para el campo electromagnético (2). Sé que probablemente muchos lectores habrán saltado esta página ante la sola vista de semejantes fórmulas, pero si llegó hasta aquí y no estudió física, le diré un secreto que aprendí leyendo a Penrose (3): no se preocupe por entenderlas. Ni siquiera los físicos estamos muy seguros de qué es lo que realmente representan.

Notemos algo que tal vez no es evidente a primera vista: su simplicidad. Son solamente cuatro ecuaciones y contienen únicamente doce símbolos, de los cuales ocho representan operaciones matemáticas y cuatro, magnitudes físicas. Por ejemplo, “t” representa el tiempo.

Lo impresionante es que estas ecuaciones son suficientes para describir, explicar y predecir una enorme cantidad de fenómenos, entre otros, la luz, la radiación ultravioleta, la infrarroja, los rayos X, las ondas de radio, y la forma en que cada una de estas se propaga por el espacio, a través del tiempo, por todo el universo. Con algún término adicional, estas ecuaciones también permiten inventar, diseñar y construir muchas cosas muy útiles: motores eléctricos, antenas, parlantes, micrófonos, emisores y receptores de radio, vidrios polarizados, hornos de microondas, películas 3D, etcétera. La lista es probablemente interminable.

Usando sólo doce símbolos, ordenados en cuatro ecuaciones, comprendemos innumerables fenómenos... ¿No es algo maravilloso? ¡Se trata de una síntesis magnífica! Y si pensamos en la variedad, la complejidad y la extensión de lo que representan podemos entender, en parte, por qué decimos que las ecuaciones son muy simples.

Ciertamente es necesario estudiar un poco, tal vez bastante, para entenderlas, pero todos podemos ver que son muy breves, concisas y contienen un número limitado y realmente pequeño de operaciones. También en eso está su simplicidad.

Por otra parte, observemos la primera y la tercera ecuación. Podemos ver que si intercambiamos el símbolo E, que representa al campo eléctrico, con B, que representa al campo magnético, las ecuaciones son iguales. De la misma manera, la segunda y la cuarta son muy parecidas. Por eso decimos que hay una cierta simetría en las ecuaciones. Al intercambiar algunos símbolos, las ecuaciones se transforman unas en otras, total o parcialmente, pero siempre tenemos, casi, el mismo conjunto de ecuaciones.

Esa simetría de las ecuaciones expresa algo muy profundo acerca de la naturaleza de la electricidad y el magnetismo. En cierto sentido, cada uno de estos fenómenos es una consecuencia del otro. Se puede decir que expresan algo, una propiedad fundamental de la materia, que se manifiesta con formas muy distintas pero simétricas. También por eso decimos que son ecuaciones hermosas. Simplicidad y simetría: dos atributos que hacen a lo que llamamos belleza.

Hace algunos meses un colega me mostró un artículo científico que acababa de escribir. En él describía con un altísimo nivel de detalle y precisión el comportamiento de un electrón dentro de cierta molécula bajo ciertas condiciones (4). Las ecuaciones correspondientes ocupaban varias páginas pobladas de símbolos bastante difíciles de entender. Confieso que no pude evitar decirle: ¡qué hermoso!

Existe también una belleza en la complejidad, cuando no hay simplicidad ni simetrías tan evidentes. Para escribir esa ecuación mi amigo tuvo que encontrar la manera de expresar matemáticamente, clara y de manera explícita, las relaciones de cada electrón con varios núcleos atómicos, con otros electrones, con otras moléculas, con los campos eléctricos y magnéticos presentes en la materia... en fin, un gran número de relaciones. Creo que la belleza que percibimos en los fenómenos complejos tiene que ver con la belleza de la relacionalidad, con algo profundamente constitutivo de lo real, de aquello que existe.

Todo, desde los niveles más básicos y elementales de la materia, existe en relación, está en relación; más aún, cada cosa llega a ser sí misma sólo en relación con otras. Tal vez sea ésta la belleza más típica de nuestro tiempo

(1) James C. Maxwell, físico escocés (1831-1879).
(2) En realidad, esta es su formulación en el espacio vacío, esto es, en una región del espacio en la cual no hay cargas ni corrientes eléctricas. Se trata de un caso especial, pero resulta válido en muchas circunstancias.
(3) Sir Roger Penrose, matemático y físico inglés contemporáneo, nacido en 1931.
(4) cf. AUCAR, G. ET AL. (2010), “Polarization propagators…”, IRPC, 29: 1, 1 – 64.
___________
Gabriel Ferrero. Artículo publicado en revista Ciudad Nueva, http://www.ciudadnueva.org.ar/

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Dios y el dinero

Nathan Stone, S.J.
Martes, 21 de Septiembre de 2010 17:17

Ningún servidor puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y al Dinero. Lucas 16:13

El dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores, de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia. Así nos dijo Alberto Hurtado, hace más de cincuenta años. Su reflexión sigue vigente hoy.

Entendemos la economía como si fuera el orden natural de las cosas, parte del sagrado círculo de la vida, creado por Dios en el octavo día, y por eso, intocable. Eso es falso. El dinero, con todas sus artimañas, es hechura de manos humanas. La creciente brecha entre ricos y pobres es nuestra responsabilidad.

En este mundo, lo que sucede en la vida de los ricos es noticia. Si eres pobre, no existes. La ley es flexible con el poderoso, y se despliega con todo su rigor ejemplar contra el pobre. Se compra al indigente por el sueldo mínimo, pero al acomodado, no se le puede causar la más mínima incomodidad. Se disminuyen los impuestos para los ricos, y se suspenden los programas sociales para los pobres. Se inventan motivos éticos para hacer la guerra, pero la razón de fondo es el dinero. Si el mundo es así, es porque lo hemos hecho así.

El sucio dinero como tal no tiene la culpa. No es más que un concepto abstracto de valor que facilita el intercambio de bienes y servicios. La idea es poder compartir la prosperidad material que esta tierra promete. El dinero no pretende desplazar el amor, ni la justicia, ni la compasión.

Sin embargo, se ha enraizado en la conciencia del hombre como un fin en sí, un valor concreto, prioritario y absoluto. Trae poder, ambición, sexo, prestigio, honores y aplausos. El deseo del dinero es un demonio que esclaviza y somete. La codicia conduce a la soberbia, y de ahí, comienzan los abusos más extravagantes.

No podemos servir a Dios en lo privado, y al dinero en lo público. Te liberas del dominio del dinero cuando lo usas para hacer lo que Cristo haría, para levantar del polvo al desvalido, y alzar al pobre de su miseria, como el administrador prudente de la parábola. De explotador, es transformado en providente, porque así es el corazón del Padre de Jesús.

Así es la justicia divina, también. Tenemos la obligación, ante Dios, de hacernos cargo del funcionamiento despiadado y aparentemente autónomo de la maquinaria del mercado. ¿Cómo suavizar sus asperezas? ¿Cómo entibiar sus frialdades? Es nuestro desafío personal. ¿Cómo participar en la superación de la pobreza hoy? ¿Qué puedes hacer para ayudar a crear una nueva economía operante y solidaria?

MIRADA GLOBAL

viernes, 17 de septiembre de 2010

Paralelismos


Raúl González Fabre, S.J.
Miércoles, 15 de Septiembre de 2010 12:51



Para quienes asistimos con atención a la crisis latinoamericana de los ’80, la actual crisis española presenta un preocupante aire de familia.

La fase alzista que lleva al hiperendeudamiento, agudizado por burbujas de precios y la corrupción rampante en algunos sectores, termina cuando un giro en las condiciones financieras internacionales limita el crédito y obliga a pagar las deudas.



El correspondiente sacrificio se reparte de manera muy desigual, puesto que hay quien sabe preservarse e incluso hacer grandes negocios en medio de la turbulencia. Otros, por el contrario, sufren efectos catastróficos sin proporción con los beneficios que recibieron en la fase de crecimiento: quedan desempleados sine die, sus pequeños negocios quiebran, ven cerrarse el horizonte para sus hijos... El ajuste requerido para pagar las deudas incluye la subida de los impuestos y el desmontaje de parte del Estado del bienestar, así que es soportado en buena medida por quienes no habían decidido esas deudas.

Como en su momento en América Latina, a estos sucesos económicos sigue un malestar político de fondo en España. El diario madrileño La Razón nos informa el domingo de que más de 75% de los españoles confía poco o nada en el presidente Zapatero. Nada extraño, dado que a mediados de año dio un giro antipopular en su política para hacer y decir lo contrario que una semana antes; sujeto poco confiable sin duda. Pero la misma encuesta informa que menos del 25% de los votantes confía en el señor Rajoy, líder de la oposición, pese a que ganaría las elecciones con buena diferencia.

