Rafael Velasco, S.J.
Debo comenzar diciendo que no soy especialista en literatura. He estudiado Filosofía y Teología. Me he especializado en esta última disciplina, por lo tanto mis apreciaciones sobre la obra de Saramago van a provenir desde esta mirada más teológica, desde la teología católica.
No ser especialista en literatura no me inhabilita para comprender que Caín es una obra literaria, ágil, lúcida y con el inconfundible sello irónico, irreverente e iconoclasta de Saramago.
Se sabe que toda obra literaria debe ser juzgada literariamente. Aunque dado el caso de la obra en cuestión, es posible también un abordaje teológico. Fundamentalmente porque la obra tiene una teología (o a-teología) bastante explícita. Hay un discurso acerca de Dios, detrás de una crítica a otro discurso acerca de Dios.
La lectura que hace José de Saramago, a través del peregrinar errante de Caín, acerca de textos del antiguo testamento implican una lectura crítica a un discurso sobre Dios, y a una imagen de Dios. Es una pena que además el texto deje destilar en algún punto una mirada negativa sobre el pueblo judío.
Caín (que en hebreo significa el que fue pedido) en su errar por la tierra –conforme a la maldición del Dios- asiste a diversos episodios bíblicos como el mal llamado sacrificio de Isaac a manos de su padre Abraham, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la caída de las murallas de Jericó, la matanza de los adoradores del becerro de oro en el desierto, algunos acontecimientos más y finalmente, la particular lectura del arca de Noé.
Caín –como tal vez Saramago- es el hombre en constante lucha con Dios. Una lucha que va in crescendo hasta el episodio final en el que asesina a todos los descendientes de Noé para evitar así que Dios continúe su crueldad con la especie humana.
Caín a pesar de sus muchas contradicciones –humano al fin- es presentado como un hombre decente. Parece contradictorio que alguien que asesinó a su hermano y a la descendencia de Noé, sea denominado como alguien decente; y sin embargo es así. Durante su obligado errar Caín intenta obrar humanamente: en su lujuriosa estancia con Lilith (a quien llega a amar) a la que vuelve luego de sus andanzas, en su intervención a tiempo para frenar a Abraham que está por ofrecer a su hijo en sacrificio, o cuando reclama por el asesinato de niños que perecerán en Sodoma, o cuando se enfrenta decididamente con Dios luego del asesinato de los descendientes de Noé.
Caín aparece como imagen del Jacob que según el libro del Génesis, luchó con Dios y venciendo fue vencido. Esa lucha atraviesa la historia de la humanidad. Dice Saramago que “la única cosa que se sabe a ciencia cierta es que (Dios y Caín) siguieron discutiendo y que discutiendo están todavía.” (c. 13; pág. 189).
Releyendo…
Ahora bien, así como Saramago toma textos bíblicos para hacer literatura, me gustaría hacer lo contrario, tomar sus interpretaciones literarias, para intentar hacer un poco de teología.
Vamos a tomar algunos de los textos que son releídos por Saramago y vamos a tratar de realizar una re lectura desde la exégesis teológica católica y evangélica contemporánea.
Lo primero que habría que decir es que la Biblia es un libro de teología, y que no fue escrito de una sentada como un libro unitario. Es una colección de escritos pertenecientes a las más diversas tradiciones y cuya recopilación –primero oral y luego escrita- llevó siglos. Es un libro lleno de libros y de géneros literarios. Una colección de libros que recoge en realidad la experiencia de un pueblo acerca de su propia humanidad y de el Dios que se le fue revelando en esa realidad humana.
La Biblia, se suele decir es palabra de Dios en palabra humana; tal vez sería más apropiado decir que es palabra humana inspirada por Dios. Así que en los textos hay un ropaje propio de la época y los medios culturales a disposición para relatar una experiencia que en el fondo es inenarrable. Los medios son parte del mensaje (como por ejemplo el género apocalíptico ya nos dice algo acerca de lo que se intenta narrar, o el género epistolar, etc) pero que a su vez esos medios literarios, son eso: literatura que intenta transmitir una verdad que va más allá, una verdad que para el creyente es liberadora y en cierto sentido orientadora de fe y de vida.
No es posible –en los textos bíblicos- ir a buscar historia en el sentido actual del término, ni tampoco ciencia. Hay, sí, relatos con cierto fundamento histórico, (el de Caín y Abel, no es uno de ellos precisamente) pero releídos desde una experiencia religiosa y desde una intencionalidad docente. Es un libro que surge de una comunidad y para ser leído en comunidad de fe.
Lo que no está claro es que haya una sola interpretación posible de esos textos. La exégesis rabínica acepta que las interpretaciones más contradictorias pueden ser ambas verdaderas (ejemplo del cruce del mar rojo)[1].
En la exégesis católica se ha hecho hincapié en ciertas interpretaciones forzadas o literalistas fruto de una pretendida tradición única que muchas veces ha escondido ignorancia, pero que hoy es inaceptable. La teología se hace preguntas porque los hombres y mujeres nos hacemos preguntas y buscamos a tientas algunas respuestas. En ese camino la Biblia, como palabra humana inspirada por Dios, es “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestros senderos”, como dice el salmo.
Creemos –los creyentes- que en la Biblia hay un mensaje acerca de Dios que es una fuente inagotable y por lo tanto fuente de inspiración y relecturas desde diversos contextos.
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[1] Basta leer el Talmud y los comentarios rabínicos sobre el mismo para comprobar esta afirmación.
Caín y Abel
Caín –decíamos– es presentado por Saramago como un personaje lleno de contradicciones: ama a su hermano Abel “Desde la más tierna infancia Caín y Abel habían sido los mejores amigos, a tal punto llegaban que ni hermanos parecían, donde iba uno el otro iba también, y todo o hacían de común acuerdo.” (c. 3; pág. 37). Pero la diferencia que Dios establece entre ambos al aceptar el sacrificio de Abel y no el suyo (y la burla que Saramago le atribuye a Abel y que no aparece en el texto bíblico) hace que Caín lo envidie y lo odie hasta matarlo, la culpa según Saramago es de Dios que estableció las diferencias rechazando el sacrificio de Caín y luego no impidió el homicidio sino que aparece luego, tarde, demasiado tarde. Cabe acotar que Saramago –haciendo literatura- se saltea la advertencia que Dios le hace –en el relato bíblico- a Caín antes del fratricidio : “Caín: ¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerla erguida; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo” (Gn. 4, 6 – 7).
Un caso particular es este mito de origen de Caín y Abel. Un mito etiológico que intenta responder en realidad a la pregunta ¿Por qué surge la violencia entre los seres humanos?
Este es un texto que se escribe en el siglo X ó IX antes de la era común. Cuando el pueblo ya está asentado y organizado y puede preguntarse por los orígenes, por lo tanto no intenta ser un relato histórico.
Los nombres ya nos anuncian el simbolismo: Caín, el que fue pedido. (Eva dice “Lo pedí y Dios me lo concedió”) y Abel (Humo, efímero). Se los presenta ambos con diferentes oficios (uno agricultor y el otro pastor) lo cual revela dos culturas: los agricultores que vivían ya asentados, con una cultura un poco más avanzada y los pastores, los beduinos que eran semi nómadas y –generalmente- despreciados por los agricultores. Ambos representan dos visiones del mundo, dos culturas. Se presenta desde el comienzo la diferencia. Y se dice que ambos ofrecen diverso culto. De entrada el texto va diciendo que hay una diferencia que es querida por Dios…y en la que Dios se inclina sobre el más débil (Abel) Por eso la referencia a que miró con agrado la ofrenda de Abel (el más débil y además el menor: el bendecido y el de los privilegios era el mayor, pero Dios bendice al menor; hace –en lenguaje actual- su “opción por el pobre”).
Eso provoca la ira y el disgusto de Caín que comienza a mirar mal al que tiene otra cultura y otro culto, y eso se transforma en odio, en descalificación y, luego, en violencia que lleva a la muerte.