Pero no es sólo la clase política. Las dos grandes centrales sindicales españolas han convocado una huelga general contra las medidas laborales del Gobierno para el miércoles 29 de septiembre (¡tres meses después de que las medidas fueran anunciadas, cuando ya muchas de ellas han sido aprobadas en el Parlamento!). Otra encuesta indicaba que, a tres semanas de la huelga, menos del 10% de los trabajadores planeaban participar en ella. Parando los transportes con piquetes conseguirán quizás parar el país, pero no debe esperarse la huelga general revolucionaria de momento. Los más molestos con la huelga serán los trabajadores.

Y luego está la patronal. El presidente de la mayor asociación gremial, la CEOE, tiene un considerable calendario judicial pendiente por asuntos como los de Aerolíneas Argentinas, Air Comet y Viajes Marsans. Cuando intenta dirigirse al país como líder de los empresarios, los periodistas le preguntan por sus enredos de negocios. No es raro que pequeños empresarios y autónomos, que están quebrando por centenares de miles, sientan que carecen de representación en las negociaciones sociales sobre la crisis.

Y así, como en otro tiempo en América Latina, la crisis económica se está convirtiendo en España en una crisis de representación política. De ahí a la crisis institucional, y a la aparición de algún demagogo más o menos rufianesco con buena puntería que embargue el país, como Chávez está haciendo con Venezuela o Berlusconi con Italia, no hay más que un paso.

La Historia enseña que esto no es en manera alguna inevitable: los pueblos suelen dar un periodo de gracia a los regímenes democráticos para que hagan reformas institucionales de raíz y se regeneren. Pero enseña también la Historia que pocas cosas hay más pertinaces que la sordera de las élites que dejan de liderar y empiezan a ir a remolque de los acontecimientos, tratando de sobrevivir con maniobras pequeñas cuando la hora pide grandeza política. Al final, la puerta del poder cae ante la patada del demagogo porque estaba tan podrida que no había quien la sostuviera.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Las dos caras de la agenda de salud del gobierno



Publicado en CIPER.

Mientras la crisis hospitalaria sigue afectando a los sectores más vulnerables del país, los grandes grupos económicos olfatearon el negocio de la Salud en expansión y comenzaron a mover sus motores. Construyeron torres junto a las clínicas privadas, hicieron alianzas con el retail, levantaron centros médicos al costado del mall. La nueva aventura va de la mano de un sector de consumo conocido por ellos y que creció en democracia. Son los “aspiracionales”, familias afiliadas a Fonasa que están dispuestas a sacar plata de su bolsillo con tal de que sus hijos nazcan en la Clínica Dávila y no en un hospital público. El gobierno de Piñera mira sin complejos el fenómeno. Es más: lo anima bajo la premisa de aplicar su propio modelo para solucionar la crisis. La Concertación acusa una privatización encubierta. Pero no puede hacer mucho más. La puerta de la colaboración público-privada quedó entreabierta desde el gobierno pasado.

La salud se ha convertido en uno de los grandes negocios en Chile, como antes ocurrió con la educación superior y con el retail. El nicho del que menos se habla es el de los sectores “emergentes” de Fonasa. Matrimonios afiliados al seguro público que suman ingresos por 500 ó 600 mil pesos, pero que están dispuestos a poner de su bolsillo 100 mil pesos con tal de que sus hijos nazcan en una clínica privada y no en un hospital. Personas que toman la decisión de internarse en un establecimiento evaluando los planes de salud, el equipo médico, pero también si hay un plasma en las piezas.

Según un estudio realizado por la Asociación Gremial de Clínicas de Chile, entre 2005 y 2008 “los potenciales beneficiarios provenientes de Fonasa crecieron en un 10,8% y los de las isapres en un 4,5%”. De todas las prestaciones que entregó el sector privado en 2008 (consultas, terapias, intervenciones quirúrgicas), un 45% de ellas correspondió a afiliados a Fonasa frente a un 56% de isapres. Esos beneficiarios son los grupos C y D del seguro público, poco más de cuatro millones de personas (entre cargas y cotizantes) que viven fundamentalmente en la Región Metropolitana, en Concepción y Valparaíso.

El mercado le ha seguido el pulso a estos movimientos de la población. Entre 2002 y 2008, las clínicas más grandes incrementaron su capacidad instalada en un 79%. Los proyectos de expansión alcanzan los 500 millones de dólares.

Uno de los actores de este pujante negocio es el holding de empresas Banmédica, que posee dos isapres, siete clínicas y diversos negocios en el área de la salud, en Chile y en el extranjero.
A comienzos de agosto, la Clínica Dávila (que pertenece al holding) inauguró un edificio médico de 10 pisos. El Presidente Sebastián Piñera, cortó la cinta en la ceremonia (uno de los dueños de Banmédica es su gran amigo Carlos Alberto Délano).

En la inauguración, Fabio Valdés, presidente del directorio de la Clínica Dávila, destacó que en los últimos diez años habían triplicado su capacidad, pasando de 180 camas a 550, lo que los llevó a convertirse en el centro asistencial privado “más grande del país”, y “el segundo en número de atenciones (…) con más de 32 mil pacientes al año, siendo superado sólo por el Hospital Sótero del Río”.

Entusiasmado con las comparaciones, Valdés planteó frente al Presidente, su amigo por más de 50 años: “Mediante una inteligente distribución de los subsidios estatales para la salud, esperamos que algún día podamos estar celebrando también inauguraciones análogas para los sectores más desposeídos de la población”.

La invitación de Fabio Valdés a realizar “una inteligente distribución de los subsidios estatales” se produce en un momento particular de la Salud en Chile, con los astros alineados para que una de las almas del programa de gobierno de Piñera, la colaboración público-privada, tome forma y avance con rueditas en los tres años que vienen.

La escenografía es perfecta, urgente: al déficit histórico de 3.000 mil camas se suman unas 2.000 que se perdieron con el terremoto; este año se agregaron 10 nuevas patologías al Auge, hay listas de espera y Fonasa está en campaña para que las personas exijan el cumplimiento de sus garantías. A causa de las crisis de invierno, las listas de espera No Auge o la gripe H1N1, en los últimos años se han multiplicado los convenios entre hospitales públicos y clínicas privadas, por lo que la puerta de la colaboración quedó entreabierta, una operación ejecutada por la propia Concertación.

Pero además están los emergentes, ese grupo que prefiere mil veces más pagar por tener a su guagua en la Clínica Dávila o en el Hospital de la Universidad de Chile, “antes que lo cogoteen en el San José”, como ironiza un profesional del sector resumiendo una serie de polémicos episodios que han ocurrido en ese hospital. Esas personas, a través de mecanismos de financiamiento que combinen seguros más isapres o Fonasa más seguros, podrían acceder perfectamente a los recintos privados, como imagina un creativo gerente de una clínica aspiracional.

Juan Eduardo García-Huidobro, uno de los expertos que más ha estudiado el sistema educacional chileno, planteó hace años que con la creación del financiamiento compartido, la Concertación sepultó la educación municipal, pues la convirtió en el ghetto de los que no pueden pagar. “Las familias ven que por fin también son elite, porque pueden decir mi niñita tiene mejor educación que la de la señora de al lado, que es rasca y manda a su hija a un colegio municipal”, explicaba.

Un observador de los cambios que están ocurriendo en Salud, cree que el proceso aquí es similar: “Aunque paguen 20 mil pesos, las personas ya sienten que están en otro nivel y van a hacer todo lo posible por no caer en un hospital”, analiza.

Algunos concertacionistas temen que si este proceso se extiende y multiplica en los próximos años, lo que se va a producir es la “privatización de la salud”, impulsada por el gobierno de Piñera.

Para otros, también de la Concertación, si eso ocurre, la responsabilidad es del ex conglomerado de gobierno, particularmente de la administración Bachelet, pues durante esos años “los hospitales se dejaron botados y se abrió paso a la privatización por vocover, pues la Concertación no se presentó al campo de juego”.

Un profesional que formó parte de los grupos Tantauco, donde se generó el programa presidencial de Piñera, cree que esa es la verdadera agenda del gobierno, y lo que se está preparando es el escenario para hacer el anuncio.

Gestión, gestión, gestión

Si el partido de la privatización se está jugando hoy en Salud, uno de sus protagonistas es Mikel Uriarte, el nuevo director de Fonasa, la institución que recauda y administra las cotizaciones de la mayoría de los chilenos y distribuye los recursos a los servicios de salud y hospitales.

Uriarte llegó a Fonasa después de trabajar casi diez años en el área de los seguros. Encabezó el gremio y llegó a ser gerente general de Seguros Cruz del Sur, del grupo Angelini. Ahora que está frente al mayor seguro público, también se siente un gerente. “No hay ninguna duda dentro del ministerio que estoy manejando todo esto”, afirma.

El poder de Fonasa es grande en materia sanitaria. Tiene 12,5 millones de asegurados (el 73% de la población chilena), y casi 5 millones de cotizantes. De hecho, cuando a comienzos de año se informó que Mikel Uriarte estaba negociando con los acreedores de Fonasa una fórmula de “pronto pago”, hubo más de algún abogado que equiparó su postura con la de los grandes supermercados frente a los proveedores; y planteó que podía acusarse a Uriarte de abusar de su “poder de compra”.

Según el director de Fonasa, al asumir su nuevo cargo se encontró con un desastre que lo desesperó: una deuda hospitalaria “que estaba escondida”; listas de espera Auge y no Auge poco claras (ver recuadro); una institución minimizada, que pese a proveer y administrar los recursos del sector, no tenía ningún poder de decisión; y una larga fila de acreedores con los que aún está negociando. La semana pasada cerró pagos por $15 mil millones y Fonasa estima que aún se le adeudan $122 mil millones.

-Fonasa fue perdiendo su rol y el presupuesto de Salud pasó a ser manejado por los hospitales. Pero de aquí a fin de año esto va a cambiar. Recuperé el prestigio y el manejo del presupuesto -plantea Uriarte a CIPER.

Desde que asumió, el director de Fonasa se ha hecho conocido en el mundo de la Salud por su tono fuerte.

A los acreedores (laboratorios, clínicas y hospitales universitarios), les exigió mostrar y demostrar la deuda que Fonasa tenía con ellos. Frente a los directivos de los hospitales y servicios públicos ha sido aún más duro. Varios médicos comentan que han asistido a reuniones donde Uriarte ha planteado a las jefaturas de servicio que, si no son capaces de financiarse, “tendrán que cerrar el hospital”.

Para explicar su actitud, Uriarte muestra un gráfico con los datos de la evolución mensual de la deuda hospitalaria de los últimos tres años. Ese cuadro indica básicamente dos cosas: que entre 2007 y 2010, la deuda se multiplicó por siete, pasando de los 10 mil a los 70 mil millones de pesos; y que cada año, en noviembre, se les traspasaban a los Servicios de Salud miles de millones de pesos para que cancelaran parte de lo que debían a cuenta del presupuesto futuro. La Concertación, en vez de enfrentar los problemas estructurales asociados a la deuda, habría optado por una suerte de “bicicleta financiera”.

“A fin de año se mandaban un perdonazo. Como te acostumbras a eso, al año siguiente la deuda era más alta todavía. Aquí existió la costumbre de ir manejando la deuda. Yo me desesperé con el tema y me propuse mostrar la realidad”, acusa Uriarte, quien decidió aplicar su lógica de gestión: generar incentivos para que los directores de hospitales y servicios cumplan con el presupuesto; transparentar la información; hacer competir a los recintos.

-Vamos a pagarles a los hospitales en función de lo que producen. Porque aquí lo que se hacía era que se firmaban convenios y se les adelantaba la plata; y si no cumplían con las prestaciones comprometidas, se hacía una nueva programación. Yo hice un cambio en las reglas del juego, y voy a ir pagando por mes vencido. Entonces las próximas cuentas van a llegar en septiembre, vamos a revisar el plan que teníamos, me van a decir cuánto hicieron y voy a girar el cheque -explica Uriarte.

También anunció licitaciones, para que los sectores público y privado, más que colaborar, compitan.

Por ejemplo, para hacer que los hospitales cumplan con la mayor cantidad de garantías Auge retrasadas y disminuyan los incumplimientos, se les puso una meta: 30 de septiembre de 2010. Si para esa fecha no se ha terminado con los retrasos, aseguró Uriarte, abrirá el sistema a los privados, a través de una licitación que les permitirá a clínicas y centro médicos postular para hacerse cargo de las garantías pendientes. En la actualidad, cuando se produce un retraso, a los afiliados de Fonasa se les asigna un prestador, que puede ser público o privado. Con el nuevo sistema, los asegurados podrán “vitrinear” y elegir entre los prestadores licitados. En estos días Fonasa está trabajando en las bases de la licitación, las cuales contemplarían “canastas de prestaciones” para las distintas patologías.

El paso no es menor. Lo que se está haciendo es una suerte de “piloto” del “Bono AUGE”, una medida anunciada por Piñera durante la campaña, y que busca que el subsidio estatal asociado a las garantías del AUGE sea portable, es decir, que los pacientes decidan dónde usarlo: en el sistema público o en el privado. Se trata de un símil de la subvención escolar inventada por los “Chicago Boys”, donde el Estado paga por alumno sin importar si éstos asisten a colegios municipales o particulares.

El nuevo director de Fonasa también llegó a un acuerdo con las clínicas privadas. “A ellas se les pagará directamente, sin pasar por los servicios, lo que servirá para no dilatar los pagos y evitar que la deuda hospitalaria siga acumulándose. Esto constituye parte fundamental de la complementariedad público-privada”, anunció hace unos días.

Pero, ¿cuál es la música detrás de estas medidas? ¿Cuál es el objetivo de la política pública que explica tal o cual incentivo?

Según la ex ministra de Salud María Soledad Barría, lo que quiere hacer este gobierno es abrir el sistema a los privados. Para ello está sometiendo al sector público a presiones que no puede cumplir, como terminar con las listas de espera.

-El sector privado regula por precio. Si usted tiene que operarse de la vesícula, no la ponen en ninguna lista, pero le dicen que le va a costar 500 mil pesos. Usted se va a su casa y cuando junta la plata, vuelve. Eso es una regulación por precios. Ahora, en todas partes del mundo, donde no existe barrera económica de entrada, lo que existe es regulación por lista de espera. Y de lo que se trata es que esa lista sea sensata: que la gente que se va a morir no tenga que esperar y que la lista tenga una rotación adecuada. Para ello hay que gestionar la lista. Pero si mando a todos al sector privado, lo que estoy haciendo es descapitalizar al sector público –plantea Barría.

Una fuente cercana al gobierno coincide con Barría. El objetivo de las nuevas autoridades es incentivar de manera creciente la participación de los privados e ir dejando morir el sistema público, al menos como se conoce hasta ahora. “Pedirles a los hospitales que aumenten la atención y al mismo tiempo reduzcan su deuda es tramposo, pues para ajustar la deuda tendrían que hacer menos actividades, pero si hacen menos actividades, las listas de espera aumentan”, resume.

Las cuentas de la Concertación

María Soledad Barría, ex ministra de Salud, tiene un gráfico en sus manos. Allí se muestra el gasto del sector versus la expectativa de vida al nacer de los ciudadanos de los países afiliados a la Organización Mundial de la Salud (OMS). En la imagen, Chile está bien rankeado. Los chilenos exhiben una expectativa de vida de casi 78 años contra un gasto en Salud de 7%, lo que ubica al país entre las naciones más eficientes (el promedio de países OCDE tiene expectativas de vida similares y gasta arriba del 10%).

“Ese es el sistema de salud en Chile, tremendamente eficiente”, resume la ex ministra.

La OCDE tiene una evaluación parecida. En 2008 analizó cuán “costo-efectivo” era el gasto público en Educación y Salud de Chile. Concluyó lo siguiente: ” (…) La proporción de trabajadores de la Salud (médicos y enfermeras) y camas de hospital para la población son muy inferiores a la media de la OCDE. Sin embargo los resultados (esto es, esperanza de vida, mortalidad infantil, tasas de inmunización) son comparables al promedio de los países OCDE. El sistema de atención de salud chileno se las arregla para conseguir resultados relativamente buenos usando comparativamente menos recursos”.

Según la OCDE, desde una perspectiva de eficiencia, Salud se ubica justo “en la vereda opuesta” a Educación.

Lo que esas evaluaciones muestran es que a nivel macro la gestión ha sido bastante exitosa. Sobre todo si se toma en cuenta que Chile tiene un sistema mixto pero profundamente desigual: en Salud se gasta un 7% del PIB. De eso, un 3,8% se destina a la atención del 80% de la población (los que están en Fonasa); y un 3,2% al 20% restante (los afiliados a isapres). Es decir, al igual que en Educación, en una gran mayoría se gasta muy poco y en un grupo reducido, todo el resto.

Sin embargo, hay más cáncer y diabetes entre los afiliados a Fonasa. Parte importante de los adultos mayores, los niños y las mujeres en edad fértil están en Fonasa. Además hay 3 millones de personas que no cotizan, pues tienen ingresos menores a 165 mil pesos. Y todos ellos se atienden en los hospitales y en el sistema público de atención primaria.

Con estos datos sobre la mesa, la deuda hospitalaria se vuelve algo más compleja que un problema de gestión. Los pacientes más caros están en Fonasa y se invierte poco en el sistema público de salud (de ese 3,8% mencionado, la mitad lo ponen las personas con su cotización).