Antes del fratricidio, Dios interviene apelando a la conciencia de Caín (“mira que el pecado está a la puerta…”). Y luego del asesinato, Dios detiene la escalada de violencia al prohibir que Caín sea asesinado. El castigo es el destierro (la imposibilidad de vivir con otros, es consecuencia de la intolerancia y la incapacidad de aceptar al diferente). Pero Dios –al menos según la teología de esta tradición- aunque no aprueba el homicidio, no acepta la venganza.
La sangre de Abel nos recuerda que desde el principio está en nosotros la incapacidad de aceptar al que tiene diversa cultura –es decir diverso modo de ganarse la vida, de vivir, diversas ideas políticas- y diverso culto (diversa manera de relacionarse con lo Trascendente). Nos es difícil convivir con los más débiles en la sociedad, con las minorías, los diferentes, los que piensan distinto. En vez de cuidar unos de otros, el otro –el diferente- se transforma en una amenaza, y –no pocas veces- en alguien que está en contra, un enemigo; alguien que debe ser eliminado.
Dice también el relato bíblico, que luego de ser expulsado “lejos de la presencia de Dios”, Caín funda una ciudad a la que le pone el mismo nombre que su hijo. La ciudad se llama: Henoc, que etimológicamente significa “dedicación” (en latín: studium = estudio), término emparentado etimológicamente con “educación”. Pareciera que con el tiempo Caín comprende que el remedio a la violencia y a la intolerancia es el esfuerzo, el estudio: la educación, la dedicación.
Aquí hay una clave: el camino a desandar para ir realizando la fraternidad es largo y tiene que ver con estas categorías; tiene que ver con dedicación – que es un termino de connotaciones religiosas, porque significa ofrenda, dar lo mejor de si-, y con educación, que significa conducir, sacar de dentro lo mejor de sí. Hay que sacar de adentro lo mejor de sí: el Hermano que nos habita.
Como se ve el relato de Caín y Abel tiene una finalidad diferente a la pretendida desde una lectura literalista.
Abraham e Isaac
El episodio de Abraham e Isaac (Gn. 22) que es relatado aquí como una imagen cruel de Dios, en el fondo intenta manifestar algo muy diferente. Es verdad que se presenta el episodio como una prueba de la fe de Abraham que está dispuesto a sacrificar a su único hijo que significaba la promesa de una descendencia y un pueblo numeroso que el mismo Dios le había hecho. Abraham es bendecido por no negarle ni lo más preciado a Dios (que – a su vez- en el NT no nos va a negar ni lo más preciado: su hijo, que de verdad es asesinado).
Aquí sin embargo, lo que queda claro es que Dios no acepta sacrificios humanos (que es lo que el texto pretende establecer con claridad).
El texto (que retoma una tradición oral antiquísima, pero que es re escrito en el siglo V) es un mito etiológico: mediante ese relato se deja constancia de que a Dios no se lo honra con sacrificios humanos (cosa que sí hacían los vecinos de Israel; los Cananeos –y por lo que la misma Biblia sugiere (cfr. 2Re. 3, 27), también fue practicado por algunos en Israel-). Es un intento de evitar la contaminación religiosa; pero sobre todo un texto que humaniza el culto.
Por otra parte, el final –en el que se dice que “por eso se dice que en la montaña Dios proveerá”- se encuentra el origen del nombre de la ciudad de Jerusalem (Iré Shalaim: allí Dios provée). El texto en realidad, más allá de que resalta la fe de Abraham capaz de creer que Dios proveerá más allá de que todo hace parecer lo contrario, intenta enseñar a la comunidad que ya no se honra a Dios con el sacrificio de seres humanos, porque Dios en Jerusalem (donde está el templo) provee (el cordero para el sacrificio). Es un texto de tradición sacerdotal que intenta establecer que el culto que brota de la fe es diferente y que este Dios no exige sangre humana.
Algunas consideraciones teológicas
“Caín no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. No bastaban Sodoma y Gomorra arrasadas por el fuego, aquí, en a falda del monte Sinaí, quedó patente la prueba irrefutabe de la profunda maldad del Señor” (c. 8; pág 112).
El autor en esta frase revela la teología de fondo. Un dios cruel e injusto. Y no está desacertado si adoptamos su propia mirada sin criticarla.
La Biblia no es un libro escrito por ángeles sino por seres humanos que van progresando en su comprensión de Dios. Un Dios que va siendo comprendido por etapas, como conocemos los seres humanos, que vamos avanzando a tientas. Y en ese proceso nos cuesta ir despojando a Dios –o a su imagen– de atributos humanos. Decía Pascal que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza… y el hombre le pagó con la misma moneda”.
Una categoría teológica que está detrás de esa visión sobre Dios que Saramago critica, es la categoría de omnipotencia. Comprender la omnipotencia como la capacidad de Dios de hacer lo que le viene en gana y de forzar las acciones naturales y las acciones humanas conforme a su parecer, ha sido por mucho tiempo la enseñanza común en el catolicismo y en otras confesiones religiosas también.
Esa imagen de Dios, es verdad, podría deducirse de algunos textos bíblicos empapados de intervenciones espectaculares atribuidas a Dios.
Pero si bien se mira en los episodios de Abel, en el de Abraham y en otros más (como el de Sodoma y Gomorra) hay una apelación a la conciencia de las personas que son las que deben cambiar: la advertencia de Dios a Caín, las palabras de Dios a Abraham y su capacidad de escuchar a Dios antes de matar a su hijo; la ley que prohibía la idolatría y que es desoída en el desierto cuando se construye el becerro de oro (otro mito que intenta aleccionar acerca del monoteísmo y los peligros de hacerse un dios a la medida, un dios de oro), apuntan a señalar que el fondo de la cuestión religiosa se dirime en el corazón humano, en la conciencia del creyente.
Incluso llegan a encontrarse relatos –en la Biblia– en los que ni siquiera es mencionado Dios, pero queda claro que él actúa en las personas, a través de las personas y los acontecimientos históricos, incluso los acontecimientos desdichados e infelices (como la venta de José a manos de sus hermanos –texto que no toma Saramago–; o el relato del Cantar de los cantares).
El poder de Dios se ve en la capacidad de transformar conciencias, en personas que se hacen capaces de escuchar y de responder con bondad y amor. Dios aparece, más bien, como un Dios poderoso en todo, es decir un Dios que siempre está, y que –si es escuchado y obedecido– puede transformar la vida de las personas: los débiles –como Abel– pueden ser tenidos en primer lugar y no sujetos a la violencia de los caínes que acechan; una religiosidad que no exige ni oro, ni sacrificios inhumanos, sino confianza en el Dios bueno que se revela de maneras inesperadas; un Dios que finalmente decide hacer las paces con el ser humano y aceptarlo y amarlo como es después del diluvio, (que es una explicación etiológica de algo que está en todas las culturas y que parece ser responde a un acontecimiento histórico –gran inundación– que afectó a todas las culturas de la región).
Un Dios respetuoso de la conciencia humana. Y cuyo poder reside en la capacidad de recrear las circunstancias, y transformar a las personas cuando estas escuchan la voz que les habla en lo profundo de sus conciencias. Por eso es un Dios que se revela fundamentalmente en su Palabra, y esconde su rostro para no ser idolatrado, es decir, para no ser convertido en un dios cruel y manipulable, como el que el mismo Saramago cuestiona en su obra.
La Biblia es una historia de la comprensión que un pueblo va teniendo de su Dios. Y esta comprensión va evolucionando. Los cristianos creemos que esa evolución llega a su plenitud en Jesús que nos ha revelado que “Dios es Amor”.
Algunas consideraciones finales
Como se ve, Saramago una vez más nos inquieta y nos obliga a repensar y criticar los propios fundamentos, indagando en los orígenes y fundamentos de las propias convicciones.
A la vista de estas observaciones podemos decir que el personaje Caín representa a la humanidad enfrentada con una imagen de Dios autoritario, injusto, celoso y cruel. Un Dios al que a lo sumo se le puede tener miedo, pero nunca amarlo.
En este sentido desmitologizador y cuestionador, Caín es una obra profundamente religiosa, porque ataca la idolatría y propone una relectura de los textos desde la humanidad herida. No habría que olvidar que una de las acepciones de la palabra religión es re-legere (es decir "re-leer"). Esta relectura desde una humanidad herida, contradictoria, capaz de lo mejor y de lo peor (como es Caín, como somos todos) ayuda a otro tipo de comprensión y de profundización acerca de quién es Dios.
Esta relectura de la imagen de un Dios lleno de contradicciones como somos los seres humanos que nos construimos imágenes idolátricas de Dios y las revestimos de poder es profundamente cuestionada en la obra de Saramago. Una obra iconoclasta que nos recuerda que Dios –para el que cree– es el no-ídolo, el totalmente Otro. “¿Lo comprendiste? Entonces no es Dios”. Decía san Agustín.
Hay que acordar con Saramago en que “la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con Dios: ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”.
La lectura de este texto –Caín– ayuda no sólo a re-leer, sino que nos pone también ante la opción de re-elegir (otro de los significados de la palabra religión: re- eligere) y, una vez reelegido el camino de la fe, a re-ligarse de otra manera con ese Otro, siempre más allá y más acá, al que llamamos Dios. Por todo esto creo que Caín –tal vez a pesar del mismo Saramago… o no– es una obra profundamente religiosa.
Por último: no hay que olvidar que el personaje principal es Caín: el que asesinó a su hermano. Ni habría que olvidar que en el fondo como a Caín –imagen de esa humanidad capaz de lo mejor y de lo peor– se nos sigue dirigiendo la pregunta hiriente como un grito que atraviesa toda la historia de la humanidad: ¿dónde está tu hermano? De la respuesta a esa pregunta pende la respuesta a la pregunta por cómo es el Dios en el que creemos (o en el que no creemos).
Emanuel Levinas afirma –comentando el episodio de Caín y Abel– que Dios al preguntarle a Caín “¿dónde está tu hermano?” está revelándole cómo concibe Él al ser humano: como alguien responsable por su hermano, es decir, alguien que debe responder por el otro, que no es solo, sino con otro y que es interpelado a ponerse en el lugar del otro. Debe responder, dar respuesta por y ante otro. Dios no concibe al ser humano solo, sino como ser hermano.
La respuesta de Caín muestra su particular visión de la humanidad: “¿Soy acaso el guardián (el “pastor”) de mi hermano?” Revela una concepción clara: yo soy yo, y mi hermano es mi hermano. Somos diferentes, cada uno responde por sí mismo.
Caín –dice Levinas– responde a nivel ontológico (yo soy yo, distinto de mi hermano), a una pregunta ética: es decir una pregunta que incluye al otro.
La violencia de Caín –paradigma de toda violencia– tiene su raíz en la negación de la responsabilidad; en la afirmación personal que se desentiende del otro: yo soy yo y hago mi vida, los demás, mi hermano, no son asunto mío.
La pregunta –¿dónde está tu hermano?– que Dios le dirige a cada hombre y mujer tal vez sea la clave de la respuesta sobre la cuestión de Dios: si somos capaces de responder por el otro (el próximo), tal vez podamos decir algo sobre ese totalmente Otro del que el mismo Saramago ha dicho: “Dios es el silencio del universo y el ser humano es el grito que da sentido a ese silencio”.
jueves, 23 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Religión razonable
Nathan Stone, S.J.
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad, respeto y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman. 1 Pedro 3:15-16
El estudiante de teología se anima con las palabras de Pedro. Se prepara para dar razón de nuestra esperanza. El pensamiento sobre la fe tiene que ser, en primer lugar, lógico, razonable y fundamentado. Si no, no es pensamiento, sino diatriba histriónica y mistificadora.
Los luteranos hablan del salto de la fe. Eso supone un abismo de irracionalidad que necesariamente debe ser atravesada a ojos cerrados. Implica la incorporación de un elemento extraño en la mezcla, algo irracional. Si es así, no tiene sentido explicar la esperanza cristiana a un no creyente. Él está al otro lado de ese abismo, esperando dar pasos razonables que, según el modelo, no existen. Y el creyente saltador afirma las fórmulas aprendidas con estridencia.
La teología católica, por su lado, tiende a ser obsesivamente sistemática. La alta esfera intelectual se pone arrogante, como si hubiera capturado, estrujado y encasillado la esencia divina. Imposible, porque Dios es infinito y la teología es finita. Por eso, Tomás de Aquino habla del conocimiento mediante la analogía. Hacemos metáforas razonables que en verdad apuntan a Dios, pero sin encasillar, porque definir al Todopoderoso es impensable.
Por su parte, el católico común y corriente suele quedarse con los reglamentos, castigos y milagros. Las veces que me ha tocado explicar, por ejemplo, el contexto histórico de algún relato bíblico, o el sentido de alguna enseñanza, la gente queda sorprendida, maravillada y agradecida, porque sólo conocía la imposición de doctrina irracional y obligatoria, aliñado con milagritos.
El pueblo no es tonto, por Dios. Cada uno fue creado a imagen y semejanza con facultades razonables. A veces, la autoridad recurre a la mistificación para sostener su autoridad, aduciendo, como Caifás y Maquiavelo, que el fin justifica los medios. El argumento es así: la verdad es verdad porque yo dije, y yo soy la autoridad. No hay más preguntas. Lanzan la parte más importante de la discusión, su fundamento, al abismo. Eso siembra mucha duda para el futuro.
La mistificación hace que la cosa parezca misteriosa para sacarla de la discusión. Por otro lado, existe un componente realmente místico en el pensamiento religioso. El misticismo auténtico es algo completamente diferente porque es real. Es la experiencia del Resucitado. Es sentirse movido por el Espíritu Santo. Ese es un dato que algunos no tienen, pero, por más Samaritano que sean, podrían tener. La experiencia mística desencadena un proceso de entendimiento que da sentido a todo, y termina dando frutos abundantes y observables.
La razón de nuestra esperanza no es estática, sino dinámica. Por eso, no es posible defenderla como fortaleza, sino constantemente examinarla y evaluarla, para no perder el camino. Los discípulos, fieles al Espíritu, no solamente afirman cosas correctas. Además, dan mucho fruto. Esa es la prueba empírica. La semilla del amor hecho obra tiene efectos evidentes en el mundo.
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad, respeto y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman. 1 Pedro 3:15-16
El estudiante de teología se anima con las palabras de Pedro. Se prepara para dar razón de nuestra esperanza. El pensamiento sobre la fe tiene que ser, en primer lugar, lógico, razonable y fundamentado. Si no, no es pensamiento, sino diatriba histriónica y mistificadora.
Los luteranos hablan del salto de la fe. Eso supone un abismo de irracionalidad que necesariamente debe ser atravesada a ojos cerrados. Implica la incorporación de un elemento extraño en la mezcla, algo irracional. Si es así, no tiene sentido explicar la esperanza cristiana a un no creyente. Él está al otro lado de ese abismo, esperando dar pasos razonables que, según el modelo, no existen. Y el creyente saltador afirma las fórmulas aprendidas con estridencia.
La teología católica, por su lado, tiende a ser obsesivamente sistemática. La alta esfera intelectual se pone arrogante, como si hubiera capturado, estrujado y encasillado la esencia divina. Imposible, porque Dios es infinito y la teología es finita. Por eso, Tomás de Aquino habla del conocimiento mediante la analogía. Hacemos metáforas razonables que en verdad apuntan a Dios, pero sin encasillar, porque definir al Todopoderoso es impensable.
Por su parte, el católico común y corriente suele quedarse con los reglamentos, castigos y milagros. Las veces que me ha tocado explicar, por ejemplo, el contexto histórico de algún relato bíblico, o el sentido de alguna enseñanza, la gente queda sorprendida, maravillada y agradecida, porque sólo conocía la imposición de doctrina irracional y obligatoria, aliñado con milagritos.
El pueblo no es tonto, por Dios. Cada uno fue creado a imagen y semejanza con facultades razonables. A veces, la autoridad recurre a la mistificación para sostener su autoridad, aduciendo, como Caifás y Maquiavelo, que el fin justifica los medios. El argumento es así: la verdad es verdad porque yo dije, y yo soy la autoridad. No hay más preguntas. Lanzan la parte más importante de la discusión, su fundamento, al abismo. Eso siembra mucha duda para el futuro.