Patricio Lagos, jefe de Presupuestos de Salud en la época del ministro Álvaro Erazo, tiene un power point con el informe que presentó el año pasado en el Senado para la discusión presupuestaria. Allí se explica que la deuda hospitalaria básicamente está compuesta por: aumento de los precios de los productos farmacéuticos y otras adquisiciones; mayor complejidad en las prestaciones e incremento de los beneficiarios de Fonasa, sobre todo los más caros, que son también los más viejos que han sido excluidos de las isapres.

En los últimos años, de manera sostenida, Fonasa se ha llenado de adultos mayores y, contra lo que se previó, los más jóvenes, que habían saltado de las isapres al seguro público producto de las últimas crisis, no echaron pie atrás cuando la economía comenzó a recuperarse.

“La deuda es un resultado, no es una culpa espantosa”, resume Barría, para explicar los números.

Quién manda en Salud

En el mundo de la salud es comentario obligado el protagonismo que ha adquirido el director de Fonasa. Al traspasarle Piñera el control de gran parte del manejo financiero del Ministerio de Salud le dio fuerza a la muñeca negociadora de Mikel Uriarte frente a los privados y aumentó su poder sobre los servicios públicos (mal que mal, es el que abre o cierra la llave). Como consecuencia de ello, el ministro Jaime Mañalich y sus subsecretarios se han concentrado en “lo sanitario”; y cada tanto se los menciona como candidatos a dejar sus cargos en un eventual cambio de gabinete.

Pero hay otro hecho en este cambio de roles y planes pilotos que ha pasado mucho más inadvertido: el peso del ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Cristián Larroulet. En el gobierno confidencian que monitorea en forma constante lo que pasa en Salud y que su influencia es notoria en las decisiones del área.

Su interés no es nuevo. En 2008, el entonces director del Instituto Libertad y Desarrollo publicó un artículo en La Tercera. Allí señaló, a propósito de la vergonzosa inauguración del hospital de Curepto -con camas y pacientes prestados-, que “cada cierto tiempo la prensa nos informa de casos de negligencia, de incumplimiento de los compromisos del Auge y largos tiempos de espera”.

Según Larroulet, esto era consecuencia de que los hospitales públicos no poseían la institucionalidad adecuada. “No están los incentivos ni la organización adecuada para el buen servicio”, sentenció. Y propuso entonces tres políticas que podrían solucionar los problemas. La primera era permitirles a los ciudadanos que escogieran libremente dónde atenderse: hospital público o privado. Para ello se les entregaría, “a los sectores bajos y medios”, un bono de salud “que haga posible la libertad de elección”.

Su segunda propuesta fue “permitir la competencia” entre todas las instituciones de Salud. Así, “éstas se esfuerzan para atender mejor a los enfermos”. La tercera era cambiar la organización de los servicios públicos, transformando a los hospitales y consultorios “en empresas estatales con autonomía y flexibilidad”.

Larroulet imaginaba sociedades anónimas hospitalarias, constituidas “con participación minoritaria del Estado, dando una opción preferente a sus funcionarios y abiertas a la incorporación de entes privados interesados en asociarse”.

Ahora que Larroulet está en el motor principal del gobierno, muchos piensan que tiene en su mano la llave para aplicar sus recetas. Una fuente oficialista asegura que la agenda privatizadora de Libertad y Desarrollo pesa en Salud. Larroulet habría sugerido algunos de los puestos clave de esa cartera, incluyendo la subsecretaria Lilian Jadue y los principales asesores.

Otro factor que refuerza esa influencia es la composición de la comisión de expertos creada por Piñera para reformar la salud. Entre los doce convocados, casi la mitad están vinculados directamente a la salud privada: Fabio Valdés, director de la Clínica Dávila e íntimo amigo del Presidente; Rafael Caviedes, director ejecutivo de la Asociación de Isapres y director de la Asociación Latinoamericana de Salud Privada; Gonzalo Simón, gerente de estudios de la Asociación de Isapres; César Oyarzo, gerente general de Integramédica y Andrés Tagle, ex vicepresidente ejecutivo de la Asociación de Isapres

-Siempre hay intereses detrás de estas comisiones, pero lo bueno es que aquí están explícitos –se consuela uno de los integrantes de esa comisión, quien dudó si valía la pena integrarse a ella.

En la Concertación analizan los pasos a seguir. Ex autoridades del ministerio se han agrupado para oponerse a lo que estiman un proceso privatizador en marcha. Pero el debate interno es ácido: un sector de la DC le echa la culpa al PS por parar las concesiones de hospitales que Lagos había comenzado y Bachelet tenía que inaugurar. Mientras allí se discute, los que saben de este negocio siguen moviendo sus fichas.

A comienzos de mayo el Grupo Said, controlador de Parque Arauco y la embotelladora Andina, anunció la compra de Integramédica, una red de trece centros que en 2009 tuvo ingresos por 120 millones de dólares y que se presenta como “el principal prestador de salud ambulatoria del país” en las páginas económicas de los diarios. Para adquirir Integramédica, los Said se asociaron con el fondo de inversión Linzor Capital.

El mismo equipo adquirió a fines de 2007 la isapre ING, la cual, ahora como Cruz Blanca, dio vida a un holding que hoy está compuesto por la isapre, la red de centros Integramédica y otras tres clínicas privadas. El domingo 5 de septiembre, en El Mercurio, los rostros de este negocio ahondaron en sus planes futuros. “Lo esperable es que la industria como tal se duplique de aquí a un período de 10 años. Eso abre un enorme campo de oportunidades para seguir creciendo”, afirmó Tim Purcell, fundador de Linzor Capital, director de Celulosa Arauco y Cruz del Sur. De acuerdo a revista Qué Pasa es conocido en el mundo de los negocios como un “cazador de oportunidades”, un talento que varios ejercitan en estos días para maximizar los beneficios que se esperan en el mercado de la salud.

El error de las listas de espera

A fines de julio, el Presidente Piñera hizo un anuncio espectacular: en sólo 70 días su gobierno había logrado reducir a la mitad las listas de espera Auge. Sin invertir más recursos ni realizar operativos especiales, su administración había avanzado en sólo dos meses más que la Concertación en los cuatro años del Auge.

“De las 360 mil personas que teníamos (en listas de espera) el 21 de Mayo, 180 mil han sido atendidas en estos 70 días y las listas de espera se han reducido a la mitad, es decir, a 180 mil personas. Y esa es una muy buena noticia”, se felicitó el Presidente. Estaba en La Moneda, rodeado por los 12 profesionales del Panel de Expertos en Salud convocados para abordar temas de fondo: proponer las bases para una gran reforma a la Salud y hacerse cargo de los efectos del fallo del Tribunal Constitucional entre los afiliados a las isapres, entre otros puntos.

Tras la noticia, llovieron las acusaciones. Vivianne Bachelet, vocera del Frente Amplio de Defensa de la Salud Pública, señaló que el anuncio era tramposo, pues tras la reducción no había acciones médicas sino informáticas.

A los pocos días el Presidente reconoció que sí, que había existido una depuración. Pero afirmó que se trataba de 40 mil casos, un porcentaje menor, que no opacaba el logro. De acuerdo a los antecedentes recogidos por CIPER, al Presidente le faltó aclarar otro error de su anuncio: en la lista de espera Auge no se suman personas sino garantías. Esto quiere decir que, si hubo una disminución del 50%, no significa, como se dijo, que 180 mil personas fueron atendidas y de alguna manera sacadas del sistema. Sino que X personas (no sabemos cuántas), beneficiarias de 180 mil “garantías de oportunidad”, fueron atendidas. Ahora, es muy probable que esas personas hayan salido de una lista para ingresar a otra, pues una misma enfermedad puede generar varias garantías. El sistema es una trenza y cada problema de salud tiene sus etapas y tiempos de atención.

El Presidente tampoco explicó de dónde sacó los 360 mil casos que fijó el 21 de Mayo. “Esa cifra viene de la investigación que hizo el gobierno y ellos determinaron que había 360 mil”, justifica Mikel Uriarte, director de Fonasa, institución que administra el sistema informático del Auge.

Días después del discurso ante el Congreso, El Mercurio informó que los casos atrasados sumaban 272.278. Luego, el 9 de julio, La Nación publicó que, al mes de junio, los retrasos eran 246.724. Es decir, en un mes, las garantías retrasadas ya habían disminuido en 100 mil.

¿Puede explicar cómo lo lograron?, consultó CIPER a Uriarte.
-Las primeras bajas que existieron fueron 40 mil por temas estadísticos, personas que estaban muertas, gente que se fue a la libre elección. Después se disminuyeron 120 mil reales. Al final los servicios empezaron como locos a hacer las cataratas, lo que tenían pendiente, y ya estamos en 180 mil.

-El milagro de las cataratas podría llamarse…
-No, además hubo otras cosas, que son muy sencillas.

Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los retrasos reales en las garantías del Auge. Ni el Presidente ni el director de Fonasa ni los encargados del sistema informático del Auge, el SIGGES. Por varias razones: porque el sistema tiene inconsistencias; porque el Ministerio no puede hacer un seguimiento al detalle de las atenciones por nombre o RUT del paciente; y porque hay enormes diferencias informáticas entre los hospitales y los consultorios, encargados de ingresar los datos al sistema.

En septiembre de 2007, la Cámara de Diputados creó una Comisión Especial Investigadora para indagar sobre las causas de retrasos e incumplimientos en el Auge. Una de sus “áreas de trabajo” fueron las serias deficiencias del SIGGES, pues costó caro (5 mil 600 millones de pesos) y no funciona bien. Como el Transantiago.

Según se explica en el informe ejecutivo de la Comisión Investigadora, “no existen mecanismos de control que permitan asegurarse que los funcionarios del sistema digiten la información y el registro de las atenciones”. Luego se concluye: “FONASA se ha demostrado incapacitado para operar el sistema informático diseñado por Entel. Esto trae como consecuencia que todo el registro del Plan GES y su fiscalización no es confiable, poniendo en peligro la reforma completa”.

Un año después del informe de la Comisión de la Cámara, la Contraloría realizó una investigación en Fonasa. El objetivo era evaluar el funcionamiento integral del servicio y rápidamente se les apareció el SIGGES. Tras dos años de investigación, a comienzos de 2010, Hernán Monasterio (PS), ex director de Fonasa, fue sancionado por no haber puesto término al contrato con Entel, pese a las evidentes fallas del sistema.


Camas millonarias

Por Lissette Fossa

“Todos vamos a tener que hacer el esfuerzo de llevar los precios de las prestaciones privadas a los aranceles de Fonasa”, decía en marzo el empresario Andrés Navarro, al anunciar que la Clínica Las Condes, de la cual es socio, participaría en la licitación de camas que el gobierno haría para suplir los espacios que se perdieron producto del terremoto. Finalmente la oferta de dicho centro asistencial privado para camas UTI fue la más cara: $963.707 por día.

Si bien la Clínica Las Condes es la más cara y exclusiva del mercado, la experiencia abre dudas sobre cuán conveniente resulta la anunciada alianza público-privada para satisfacer las demandas que los servicios estatales no pueden cubrir. Los gremios de la salud exigen abrir más camas en los hospitales, pero el modelo apunta a complementarlo con una mayor participación de los establecimientos privados.

El Ministerio de Salud se ha centrado en la respuesta inmediata, que consiste en facilitar la compra de días camas a entes privados, un proceso iniciado en los últimos años de gobierno de la Concertación. Se argumenta que la nueva versión ha abaratado costos, pues se ha eliminado la incertidumbre del costo final de las prestaciones logrando buenos precios de camas integrales (que incluyen medicamentos y exámenes). Sin embargo, el precio pactado con muchas de las clínicas puede llevar a pagar el doble o el triple de lo presupuestado inicialmente.

Ya en 2005 y 2007 Fonasa había licitado ciertas prestaciones médicas, éstas últimas con otro tipo de cama integral. El convenio fijaba precios de referencia, como una cama UCI adulto en $165.610 y una cama básica adulto en $26.000. La adjudicación de 2007 bordeaba esas cifras, siendo la más costosa una cama UCI para adultos: $345.000. Desde 2009, los pacientes eran derivados por la Unidad de Gestión Centralizada de Camas (UGCC) del ministerio, que privilegiaba las camas disponibles en el sistema público y luego en el privado, desde la más económica hasta la más cara.

Sin embargo, en abril de este año, el nuevo equipo ministerial decidió realizar una nueva licitación, con camas integrales que incluían más atenciones. A pesar de las expectativas, sólo se logró licitar 708 camas.

El análisis de los datos recopilados por CIPER muestra que el valor licitado es alto: las camas más demandadas, UCI y UTI adulto, presentan un valor promedio de la licitación de $1.048.000 y $720.000 respectivamente. En el caso de la cama básica, el valor promedio es de $313.000. Entre los oferentes más caros en camas UCI en regiones se encuentra la Clínica Universitaria de Concepción, con $1.500.000, mientras que en Santiago, las más caras son la Clínica Santa María, Clínica Alemana y Clínica Las Condes, que sobrepasan el millón de pesos por día cama UCI.

La licitación supone que se fije un precio promedio por todo lo que incluye la cama integral, es decir, el servicio es el mismo en todas las instituciones, pero debido a que el riesgo de los pacientes es alto, varias clínicas fijaron el precio en el valor más alto que podría costar el día cama, aunque esos exámenes o medicamentos pueden no realizarse.

Comparado con el precio que tienen las clínicas normalmente (sin prestaciones extras) en UCI adulto, en Santiago, la Clínica Santa María sumó al valor de mercado de día cama cerca de 725 mil pesos más. A ésta le sigue la Clínica La Condes, que sumó a su valor normal, 549 mil pesos

viernes, 10 de septiembre de 2010

Caritas in Veritate (I): Problemas de emisión y recepción

Raúl González Fabre, S.J.
Cuntinúa en Caritas in Veritate (II): Una proposición revolucionaria y Caritas in Veritate (y III): El desafío a los cristianos

El año pasado por estas fechas, Benedicto XVI publicó su encíclica social Caritas in Veritate. Lo que sigue es la primera parte de un comentario parcial que publicamos unos meses después en Razón y Fe:

Caritas in Veritate es un documento de alto valor doctrinal que presenta una posición, no completa ni acabada, pero ciertamente sí profunda y desafiante, en materia de ética social. Por eso, la crítica que sigue sobre aspectos formales que quizás disminuyan su utilidad pastoral con muchos públicos, debe entenderse como una manera de identificar ciertas dificultades que prevemos en la divulgación de sus contenidos. Confiamos en que ello contribuya a que los divulgadores encuentren solución a esas dificultades, y realicen su tarea más eficazmente.

La encíclica consta de tres tipos de parágrafos ("números") claramente distinguibles. Un primer grupo, donde deben contarse la introducción y la conclusión completa más algunos otros desarrollos intermedios, presenta una antropología de la persona en sí misma y en sociedad fundamentada teológicamente. Su estilo es conceptual, denso e internamente coherente, como si esos textos hubieran salido de la misma pluma de principio a fin, muy probablemente la de Benedicto XVI. Sin embargo, esos párrafos no son fáciles de leer sin buena formación en filosofía y teología, entre otras cosas porque no identifican a los autores o las escuelas de pensamiento con los que dialogan. Por otra parte, algunos aspectos importantes de la posición papal no son explicitados sistemáticamente en el texto y deben ser completados por el lector; crucialmente, ello ocurre con el concepto de 'verdad'.

Un segundo grupo de párrafos, en los capítulos 1 y 2 principalmente, consiste en una presentación y actualización de Populorum Progressio, la encíclica de Paulo VI cuyo cuadragésimo aniversario conmemora Caritas in Veritate. La relectura de Populorum Progressio sirve de hilo conductor para sentar posiciones sobre algunos asuntos tratados por Paulo VI, confirmándolas, actualizándolas o completándolas, según corresponda. Se trata de números más fáciles de leer que los anteriores, aunque la familiaridad con Populorum Progressio es necesaria para apreciar los matices interpretativos que Caritas in Veritate introduce.

Finalmente, un tercer grupo de parágrafos, el más extenso, presenta posiciones de la Iglesia sobre una cantidad considerable de concepciones y problemas relevantes en los debates sociales contemporáneos. Lo hace en extensiones y con profundidades de fundamentación y argumentación muy variables de un tema a otro, lo que denota una pluralidad de plumas y en ocasiones también de momentos redaccionales, enhebrados de formas no siempre fluidas o fáciles de seguir.

Las posiciones presentadas en este tercer grupo de parágrafos se asemejan en buena medida al pensamiento compartido por muchos interlocutores de mayor o menor 'buena voluntad' en la escena global desde hace algunas décadas (ONGs, organismos de Naciones Unidas, foros globales de organizaciones civiles, partidos más o menos progresistas, incluso políticos y empresarios con verdadero poder cuando se revisten de utópico para oficiar cara a la galería biempensante). Así, quien leyera la encíclica buscando sólo la posición de la Iglesia acerca de los problemas sociales acuciantes de nuestro tiempo, encontraría mucha coincidencia con posiciones corrientes en el discurso "políticamente correcto", presentadas de manera rápida y a veces superficial, sin grandes novedades.

Probablemente sólo dos puntos disonarían a ese hipotético lector en primera lectura: (1) la insistencia del Papa en conectar la ética sexual y familiar católica con la ética de la lucha contra la pobreza, en el sentido contrario al sostenido por quienes confian en el control de la natalidad para acabar con la pobreza; (2) el llamado a crear formas globales de gobierno con características nítidamente estatales, sobre el que el sentir político común está dividido entre los que encuentran la idea impracticable y los que la encuentran aborrecible.