La mistificación hace que la cosa parezca misteriosa para sacarla de la discusión. Por otro lado, existe un componente realmente místico en el pensamiento religioso. El misticismo auténtico es algo completamente diferente porque es real. Es la experiencia del Resucitado. Es sentirse movido por el Espíritu Santo. Ese es un dato que algunos no tienen, pero, por más Samaritano que sean, podrían tener. La experiencia mística desencadena un proceso de entendimiento que da sentido a todo, y termina dando frutos abundantes y observables.
La razón de nuestra esperanza no es estática, sino dinámica. Por eso, no es posible defenderla como fortaleza, sino constantemente examinarla y evaluarla, para no perder el camino. Los discípulos, fieles al Espíritu, no solamente afirman cosas correctas. Además, dan mucho fruto. Esa es la prueba empírica. La semilla del amor hecho obra tiene efectos evidentes en el mundo.
sábado, 23 de abril de 2011
Comiendo la tierra
Una visión desde América del Norte sobre la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros.
Gregorio Kennedy, S.J.
Estados Unidos / Ecología – “El que tiene un porqué para vivir”, decía Nietzsche, “puede soportar casi cualquier cómo”. El psiquiatra Viktor Frankl tuvo una fuerte experiencia de esta proposición. Frankl, seguidor de Freud, sostenía que la mayor urgencia de los humanos no es de carácter sexual, sino más bien existencial. En nuestro nivel más básico, lo que nos impulsa es nuestra necesidad de sentido.
El reto más formidable para la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros, es apreciar la potencia del aforismo de Nietzsche en la “logoterapia” de Frankl. Una razón fundamental que nosotros, en abierto desafío a todas las pruebas en contrario, alegremente defendemos igual que pensar que el mundo se pierde en el cielo como si fuese un balón de aire caliente y que eso es una dificultad de sentido. Estamos semánticamente desnutridos. Y, como a veces ocurre en casos de hambruna, desesperados, hemos salido a comernos la Tierra.
Frankl tuvo la dura oportunidad de probar empíricamente su teoría psicológica en el laboratorio infernal del Holocausto. Como prisionero de Auschwitz, descubrió el denominador común entre los supervivientes de aquella brutalidad incesante. Cualquier vida que conserva algún propósito y significado, sin importar el estado de salud física en que se encuentre, tiende a continuar. Los esposos vivieron para sus esposas, las madres por los hijos, los creyentes por la esperanza en Dios. Si el creyente maltratado perdiese su fe, el marido a su esposa o la madre a su última hija, sus propias vidas pronto desaparecerían también.
El hecho de que los norteamericanos no sólo sobreviven, sino orgullosamente rechazan la crisis ecológica actual sugiere que poseen un muy sólido “por qué vivir”. El cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos, la erosión del suelo, la contaminación universal, la crisis del petróleo, las extinciones masivas, la escasez inducida por los conflictos, nada, al parecer, puede derrotarnos. Seguimos comprando y vendiendo como si no hubiera mañana. Ante esta inquietante conexión entre un futuro truncado y nuestros hábitos de consumo, ¿cómo es que nuestro “cómo” de la vida no haya tocado a nuestro “por qué”? O a la inversa, ¿por qué nuestros “porqués vivir” ha creado un “cómo” tan nocivo?
Estas preguntas nos sumergen en los valores contemporáneos. Hablamos como jesuitas de opciones preferenciales, de relaciones justas, de justicia social y ecológica como elementos constitutivos de nuestra fe, pero la mayoría de nuestros valores funcionales, los valores que guían nuestras decisiones y acciones cotidianas, siguen siendo profundamente consumistas. Así lo más conveniente, la velocidad, evitar el esfuerzo físico, o la fidelidad tácita a una noción materialista del progreso son esos clandestinos, incuestionables, “porqués” que nos revisten con el extraordinario (en todos los sentidos de la palabra) poder de soportar las dificultades emocionales, espirituales, sociales y morales de una cultura literalmente anti-biótica, es decir, contra la vida. Sin duda, que nuestras almas y conciencias sufren mucho, tal vez inconscientemente, por las desigualdades, las opresiones, y la destrucción que nuestros estilos de vida perpetúan pero nos las arreglamos para sobrevivir a este trauma aferrándonos, cada vez más celosamente, a nuestros cuestionables sistemas de valores.
En consecuencia, nos enfrentamos a un “desafío de consumismo” de inmensa magnitud. Se requiere mucho más que el cambio de diesel a bio-combustible. Tenemos que desmontar todo el motor para revisar y remplazar las juntas y los pistones desgastados que nos hacen quemar diesel, entre otros combustibles.
Hasta aquí, hemos considerado nuestro reto consumista desde el lado de los “cómos”. No nos hemos preocupado de que nuestras motivaciones y esperanzas de éxito se disipen como el humo. Nuestro inmenso sistema de la industria militar, más globalizado, más arraigado, se siente demasiado grande para caer. Y así lo es, dados nuestros actuales “porqués” para vivir. Porque si lo más cómodo, evitar cualquier esfuerzo físico o el individualismo son nuestros principios rectores, defenderemos, con cualquier medio, los medios que nos lleven hasta allí. Nosotros soportamos el fracaso del consumismo porque, como consumidores, hemos, a priori, perdido nuestra ruta.
Si quisiéramos cambiar nuestros “porqués”, los más profundos de nosotros, los “porqués de vivir” necesitaríamos toda la energía, fe e inteligencia para sobrellevar los “cómos” a los que no estamos acostumbrados. Según San Pablo: “Dios es fiel, y no te dejará ser probado más allá de tus fuerzas, pero con la prueba Él también te concederá el camino para salir de manera que puedas soportarlo” (1Cor 10,13) Si mitigar el cambio climático y reducir las emisiones de carbono, por ejemplo, se convirtiese en un valor operativo nosotros de manera espontánea, e inconscientemente, haríamos de todo para evitar los viajes en avión o usar el automóvil. Esto hoy nos parece algo impracticable, o imposible y lo más probable hasta in-apostólico. Lo cierto es que nuestros “porqués” actuales nos impiden pensar en algo así. Nuestras conciencias tienen hombros atléticos para cargar con el fardo global de la acidificación de los océanos, la muerte de millones por el hambre, la desertificación, la extinción de las especies o de las poblaciones costeras, además de todos los otros males del cambio climático; por eso la idea de ir caminando al trabajo, o no ir a un congreso al extranjero o quedarse en casa en vacaciones, nos parece sencillamente demasiado.
Los miembros de la familia ignaciana, según lo que hemos comentado más arriba, pueden sentirse atrapados en una difícil posición cognitiva. Después de todo, según nuestro Principio y Fundamento, todo nos está permitido siempre que nos sirva para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.
Tenemos el magis para conducirnos, y por ello nada es demasiado bueno para el apostolado. Aquí tenemos que actuar con cautela, porque a menudo podemos crecer como jesuitas en la justificación de nuestras acciones y acabamos sirviendo a ídolos en vez de a Dios. En el crepúsculo de la integridad ecológica, Dios viene a nosotros de forma inesperada. Nuestra manera de alabar, reverenciar y servir debidamente al Dios de la vida en un tiempo anti-biótico puede que no se parezca mucho a lo que estábamos acostumbrados. Del énfasis en la salvación individual pasamos al interés en la salvación de la creación, donde todo lo que existe, y no sólo lo humano contingente, está llamado a la salvación en Cristo. Nuestro magis, por lo tanto, puede significar viajar menos en avión, producir menos, menos consumo impulsivo de la vida sobre la tierra y su diversa belleza.
Mostrar creativamente que menos es más, podría ser nuestro magis hoy.
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Gregorio Kennedy, S.J. Versión completa en Promotio et Iustitiae nº 105, 2011/1. Este artículo fue publicado por “Ecología y Jesuitas en Comunicación”, http://ecojesuit.com/
Gregorio Kennedy, S.J.
Estados Unidos / Ecología – “El que tiene un porqué para vivir”, decía Nietzsche, “puede soportar casi cualquier cómo”. El psiquiatra Viktor Frankl tuvo una fuerte experiencia de esta proposición. Frankl, seguidor de Freud, sostenía que la mayor urgencia de los humanos no es de carácter sexual, sino más bien existencial. En nuestro nivel más básico, lo que nos impulsa es nuestra necesidad de sentido.
El reto más formidable para la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros, es apreciar la potencia del aforismo de Nietzsche en la “logoterapia” de Frankl. Una razón fundamental que nosotros, en abierto desafío a todas las pruebas en contrario, alegremente defendemos igual que pensar que el mundo se pierde en el cielo como si fuese un balón de aire caliente y que eso es una dificultad de sentido. Estamos semánticamente desnutridos. Y, como a veces ocurre en casos de hambruna, desesperados, hemos salido a comernos la Tierra.
Frankl tuvo la dura oportunidad de probar empíricamente su teoría psicológica en el laboratorio infernal del Holocausto. Como prisionero de Auschwitz, descubrió el denominador común entre los supervivientes de aquella brutalidad incesante. Cualquier vida que conserva algún propósito y significado, sin importar el estado de salud física en que se encuentre, tiende a continuar. Los esposos vivieron para sus esposas, las madres por los hijos, los creyentes por la esperanza en Dios. Si el creyente maltratado perdiese su fe, el marido a su esposa o la madre a su última hija, sus propias vidas pronto desaparecerían también.
El hecho de que los norteamericanos no sólo sobreviven, sino orgullosamente rechazan la crisis ecológica actual sugiere que poseen un muy sólido “por qué vivir”. El cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos, la erosión del suelo, la contaminación universal, la crisis del petróleo, las extinciones masivas, la escasez inducida por los conflictos, nada, al parecer, puede derrotarnos. Seguimos comprando y vendiendo como si no hubiera mañana. Ante esta inquietante conexión entre un futuro truncado y nuestros hábitos de consumo, ¿cómo es que nuestro “cómo” de la vida no haya tocado a nuestro “por qué”? O a la inversa, ¿por qué nuestros “porqués vivir” ha creado un “cómo” tan nocivo?
Estas preguntas nos sumergen en los valores contemporáneos. Hablamos como jesuitas de opciones preferenciales, de relaciones justas, de justicia social y ecológica como elementos constitutivos de nuestra fe, pero la mayoría de nuestros valores funcionales, los valores que guían nuestras decisiones y acciones cotidianas, siguen siendo profundamente consumistas. Así lo más conveniente, la velocidad, evitar el esfuerzo físico, o la fidelidad tácita a una noción materialista del progreso son esos clandestinos, incuestionables, “porqués” que nos revisten con el extraordinario (en todos los sentidos de la palabra) poder de soportar las dificultades emocionales, espirituales, sociales y morales de una cultura literalmente anti-biótica, es decir, contra la vida. Sin duda, que nuestras almas y conciencias sufren mucho, tal vez inconscientemente, por las desigualdades, las opresiones, y la destrucción que nuestros estilos de vida perpetúan pero nos las arreglamos para sobrevivir a este trauma aferrándonos, cada vez más celosamente, a nuestros cuestionables sistemas de valores.
En consecuencia, nos enfrentamos a un “desafío de consumismo” de inmensa magnitud. Se requiere mucho más que el cambio de diesel a bio-combustible. Tenemos que desmontar todo el motor para revisar y remplazar las juntas y los pistones desgastados que nos hacen quemar diesel, entre otros combustibles.
Hasta aquí, hemos considerado nuestro reto consumista desde el lado de los “cómos”. No nos hemos preocupado de que nuestras motivaciones y esperanzas de éxito se disipen como el humo. Nuestro inmenso sistema de la industria militar, más globalizado, más arraigado, se siente demasiado grande para caer. Y así lo es, dados nuestros actuales “porqués” para vivir. Porque si lo más cómodo, evitar cualquier esfuerzo físico o el individualismo son nuestros principios rectores, defenderemos, con cualquier medio, los medios que nos lleven hasta allí. Nosotros soportamos el fracaso del consumismo porque, como consumidores, hemos, a priori, perdido nuestra ruta.
Si quisiéramos cambiar nuestros “porqués”, los más profundos de nosotros, los “porqués de vivir” necesitaríamos toda la energía, fe e inteligencia para sobrellevar los “cómos” a los que no estamos acostumbrados. Según San Pablo: “Dios es fiel, y no te dejará ser probado más allá de tus fuerzas, pero con la prueba Él también te concederá el camino para salir de manera que puedas soportarlo” (1Cor 10,13) Si mitigar el cambio climático y reducir las emisiones de carbono, por ejemplo, se convirtiese en un valor operativo nosotros de manera espontánea, e inconscientemente, haríamos de todo para evitar los viajes en avión o usar el automóvil. Esto hoy nos parece algo impracticable, o imposible y lo más probable hasta in-apostólico. Lo cierto es que nuestros “porqués” actuales nos impiden pensar en algo así. Nuestras conciencias tienen hombros atléticos para cargar con el fardo global de la acidificación de los océanos, la muerte de millones por el hambre, la desertificación, la extinción de las especies o de las poblaciones costeras, además de todos los otros males del cambio climático; por eso la idea de ir caminando al trabajo, o no ir a un congreso al extranjero o quedarse en casa en vacaciones, nos parece sencillamente demasiado.
Los miembros de la familia ignaciana, según lo que hemos comentado más arriba, pueden sentirse atrapados en una difícil posición cognitiva. Después de todo, según nuestro Principio y Fundamento, todo nos está permitido siempre que nos sirva para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.
Tenemos el magis para conducirnos, y por ello nada es demasiado bueno para el apostolado. Aquí tenemos que actuar con cautela, porque a menudo podemos crecer como jesuitas en la justificación de nuestras acciones y acabamos sirviendo a ídolos en vez de a Dios. En el crepúsculo de la integridad ecológica, Dios viene a nosotros de forma inesperada. Nuestra manera de alabar, reverenciar y servir debidamente al Dios de la vida en un tiempo anti-biótico puede que no se parezca mucho a lo que estábamos acostumbrados. Del énfasis en la salvación individual pasamos al interés en la salvación de la creación, donde todo lo que existe, y no sólo lo humano contingente, está llamado a la salvación en Cristo. Nuestro magis, por lo tanto, puede significar viajar menos en avión, producir menos, menos consumo impulsivo de la vida sobre la tierra y su diversa belleza.
Mostrar creativamente que menos es más, podría ser nuestro magis hoy.
____________
Gregorio Kennedy, S.J. Versión completa en Promotio et Iustitiae nº 105, 2011/1. Este artículo fue publicado por “Ecología y Jesuitas en Comunicación”, http://ecojesuit.com/
Toda teología es política
Rafael Velasco, S.J.
Viernes, 15 de Abril de 2011 09:15
“Toda Teología es política”, dice Juan Bautista Metz. Esto significa que toda concepción acerca de cómo es Dios lleva aparejada una idea acerca de cómo este Dios interviene en el mundo y tiene que ver (o no) con los problemas, las acciones, las aspiraciones y los deseos de los seres humanos.
Toda reflexión acerca de Dios trae como consecuencia un modo de proceder respecto de lo humano. Una ética.
Algunos ejemplos
Aquellos que afirman que Dios sólo creó al mundo y luego deja hacer, en el fondo afirman que las acciones humanas (la ética, a la que según Aristóteles pertenece la política) dependen de sí mismos y sus propias reglas. Dios no se mete, por lo tanto el tema es sólo humano y allí hay que organizarse. Eso que ha dado lugar a éticas autónomas y seculares, también muchas veces deviene en la ética del más fuerte, del que logra imponerse. La canonización del mercado y sus reglas es un ejemplo.
Los que sostienen que todo tiene que ver con Dios y que por lo tanto la sociedad debe organizarse en base a criterios religiosos; muchas veces han terminado justificando y favoreciendo estructuras sacralizadas del poder secular: monarquías y dictaduras con todo lo que estas han traído de avasallamiento de derechos humanos y de daño para la humanidad.
Más allá de estos dos ejemplos, lo que no se puede negar es que las religiones tienen, por lo general, vocación política. Es decir que la persona religiosa, particularmente el cristiano, no puede ser una persona desinteresada de lo que le pasa a sus semejantes… y eso es política. El bien común se realiza en la acción política.