Ciertamente, a la 'persona de buena voluntad' que leyera la encíclica sin compartir la fe en Jesucristo, le llamaría también la atención que un hombre con fama de conservador, como Benedicto XVI, suscriba posiciones radicales sobre muchos problemas sociales y medioambientales. Esa extrañeza podría constituir el punto de partida de una mejor intelección de la encíclica. Sin embargo, nos tememos que la estructura misma del texto dificulte a muchos el paso de la revisión superficial de posiciones papales sobre esto y lo otro, al núcleo de su mensaje. Hay problemas de emisión: la introducción desalentará a muchos por su densidad y su lenguaje teológico; el análisis y las tomas de posición lo harán por su rapidez y aparente falta de sistematicidad.

Sin embargo, el núcleo del mensaje de la encíclica no se encuentra ni en esas tomas de posición ni en la antropología teológica enunciada en la introducción y en otros párrafos, sino en la conexión entre ambos. En nuestra opinión, el Papa finalmente muestra en la encíclica que: (1) la antropología teológica cristiana permite comprender el problema del desarrollo humano viendo en él más dimensiones interconectadas que las perceptibles desde otras antropologías; (2) esa visión cristiana permite a los católicos coincidir con las posiciones de muchos otros ante ciertos problemas de la sociedad contemporánea, matizarlas o separarse razonadamente de ellas en otros casos, y actuar consistentemente por un mundo mejor en todos ellos; (3) y esto sin necesidad de separarse de la propia Tradición espiritual e intelectual para aceptar fundamentos de otras ideologías corrientes de la derecha o la izquierda, sino al contrario, precisamente permaneciendo fieles a esa Tradición.

Es difícil que este mensaje llegue a quienes no son cristianos. Estas personas tenderán a ignorar los desarrollos teológicos de la encíclica y a valorar las tomas de posición por relación a los discursos corrientes, aceptándolas en cuanto coincidan con sus propias posiciones, rechazándolas en cuanto las contradigan o se separen de ellas. Además, los prejuicios contra el catolicismo, ampliamente extendidos en Occidente, generarán sus propios problemas de recepción, que ya se han reflejado en estruendosos silencios y en comentarios de prensa incapaces de ir más allá de lo llamativo para la opinión común creada por la prensa misma.

Pero puede haber también problemas de recepción entre los católicos. Benedicto XVI engrana en una antropología posiciones sobre problemas sociales sostenidas por la derecha y por la izquierda católicas. Puede hacerlo porque, históricamente, el pensamiento de la derecha y el de la izquierda occidentales derivan en buena medida del cristianismo. Incluyen cada uno de ellos radicalizaciones de unos aspectos y silenciamientos de otros ya contenidos en la Tradición cristiana. Al reunirlos bajo una sola visión teológica, el Papa está prestando un valioso servicio a la comunión eclesial, que debería traducirse, si los católicos aceptamos su enseñanza, en una reconciliación de sensibilidades políticas, complementándose unas con otras en esa visión mayor, y facilitando un incremento de la capacidad de acción colectiva de los católicos en la vida pública.

Sin embargo, bien podría ocurrir que el mensaje del Papa no sea comprendido en la Iglesia misma, sino que los prejuicios de la derecha y la izquierda católicas, empeñadas cada una de ellas en legitimar religiosamente sus posiciones políticas y deslegitimar las del otro, lleven a silenciar la encíclica o a citarla sesgadamente. Contra ese peligro queremos actuar aquí, intentando presentar una propuesta nuclear de la encíclica en su radicalidad y complejidad. Esa propuesta deja a la conciencia católica ante fronteras que debemos seguir explorando desde el punto de partida que nos ofrece el Papa.
______________
Raúl González Fabre. Hermano jesuita, profesor de Microeconomía y de Ética en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y colaborador de Pueblos Unidos, ONG que apoya a migrantes en el norte de la ciudad. Antes, ha trabajado en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), en el Centro Gumilla (Caracas) y en el Servicio Jesuita a Refugiados como coordinador latinoamericano, como oficial de política en Zambia y como consultor en Roma. Se interesa por diversos aspectos concretos de la misión Fe-Justicia de la Compañía: la relación entre Ética y Economía, las cuestiones de gobernabilidad de la globalización, la conexión entre modernización y cultura pública en los países en desarrollo, la situación de migrantes irregulares y refugiados…

jueves, 9 de septiembre de 2010

Caritas in Veritate (y III): El desafío a los cristianos


Raúl González Fabre, S.J.
Jueves, 09 de Septiembre de 2010


La encíclica Caritas in Veritate propone, como notamos en el post anterior, al amor como principio ordenador también para las relaciones macrosociales. Pero, ¿de qué amor se trata? ¿Cómo se relaciona con la verdad y la justicia?
El primer paso para actualizar el significado del amor en las sociedades contemporáneas es proponer un concepto de caridad adecuado a la tarea.



Benedicto XVI lo hace en la introducción, tratando de la relación entre caridad y verdad. Su punto principal es quizás despojar al amor de las tonalidades sentimentales adquiridas desde el romanticismo, desubjetivarlo por así decir, para volverlo al significado de entrega, acogida y comunión con el otro en la verdad de lo que somos como personas:
"Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. (CV, 3) (...) Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad." (CV, 4)


La caridad vuelta al terreno de la verdad de la persona humana, se expresa en decisión y acción objetiva: "Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él." (CV, 7). Querer el bien de alguien es asunto de la voluntad, trabajar eficazmente por él es asunto de la acción, de la praxis. La relación de ambos con emociones y sentimientos dista de ser unívoca. Aunque los sentimientos y emociones positivas ayudan, también podemos querer y trabajar por el bien de alguien que sólo nos suscita indiferencia emocional o sentimientos negativos; así lo hacemos continuamente, de hecho, porque si no la vida social, que es ante todo colaboración, bien mutuamente hecho y recibido, se paralizaría.

Al colocar la caridad en el terreno objetivable de la voluntad y la acción, Benedicto XVI la saca de la trampa solipsista de las preferencias subjetivas, que no pueden ser juzgadas desde afuera porque 'cada cabeza es un mundo', 'sobre gustos no hay nada escrito', etc. Por el contrario, si se trata de buscar el bien real del otro, entonces la voluntad debe seguir a la inteligencia que se pregunta por los bienes adecuados a la persona humana y por el orden en que deben preferirse con vistas a su plenitud posible.

Por eso el Papa identifica al relativismo, que renuncia a decidir entre diversos esquemas incompatibles del bien humano, como el pensamiento correspondiente a la reducción del amor a sentimiento subjetivo. Si, por el contrario, la caridad se entiende como decisión y acción objetiva por el bien adecuado al otro, entonces puede ser objeto de un diálogo que busca la verdad última sobre ese bien:
"Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas." (CV, 4)

Pero, ¿cuál es la verdad de la que habla Benedicto XVI? La encíclica no la explicita sistemáticamente, pero creemos que puede reconstruirse como una verdad teológica sobre la persona humana en dos niveles. El primero admite expresión en categorías aristotélicas: La persona nace con el potencial para una plenitud que consiste en amar. La vida buena en esta tierra consiste entonces en actualizar ese potencial, en expandirlo y concretarlo en todas las relaciones. La verdad de la persona radica así en su capacidad de amar, su plenitud consiste en el amor realizado, su deber moral estriba en pasar de la capacidad a la realización del amor, esto es, en llegar a ser todo lo que puede ser a través del ejercicio del amor.

En un segundo nivel, teológico pero entrelazado estrechamente con el anterior, la persona reconoce que no tiene su origen en sí misma sino en el amor de Dios, que está llamada por Dios al paso de la potencia a la plenitud del amor, y que de Él recibe también la fuerza interna, el dinamismo vital que le permite responder a esa vocación última. Tal vocación, imbricada en el ser mismo de la persona, es don que a la vez nos constituye, nos orienta en la vida y nos salva: verdad sobre nosotros mismos, camino para vivirla, vida para siempre.

Si esta reconstrucción del concepto de verdad de Benedicto XVI es correcta, resulta inmediato derivar de ahí el imperativo de que el amor estructure también la vida pública. Y es que, "junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común" (CV, 7), que se alcanza a través de la estructuración institucional de la sociedad. No tendría sentido entender la esfera en expansión de las relaciones impersonales como un lugar existencial donde el amor resulta irrelevante. Así: "Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público". (CV, 3)

El lugar de la justicia

Sin embargo, la filosofía política contemporánea ha concentrado sus esfuerzos en desarrollar la idea de la justicia, no el amor, como calidad óptima de las estructuras sociales. Baste recordar la sentencia fundacional de John Rawls:
"La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Una teoría, no importa cuán elegante y económica, debe ser rechazada o revisada si no es verdadera; de la misma manera, las leyes e instituciones, no importa cuán eficientes y bien organizadas, deben ser reformadas o abolidas si son injustas"[1].

La posición dominante en el terreno de la teoría de la justicia separa la búsqueda de la justicia de la del bien. El bien es objeto de preferencias subjetivas de las personas o las comunidades, de convicciones de máximos sobre la vida buena. Los desacuerdos al respecto son difícilmente decidibles, incluso difícilmente dialogables, porque en última instancia esas preferencias y convicciones derivan de adscripciones existenciales (por ejemplo, religiosas o ideológicas) que no son racionales aunque pudieran resultar razonables.

Por el contrario, la justicia es asunto de coordinación social, de mínimos de convivencia civil entre personas que sostienen preferencias y convicciones diferentes sobre el bien, y sin embargo deben acordar reglas institucionales para vivir juntos y alcanzar cada una tanto de 'su' bien como sea compatible con posibilidades semejantes para los demás[2].

La conexión moral entre la justicia y el bien ocurre, a lo más, a través de convenciones como las de derechos humanos, que establecen mínimos morales comunes sobre el bien humano a los que la mayoría asiente, cada cual desde su visión de máximos. Donde ese asentimiento mayoritario no se da, la convención no es posible o queda sin fundamento, no importa cuán importante sea el bien en juego.

Consistente con su posición antropológica, Benedicto XVI se separa de esta posición dominante para considerar a la justicia sólo como el primer paso del camino hacia la realización del amor en la vida pública:
"La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad», intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima», parte integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18)" (CV, 6)

A partir de esta reconexión entre justicia y caridad en la verdad de la persona humana, el lenguaje de derechos pierde el carácter convencional de la modernidad para volver al estatuto de sistema social de garantías para los verdaderos bienes fundamentales de la existencia humana:
"Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad (...) La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y, consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y tratar de conseguirlos". (CV, 43)

Resituados derechos y deberes por relación a la verdad, Benedicto XVI puede darles su lugar adecuado en un proyecto cristiano de sociedad: "La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión". (CV, 6). El Papa se pone así ante el desafío de mostrarnos cómo puede concretarse el amor en el terreno de la vida pública, donde el discurso occidental es dominado entre quienes sostienen al propio interés como principio fundante y quienes proponen una justicia neutral en materia del bien adecuado a la persona humana.

Conclusión

El amor como principio de las relaciones macrosociales constituye una clave de lectura de Caritas in Veritate, que permite comprender las posiciones de la encíclica sobre diversas cuestiones políticas, económicas y culturales a partir de un proyecto ético-teológico muy distinto al de las posiciones dominantes en los discursos occidentales contemporáneos.

Desde esa clave, la encíclica puede ser leída preguntándose hasta qué punto Benedicto XVI consigue llevar el barco a puerto en cada uno de los numerosos aspectos de la vida social que trata. En muchos casos, como no podía ser de otra manera, sólo alcanza a señalar el rumbo.
Ello deja a la Iglesia ante un doble desafío: intelectual y práctico. Desde el punto de vista intelectual, queda por delante la tarea monumental de construir ciencia social con el amor como horizonte de las relaciones macrosociales. Esa ciencia deberá hacer inteligible el rol de la caridad y virtudes conexas en la constitución real, no sólo en la ideal, de los diversos ámbitos de la sociedad; y buscar caminos practicables para desarrollarlo y expandirlo en un mundo plural donde no todos comparten las mismas convicciones ni calidades morales.

Puesto que la Iglesia no es sólo voz sino primero cuerpo social, algo que Benedicto XVI no destaca como quizás hubiera sido necesario, la encíclica le plantea también un desafío práctico: el de realizar el amor en sus relaciones impersonales internas, en su actividad institucional en el seno de las sociedades civiles, y en la participación de los católicos en la vida pública. Si el Papa ha tocado en la encíclica una verdad última sobre la persona en sociedad, la Iglesia debe probar esa verdad de la única manera creíble: dando testimonio de ella con sus hechos.


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[1] John Rawls. [1999 (1971)]. A theory of justice, p. 3. Cambridge: Mass., Belknap Press of Harvard University Press.
[2] Hay posiciones intermedias, minoritarias pero relevantes en el debate contemporáneo, que podríamos llamar neo-aristotélicas. Así, la teoría de las capacidades de Amartya Sen fundamentada filosóficamente por Martha Nussbaum, propone la existencia de una serie de bienes (funcionalidades) universalmente necesarios para que cada persona construya capacidades de acuerdo a su proyecto de vida. Por otra parte, el comunitarismo de Amitai Etzioni retoma la vinculación entre optimidades personales y proyecto comunitario de vida. Alasdair McIntyre ha criticado, desde fundamentos explícitamente aristotélicos, la desvinculación entre el bien y la razón en la filosofía moderna, y el paso consecuente del emotivismo al nihilismo morales.

Clara Szczaranski abogó por indultar a subalternos que violaron los DD.HH.










miércoles, 8 de septiembre de 2010

Memoria y construcción de la justicia

Rafael Velasco, S.J.
Miércoles, 08 de Septiembre de 2010 10:06



Reflexiones eclesiales desde la Universidad. Charla presentada en el marco de la Semana de Reflexión sobre Mons. Enrique Angelelli, organizada por Tiempo Latinoamericano en Córdoba, Argentina.

“Busquen el reino de Dios y su Justicia y lo demás se les dará por añadidura.” Este es el mandato de Jesús en el sermón del monte.
“Justicia, justicia perseguirás”, dice el Antiguo Testamento. Esos mandatos son muy fuertes en la tradición bíblica, en particular en la tradición profética.

Los profetas, más allá de su variedad, por lo general tenían temas comunes de predicación y estos eran: la denuncia de los abusos del poder; la crítica al rey por no ser lo que debía ser: una imagen del Dios que toma partido por el pobre; y la denuncia del culto vacío.



Aquí quisiera detenerme en primer lugar.

El Culto está estrechamente vinculado a la memoria. La liturgia rememora, para re-actualizar. Eso es lo que decimos. De hecho, los cristianos en la Eucaristía hacemos memoria. Memoria viva. Realizamos los gestos y las palabras en memoria Suya, en memoria de la entrega y el martirio de Jesús, un martirio que da Vida. Sin embargo nuestras vidas, muchas veces, están vacías de memoria y de contenido profético y martirial.

¿Cuál es el aporte que podemos ofrecer desde la reflexión teológica y desde la praxis cristiana a este proceso de búsqueda de construcción de la Justicia que debemos realizar como sociedad?

En su libro “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”, Gustavo Gutiérrez –reflexionando sobre le libro de Job, y el sufrimiento del inocente– dice que hay dos tipos de teología.

Una –la de los amigos de Job– que parte de supuestos abstractos, de premisas y silogismos de la que se desprenden conceptos morales que deben ser aplicados. Es la teología de la retribución. Dios bendice al que obra bien, y la prosperidad económica es su signo bendicional. Cumplir los mandatos atrae la bendición. Esta es una teología sin historia que le dice a Job, el inocente sufriente, que sufre por su culpa, porque “algo habrá hecho”. Esa teología es una súper estructura opresiva ante la que hay que someterse. Una teología con respuestas ya prefabricadas sin atención a quién es el que pregunta, o mejor aún a quién es el que grita de dolor como su forma de expresar su protesta y su pregunta implícita a Dios.

Esa teología sin memoria, supone que la Justicia es algo dado y que se realiza cumpliendo con determinados mandatos “naturales” dados. Además esta teología supone que las “gentes decentes” son premiadas y los pobres castigados, una teología del mérito que culpabiliza a las víctimas y exculpa a los verdugos.

La otra teología, señala Gutiérrez, es la de Job, el inocente sufriente, que es la que surge de la experiencia, desde el clamor del pobre. Es la teología del amor gratuito de Dios que no es “merecido” por acciones, sino que se ofrece gratuitamente. Es la experiencia gratuita del Dios que se conmueve por el pobre y escucha el clamor de su pueblo.

Desde ese clamor, escuchando ese clamor, se puede comenzar a vislumbrar qué significa la justicia: que la compasión prime sobre los principios abstractos, que las personas importen; que los verdugos rindan cuentas ante las víctimas, que la primera autoridad es la de los que sufren y que los pobres deben ser el centro de la acción de los gobiernos, pero también el centro de las preocupaciones eclesiales.

Se nos presenta la disyuntiva entre una teología abstracta de la ley y la teología de la compasión. Cada una da como resultado construcciones eclesiales, políticas y sociales distintas. La primera no tiene memoria sino axiomas universales, a temporales; la segunda guarda la memoria de las víctimas y desde allí intenta construir una iglesia y sociedad en la que haya lugar para todos, en la que no haya excluidos, en la que los verdugos no tengan la última palabra.