Cristianismo y política
Jesús comenzó su ministerio público anunciando que el reino de Dios estaba cerca. Este reinado de Dios, si bien Jesús nunca lo definió conceptualmente sino que lo explicó a través de parábolas, no era una cuestión etérea y meramente espiritual y de realización celeste, sino que implicaba un nuevo modo de relación ente los seres humanos, en el que los pobres fueran atendidos y puestos en el centro de las preocupaciones humanas, los apartados fueran incluidos y los últimos fueran los primeros. Un modo de vida humano regido por la justicia, la solidaridad y la paz. Su concepción religiosa de Dios –el Padre Bueno que ofrece su amistad a todos los hombres y mujeres- como se ve, traía aparejada una visión política. Incluso una concepción del poder: el poder es para servir, o mejor dicho el servicio es poder.
El cristianismo como intento de realización histórica de la misión de Jesús, ha tratado de hacer historia este Reino, con resultados diversos: a veces realizaciones grandes y otras errores inmensos, fundamentalmente cuando se confundió religión y política, es decir cuando el poder y el afán de dominio se impuso en la concepción religiosa. La historia está plagada de ejemplos. Que toda teología tenga implicancias políticas, porque el creyente, el que reflexiona acerca de Dios está planteándose un modo de involucrarse en lo humano, no significa que la teología debe regir sobre la política. Eso es confundir el orden de las cosas y superponer los planos.
La modernidad nos ha legado el concepto de secularidad es decir de la autonomía de las cosas humanas respecto de la autoridad religiosa. Lo cual es muy positivo, porque significa romper al menos en occidente, con la pretensión autoritativa de la religión por sobre las actividades humanas, por que el hecho de que toda teología sea política, no significa una suerte de teocracia (o de “partido de dios”) en la que la institución religiosa tenga el monopolio de la política, ni del discurso político. Significa, en todo caso, que así como a nuestro Dios –según la tradición cristiana- le interesa el bienestar de todos los seres humanos, de la misma manera, el creyente en ese Dios no puede desentenderse, es más debe comprometerse decididamente con el bienestar de sus semejantes.
A la Iglesia Católica en particular, en occidente, le ha costado mucho comprender –a lo largo de su bimilenaria historia- que no está llamada a ser una suerte de “partido de Dios”, ni una agencia de moralidad internacional, sino que debe ser signo de lo que los seres humanos estamos llamados a ser: una comunidad de hermanos, que luchan por un mundo más justo para todos, porque su Dios –que es Padre de todos sin excepción- quiere un mundo más justo, solidario y humano.
La Iglesia tiene como misión anunciar un Acontecimiento de salvación realizado en Cristo. De esa manera es sacramento en la historia, cumpliendo su papel de comunidad-signo de la convocación de todos los hombres y mujeres por Dios. Al anunciar la llegada del Reino de Dios hace ver, sin evasiones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda otra alienación.
“De este modo –dice Gustavo Gutiérrez- el anuncio de la Buena noticia de Dios es un poderoso factor de personalización; gracias a ella –a la Buena noticia- los hombres y mujeres toman conciencia del sentido profundo de su existencia histórica, y viven una esperanza activa y creadora en el cumplimiento pleno de la fraternidad que buscan con todas sus fuerzas.”[1]
El reino de la tierra
Para un cristiano, desertar de lo político es desertar de lo humano. Porque para los Cristianos el reino de Dios no es algo ultramundano, sino es algo que Dios ha comenzado aquí en este mundo con la vida de Jesús, y que los seguidores suyos debemos edificar, con su fuerza y su inspiración, trabajando con hombres y mujeres de diversas tradiciones religiosas, (o no religiosos) y que –creemos- sí tiene una realización última más allá de este mundo. Porque creemos en la resurrección y en la vida eterna después de la muerte.
Pero no debemos engañarnos, ya lo dijimos antes, con la idea del “reino de los cielos”, porque este concepto –que se usa en el evangelio de Mateo- es sinónimo de reino de Dios. Y a Dios se lo encuentra y se lo sirve en este mundo.
La coartada usada por algunos sectores para el descompromiso es la frase de Jesús “mi reino no es de este mundo”. Muchas veces quienes la usan, para negar las consecuencias políticas del mensaje cristiano, lo que pretenden es recluir lo religioso al plano del buen corazón, del culto intimista, de la bondad personal y se lo saca del terreno de la justicia social, de la liberación de los oprimidos, de la ética global y de la política. Por eso, todo pretendido “apoliticismo” –caballo de batalla de los sectores conservadores- no es sino un subterfugio para dejar las cosas como están; para evitar cualquier compromiso con el cambio y la transformación social desde sus causas.
Porque lo que Jesús quiere decir es que ese Reino no se rige con los criterios de este mundo en el que la autoridad se impone por la fuerza, los débiles son aplastados y los más fuertes se alzan con el botín; sino que este reino se hace con la fuerza silenciosa del amor, con el esfuerzo del trabajo cotidiano, con la honestidad oculta de muchos, con el compromiso por que los pobres sean tenidos como el centro de las preocupaciones políticas y sociales. Esos criterios -se aprecia con claridad- no son de este mundo que impone el egoísmo y el consumo como sus marcas distintivas.
“Toda Teología es política”. Es decir que toda reflexión acerca del acto de fe, tiene consecuencias prácticas, públicas y comunitarias, es decir políticas.
* Este artículo es parte del libro "En el nombre del padre y del rabino".
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[1] GUTIERREZ, Gustavo; “Teología de la Liberación. Perspectivas”; Ed. Sígueme – Salamanca 1999; 16ª edición; p. 308
Viernes, 15 de Abril de 2011 09:15
“Toda Teología es política”, dice Juan Bautista Metz. Esto significa que toda concepción acerca de cómo es Dios lleva aparejada una idea acerca de cómo este Dios interviene en el mundo y tiene que ver (o no) con los problemas, las acciones, las aspiraciones y los deseos de los seres humanos.
Toda reflexión acerca de Dios trae como consecuencia un modo de proceder respecto de lo humano. Una ética.
Algunos ejemplos
Aquellos que afirman que Dios sólo creó al mundo y luego deja hacer, en el fondo afirman que las acciones humanas (la ética, a la que según Aristóteles pertenece la política) dependen de sí mismos y sus propias reglas. Dios no se mete, por lo tanto el tema es sólo humano y allí hay que organizarse. Eso que ha dado lugar a éticas autónomas y seculares, también muchas veces deviene en la ética del más fuerte, del que logra imponerse. La canonización del mercado y sus reglas es un ejemplo.
Los que sostienen que todo tiene que ver con Dios y que por lo tanto la sociedad debe organizarse en base a criterios religiosos; muchas veces han terminado justificando y favoreciendo estructuras sacralizadas del poder secular: monarquías y dictaduras con todo lo que estas han traído de avasallamiento de derechos humanos y de daño para la humanidad.
Más allá de estos dos ejemplos, lo que no se puede negar es que las religiones tienen, por lo general, vocación política. Es decir que la persona religiosa, particularmente el cristiano, no puede ser una persona desinteresada de lo que le pasa a sus semejantes… y eso es política. El bien común se realiza en la acción política.
Cristianismo y política
Jesús comenzó su ministerio público anunciando que el reino de Dios estaba cerca. Este reinado de Dios, si bien Jesús nunca lo definió conceptualmente sino que lo explicó a través de parábolas, no era una cuestión etérea y meramente espiritual y de realización celeste, sino que implicaba un nuevo modo de relación ente los seres humanos, en el que los pobres fueran atendidos y puestos en el centro de las preocupaciones humanas, los apartados fueran incluidos y los últimos fueran los primeros. Un modo de vida humano regido por la justicia, la solidaridad y la paz. Su concepción religiosa de Dios –el Padre Bueno que ofrece su amistad a todos los hombres y mujeres- como se ve, traía aparejada una visión política. Incluso una concepción del poder: el poder es para servir, o mejor dicho el servicio es poder.