Desde una teología de la compasión se vislumbran consecuencias éticas importantes: como por ejemplo que la comunidad eclesial –laicos y jerarquía- se debe preocupar primordialmente por atender a los que sufren y por luchar contra los que provocan el sufrimiento, la exclusión y la deshumanización. Esa es la prioridad muy por encima de esa obsesión doctrinal respecto de los que disienten o se muestran perplejos frente a determinados mandatos magisteriales.

Recordar la vida y el martirio de Monseñor Enrique Angelelli, aquí y ahora, es un acto de memoria; pero sería una memoria vacía de contenido (un rito vacío) si no va unida estrechamente a la escucha del clamor de los que sufren, de las grandes mayorías, de los que padecen la exclusión y la postergación de necesidades básicas.

Esa memoria es cristiana si va unida a la lucha por la construcción de la justicia. A la justicia como realidad institucional: que incluye por ejemplo el esclarecimiento del asesinato de Angelelli, y el juicio y la condena de los terroristas de Estado; pero que continúa con la búsqueda de una justicia social demasiado largamente esperada, por la que debemos trabajar. Una búsqueda en la que como comunidad eclesial debemos comprometernos.

Y en eso, institucionalmente como Iglesia tenemos mucho que crecer.

Una institución que en sus miembros castiga más severamente al que disiente que a los han abusado de menores o cometido crímenes de lesa humanidad, está seriamente confundida respecto de los intereses de Jesús.

Siendo más claros aún: cuando la justicia -esta que tenemos, que será como será pero es la que hay- condena a algún miembro del clero por gravísimas violaciones de los derechos humanos (es el caso del pbro. Cristian Von Wernich) o a otros por abusos de menores (el caso del padre Grassi) o abuso de autoridad (mons. Storni), y nuestra Iglesia no los suspende del ministerio, está dando una señal muy negativa al pueblo de Dios. Sobre todo si luego se sanciona a otros miembros por cuestiones de mucha menor trascendencia.

No hay construcción de la Justicia a nivel eclesial sin reconocimiento de la justicia civil. Cuando se sanciona a un sacerdote por disentir públicamente y por expresarse de acuerdo a lo que finalmente ahora es ley (el matrimonio civil entre personas del mismo sexo), -es decir algo que debe ser aplicado como criterio de justicia- se está dando otra señal sumamente confusa que afecta su credibilidad. Se está señalando que a la Iglesia jerárquica pareciera importarle más la uniformidad doctrinal que la Justicia; pareciera que le preocupa más ser una suerte de agencia de moralidad, que una comunidad de creyentes que anuncia un modo nuevo de vivir conforme al Reino en donde el primer interés es el de las víctimas y donde no hay mandato más alto que responder a la autoridad de los que sufren.

Queda de manifiesto un mensaje muy inquietante: se puede ser cómplice de asesinatos y del terrorismo de estado, se puede abusar de los menores y los débiles y sin embargo seguir ejerciendo el ministerio, pero no se puede disentir públicamente con la voz oficial sobre temas de la sociedad civil porque se es sancionado. Imagino que Jesús tendría serias dificultades para comprender esto.

Por otra parte la memoria de los mártires debe movernos como comunidad eclesial a actualizar el martirio, y por ende a trabajar por la causa de la justicia por la que los mártires lucharon.

Sería vaciar la memoria de Monseñor Angelelli no comprometernos como comunidad eclesial en construir una sociedad más justa, en el presente y con esperanza de futuro. Y si eso no significa también dar testimonio, es decir el martirio.

Y las Universidades… ¿qué aporte podemos hacer?

No es posible olvidar que muchos de los grandes responsables de la situación de injusticia e insolidaridad que vive nuestra sociedad argentina han pasado por aulas universitarias (y en muchos casos universidades católicas). Muchos graduados universitarios han sido los que han ideado los planes económicos que han arruinado a muchos y han excluido en la miseria a una gran cantidad de hermanos nuestros. Han sido en su mayoría universitarios, quienes han privilegiado sus intereses por encima del bien común y han puesto el lucro por encima de la justicia y la equidad; han sido universitarios, por lo general, quienes han tomado decisiones trascendentes para sembrar la corrupción y el autoritarismo en nuestra sociedad. Las universidades y los universitarios, hemos sido parte del problema; por lo tanto es justo que comencemos a ser parte activa en la solución de los problemas que nos aquejan como nación.

Entonces... ¿qué hacer? Hacerse cargo, encargarse, cargar
Ignacio Ellacuría decía –siguiendo a Zubiri- que la inteligencia lo que hace es, fundamentalmente, aprehender la realidad, tratar de captar lo real como real, no como abstractamente participante del ser. Aprehender la realidad desde la existencia, más que de esencias inmutables. Lo que hace la inteligencia es aprehender la realidad y enfrentarse con ella. Este proceso de aprehender la realidad y enfrentarse con ella tiene tres dimensiones que él llama el “inteligir de la liberación”. Estas son: hacerse cargo de la realidad, encargarse de la realidad y cargar con la realidad.

En primer lugar, él dice hacerse cargo. Hacerse cargo tiene que ver con un pensamiento encarnado, contextualizado. Es el momento teórico; pero no se teoriza en el aire, sino haciéndose cargo de lo real. Haciéndose cargo de la memoria, de la realidad desde la perspectiva de los que sufren.
Se enseña medicina o derecho –por ejemplo- a unas personas determinadas, en un contexto determinado, en un barrio, en una ciudad determinada, entre piquetes, reclamos y carencias. En un contexto de exclusión y de injusticia. Eso debe decirnos algo en nuestro teorizar. Se piensa la política asumiendo la realidad “real”, no lo que nos gustaría que fuera, no lo que dicen los enunciados de nuestra doctrina social. La política (o el Derecho, o las ciencias económicas, u otras disciplinas) se piensa desde un compromiso con esa realidad. Eso debería afectar de manera significativa nuestra docencia; implica un nuevo modo de docencia, que incorpore cada vez más el diálogo con la realidad y la conciencia crítica.

En segundo lugar, dice Ellacuría, que además de hacerse cargo, la inteligencia tiene que encargarse de la realidad, tiene que encargarse de ponerle una dirección, un color, unas expectativas, un horizonte; tiene que hacer algo con la realidad para que esa misma realidad vaya llegando a ser lo que debiera ser. Esta es la dimensión práctica.

La realidad nos atraviesa, el contexto nos configura de alguna manera, a todos. El proceso de transformación de la realidad, en el que la Universidad debe ser un actor importante, significa también asumir que es necesario transformar la realidad para que sea más humana.

Encargarse es tener claro la prioridad del “sentido”. Dar sentido a lo que se hace, dar sentido al compromiso. Dar sentido a lo que se enseña y estudia. Lo que desanima a nuestros estudiantes es la falta de sentido (que lo que aprenden no parece tener sentido y que no parece tener sentido aprender en un mundo en el que no hace falta esforzarse para ser exitoso, o que el esfuerzo no es recompensado). Dar sentido y orientar lo que se aprende y lo que se investiga para la resolución de problemas acuciantes de las grandes mayorías. Para intentar influir positivamente en la elaboración de políticas públicas para el bien de los sectores más excluidos.

Y en tercer lugar: al ser humano no se le dio la inteligencia sólo para aprender muchas cosas sino para cargar también con la realidad (dimensión ética). La realidad pesa, el que quiera conocer realmente lo que es la exclusión deberá hacerse cargo de la exclusión real, no de la definición de exclusión de los manuales. El que quiera encargarse de la injusticia para que deje de ser opresión va a ver muy pronto que tiene que cargar con algo: con la reacción de quienes quieren que la injusticia y la inequidad sigan, y de esos hay muchos, muchísimos. Cargar con la realidad, dejarnos afectar por lo que la realidad tiene de peso. Cargar con la realidad significa enseñar a asumir las consecuencias de las opciones. Enseñar a hacer opciones de vida. Enseñar a re-unir lo que en la vida se da divorciado: Teoría, práctica y ética.

Este “inteligir de la liberación” es un modo de encarnación del conocimiento que se produce en nuestras universidades, un modo de comprometerse, como Jesús, con los problemas de las grandes mayorías sufrientes. Desde este inteligir de la liberación, las universidades –en particular las Universidades de la Compañía- podemos aportar a la construcción de una Justicia social demasiado largamente esperada.

Concluyendo.
Hacer memoria para construir Justicia. Escuchar el clamor de los sufrientes para acertar el camino, hacernos cargo, encargarnos y cargar. No todas las incógnitas están despejadas, pero el camino está trazado. Luis Espinal, jesuita asesinado en Bolivia, dice con belleza y profundidad: “entrénanos Señor a lanzarnos a lo imposible porque detrás está tu gracia y tu presencia”.