El cristianismo como intento de realización histórica de la misión de Jesús, ha tratado de hacer historia este Reino, con resultados diversos: a veces realizaciones grandes y otras errores inmensos, fundamentalmente cuando se confundió religión y política, es decir cuando el poder y el afán de dominio se impuso en la concepción religiosa. La historia está plagada de ejemplos. Que toda teología tenga implicancias políticas, porque el creyente, el que reflexiona acerca de Dios está planteándose un modo de involucrarse en lo humano, no significa que la teología debe regir sobre la política. Eso es confundir el orden de las cosas y superponer los planos.
La modernidad nos ha legado el concepto de secularidad es decir de la autonomía de las cosas humanas respecto de la autoridad religiosa. Lo cual es muy positivo, porque significa romper al menos en occidente, con la pretensión autoritativa de la religión por sobre las actividades humanas, por que el hecho de que toda teología sea política, no significa una suerte de teocracia (o de “partido de dios”) en la que la institución religiosa tenga el monopolio de la política, ni del discurso político. Significa, en todo caso, que así como a nuestro Dios –según la tradición cristiana- le interesa el bienestar de todos los seres humanos, de la misma manera, el creyente en ese Dios no puede desentenderse, es más debe comprometerse decididamente con el bienestar de sus semejantes.
A la Iglesia Católica en particular, en occidente, le ha costado mucho comprender –a lo largo de su bimilenaria historia- que no está llamada a ser una suerte de “partido de Dios”, ni una agencia de moralidad internacional, sino que debe ser signo de lo que los seres humanos estamos llamados a ser: una comunidad de hermanos, que luchan por un mundo más justo para todos, porque su Dios –que es Padre de todos sin excepción- quiere un mundo más justo, solidario y humano.
La Iglesia tiene como misión anunciar un Acontecimiento de salvación realizado en Cristo. De esa manera es sacramento en la historia, cumpliendo su papel de comunidad-signo de la convocación de todos los hombres y mujeres por Dios. Al anunciar la llegada del Reino de Dios hace ver, sin evasiones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda otra alienación.
“De este modo –dice Gustavo Gutiérrez- el anuncio de la Buena noticia de Dios es un poderoso factor de personalización; gracias a ella –a la Buena noticia- los hombres y mujeres toman conciencia del sentido profundo de su existencia histórica, y viven una esperanza activa y creadora en el cumplimiento pleno de la fraternidad que buscan con todas sus fuerzas.”[1]
El reino de la tierra
Para un cristiano, desertar de lo político es desertar de lo humano. Porque para los Cristianos el reino de Dios no es algo ultramundano, sino es algo que Dios ha comenzado aquí en este mundo con la vida de Jesús, y que los seguidores suyos debemos edificar, con su fuerza y su inspiración, trabajando con hombres y mujeres de diversas tradiciones religiosas, (o no religiosos) y que –creemos- sí tiene una realización última más allá de este mundo. Porque creemos en la resurrección y en la vida eterna después de la muerte.
Pero no debemos engañarnos, ya lo dijimos antes, con la idea del “reino de los cielos”, porque este concepto –que se usa en el evangelio de Mateo- es sinónimo de reino de Dios. Y a Dios se lo encuentra y se lo sirve en este mundo.
La coartada usada por algunos sectores para el descompromiso es la frase de Jesús “mi reino no es de este mundo”. Muchas veces quienes la usan, para negar las consecuencias políticas del mensaje cristiano, lo que pretenden es recluir lo religioso al plano del buen corazón, del culto intimista, de la bondad personal y se lo saca del terreno de la justicia social, de la liberación de los oprimidos, de la ética global y de la política. Por eso, todo pretendido “apoliticismo” –caballo de batalla de los sectores conservadores- no es sino un subterfugio para dejar las cosas como están; para evitar cualquier compromiso con el cambio y la transformación social desde sus causas.
Porque lo que Jesús quiere decir es que ese Reino no se rige con los criterios de este mundo en el que la autoridad se impone por la fuerza, los débiles son aplastados y los más fuertes se alzan con el botín; sino que este reino se hace con la fuerza silenciosa del amor, con el esfuerzo del trabajo cotidiano, con la honestidad oculta de muchos, con el compromiso por que los pobres sean tenidos como el centro de las preocupaciones políticas y sociales. Esos criterios -se aprecia con claridad- no son de este mundo que impone el egoísmo y el consumo como sus marcas distintivas.
“Toda Teología es política”. Es decir que toda reflexión acerca del acto de fe, tiene consecuencias prácticas, públicas y comunitarias, es decir políticas.
* Este artículo es parte del libro "En el nombre del padre y del rabino".
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[1] GUTIERREZ, Gustavo; “Teología de la Liberación. Perspectivas”; Ed. Sígueme – Salamanca 1999; 16ª edición; p. 308
jueves, 2 de diciembre de 2010
Por qué no se suicidan los pobres I

Víctor Codina, S.J.
Jueves, 02 de Diciembre de 2010 07:39
Gustavo Gutiérrez se pregunta “¿Dónde dormirán esta noche los pobres?”. Es una pregunta interpelante que expresa la preocupación angustiosa por tanta gente que vive a la intemperie, sin hogar ni trabajo.
Pero yo quisiera completar esta pregunta con otra, que quizás nos puede extrañar: ¿Por qué no se suicidan colectivamente los pobres?
No pretendo aquí hacer un estudio sociológico del fenómeno del suicidio en el mundo, ni presentar estadísticas sobre el número de suicidios individuales en los países ricos del Norte frente a los países pobres del Sur, aunque seguramente constataríamos que su número es mayor en el Norte que en el Sur, donde también hay suicidios individuales por motivos sentimentales, familiares y a veces económicos.
Mi pregunta tiene otra intención: ¿cómo es que en los países pobres del Sur, en América Latina muy concretamente, no se dan esos suicidios colectivos que a veces en algunas “sectas” fundamentalistas y apocalípticas se han producido, bajo las órdenes de un líder fanático? ¿Por qué los grupos indígenas no deciden extinguirse y desaparecer?
En América Latina los pobres, los grupos marginados, los campesinos, los indígenas y afrodescendientes, padecen muchas veces hambre, desnutrición, muchos de ellos no tienen agua ni electricidad, no gozan de un empleo estable, no poseen una vivienda digna, sufren por falta de escuelas y de hospitales, se sienten excluidos, muchos emigran al exterior en busca de mejores condiciones de vida…Y sin embargo siguen adelante y luchan por la vida, se enamoran y se casan, tienen hijos, los niños juegan y ríen, las mujeres compran flores y celebran fiestas, se levantan cada día con la esperanza de mejorar su vida, con la ilusión de construir un mundo mejor, de luchar para que sus hijos vivan una vida más digna y no padezcan la estrechez económica que ellos han sufrido.
Cuando en el Primer mundo las Utopías han muerto y los Grandes relatos han desaparecido, cuando los ideales del Mayo del 68 son objeto de crítica y de ironía, y cada uno busca vivir lo mejor posible prescindiendo de los demás…en América Latina todavía la gente sueña con un mañana mejor, con un mundo donde haya justicia, solidaridad, respeto a las diferencias étnicas y sexuales, libertad, inclusión, armonía con la naturaleza, donde, como el profeta anunciaba, el lobo y el cordero puedan pacer juntos y el niño pueda jugar con la serpiente (Is 11, 6-8).
¿De dónde nace esta esperanza de que otro mundo es posible y necesario? Esta esperanza no es fruto de sus estudios sobre economía política, ni de una reflexión sobre la historia de las civilizaciones, sino de algo más sencillo y profundo.
Frente a todos los agoreros de la sociología que anunciaban que en América Latina la secularización rabiosa y lineal del occidente ilustrado iba a barrer con la religión y producir una sociedad agnóstica y atea como la europea, la religión pervive con fuerza en América Latina, dentro de un gran pluralismo religioso. Esta religiosidad pluriforme es sin duda la fuente última de su esperanza existencial en la vida.
Sin querer hacer un estudio pormenorizado del pluralismo religioso en América Latina podemos afirmar que junto a las viejas raíces culturales y religiosas de las cosmovisiones ancestrales anteriores al cristianismo, pervive una fuerte religiosidad popular que es la forma más inculturada de vivir la fe desde sus raíces culturales y que es la más extendida en los sectores pobres. Junto a esta forma de religiosidad popular están los practicantes dominicales y un grupo minoritario de cristianos que podemos llamar comprometidos, militantes, discípulos y misioneros. Indudablemente forman parte de este pluralismo religioso los que pertenecen a comunidades evangélicas y también los que integran grupos para-cristianos o no cristianos.
Continuará...
domingo, 17 de octubre de 2010
Piñera y los mineros
Carlos Peña
Domingo 17 de Octubre de 2010La política —sugirió alguna vez Ronald Barthes— es como el espectáculo de lucha libre o como las teleseries.
Así como en el catch nada es lo que parece (en Titanes del Ring las patadas no eran patadas, el vuelo no era vuelo y el ganador no era genuino ganador), lo mismo ocurre en la política.
Lo mostró esta semana el manejo que hizo el Gobierno del drama de los mineros.
Las víctimas (¿cómo llamar a quien padece una desgracia que es fruto de la negligencia y la lenidad de un tercero?) pasaron a ser héroes; el Estado (por cuya dejación las empresas cierran los ojos frente al riesgo) se convirtió en ejemplo de seguridad; el ministro de Salud (en su momento cúlmine se cubrió la casaca roja con el delantal y dejó ver el estetoscopio), en médico de cabecera; el ministro de Minería (que hasta ayer discutía el royalty en medio de risotadas), en asistente social; y el Presidente de la República (un hombre apenas ayer carente de toda épica), en un salvador providencial.
Puros desplazamientos de significado construidos a punta de exageraciones.
Fue lo que persiguió el Gobierno al poner tanto cuidado en el salvataje de los mineros (algo por lo cual hay que aplaudirlo) como en su escenificación a ritmo cinematográfico (algo por lo cual no hay que aplaudirlo, salvo que a usted le guste el catch).
El Presidente —a punta de sincronizar horarios de manera que los momentos estelares coincidieran con su presencia allí— logró hacerse de una épica y de un amuleto de los que hasta ayer carecía: el rescate de los mineros como la prueba definitiva de su eficiencia, la operación en su conjunto como una muestra de modernidad.
Sin embargo ¿habrá alguien que —una vez pasada la resaca emocional— piense de veras todo eso? ¿Alguien que —recuperada la compostura— siga creyendo que todo fue una epifanía?
Es cierto que las comunicaciones a veces son capaces de crear realidades y de transformar gatos en liebres. Pero para que eso ocurra se requiere más que una simple escena. Si no, una vez pasada la emoción todo se extingue. Como en el catch.
Ronald Barthes analizó alguna vez el catch y dijo que el público se dejaba engañar porque veía en esas representaciones la escenificación de sus propios deseos. El catch, sugirió Barthes, ponía en escena los anhelos ocultos del público, esos que, de otra forma, no podrían realizarse nunca: la lucha sencilla entre el bueno y el malo, la alegría desbordante cuando se hace triunfar al primero, el final feliz. El buen director del catch era capaz de sentir esos deseos del público y adaptar el espectáculo a ellos.
Todos los políticos intentan algo así.
Con distintos estilos buscan el poder de transmutación, propio del espectáculo y del culto.
Aylwin prefirió hacer de padre que se dolía por todos sus hijos ¿De qué otra manera interpretar el llanto que vertió al lanzar el informe Rettig? Lagos prefería la escenificación republicana, esa que intenta atrapar el aura de las instituciones y hacer suya la memoria olvidada ¿De qué otra forma puede interpretarse la reapertura que alguna vez hizo, a paso cansino, de Morandé 80? Bachelet prefirió, por su parte, crear las condiciones para la intimidad a distancia y así cada telespectador pudo, por unos momentos, sentirse reconocido en ella ¿De qué modo, si no de este, puede interpretarse la risa fácil y el abrazo espontáneo que ella cultivaba?
Sólo restaba por saber cuál sería el estilo de Piñera. Lo buscó afanosamente todo este tiempo.
Y no lo encontraba; pero la búsqueda acabó.
Después de ver el rescate de los mineros —el Presidente como personaje central, persignándose y tocando madera cada cierto tiempo, haciendo alardes de preocupación, siguiendo el libreto con esmero— no hay duda: lo suyo es el estilo del catch clásico, el espectáculo a gran escala que, preocupado de realizar los anhelos del público, y en medio de la exageración, no se detiene siquiera a disimular los detalles.
domingo, 3 de octubre de 2010
Pérez versus Schmidt-Hebbel
Carlos Peña
Domingo 03 de Octubre de 2010
En el juicio oral que se sigue por el asesinato de Diego Schmidt-Hebbel -la prensa lo cubrió con profusión esta semana- el tribunal decidió oír a los padres.
La opinión pública pudo ver entonces en qué consiste un dolor sin límites.
¿Fue necesario hacer eso? ¿era justo?
Esos testimonios acreditan la rabia y la pena inconmensurables de las víctimas; pero no se refieren, en modo alguno, a los hechos que, en medio del procedimiento penal, se trata de establecer. Cuán significativa era la víctima directa para sus padres, cuán desoladora fue la noticia de su muerte, cuán absurdo es que su vida se haya acabado, no es relevante a la hora de establecer quién mató a Diego Schmidt-Hebbel y qué pena merece.
Es decir, no es relevante para el deber que los jueces tienen ante sí.
En cambio, la consideración de los rasgos particulares de la víctima -la relación con sus padres, el amor que le tenían, el mar sin límites del futuro al que el crimen puso término- podría tener consecuencias perjudiciales para la igualdad ante la ley.
La literatura legal las ha analizado.
La primera es que al considerar relevante para el castigo las circunstancias particulares de las víctimas -la vida que llevaban, el tipo de vínculos afectivos que tenían, cuán bien o mal formada estaba la familia que lo pierde- podrían conducir a la conclusión que hay vidas más valiosas que otras. Si no es así ¿por qué entonces podría ser relevante que los jueces llamados a decidir conozcan las circunstancias particulares de aquel cuya vida fue injustamente segada? ¿acaso la decisión de los jueces debería ser distinta si la víctima fuera miembro de una familia disfuncional y el futuro que tenía delante suyo gris?
Evidentemente no.
Pero entonces ¿por qué los jueces deberían conocer esas circunstancias en medio del juicio penal?
Si, como ocurre, el sistema legal debe brindar el mismo respeto y consideración a todas las personas -si, en consecuencia, el dolor de cada uno, fueren cuales fueren las circunstancias personales, es igual que el dolor de cualesquier otro- entonces ¿por qué sería relevante que las víctimas debieran vencer su pudor y exponerlo y los jueces asistir a su presentación?
Esa es una primera dificultad que presenta oír a las víctimas en el proceso y, como ocurrió en este caso, pedirles que exhiban fotos y escenas de la vida que llevaban, mostrar las huellas de la felicidad que les fue arrebatada.
Como la decisión penal debe atender nada más que a las circunstancias que configuran la responsabilidad penal -quién hizo qué y de qué forma ello condujo al resultado- todas las demás circunstancias deberían ser omitidas. Esa es la única forma de no inflamar la emotividad de los jueces a favor o en contra de las víctimas.
La otra dificultad es igualmente obvia.
Si bien el asunto se ha discutido profusamente en la jurisprudencia de la Corte Suprema Americana (así en los casos Booth v. Maryland y Payne v. Tennessee) no parece razonable castigar a alguien considerando circunstancias de las que el delincuente era inconsciente ¿Por qué agravar o aminorar la pena en atención a circunstancias que el delincuente no pudo conocer?
Todas esas consideraciones llevan a la conclusión que oír a las víctimas en el proceso penal -pedirles que exhiban esas heridas que no se curan- puede ser inconveniente para los principios que la ley debe cultivar. Esa práctica puede lesionar la igualdad y la proporcionalidad que la ley debe homenajear. Si la vida de cada uno vale lo mismo que la de cualquier otro y si a nadie puede serle reprochado no atender a circunstancias que no pudo conocer, entonces mostrar las características que tenía la vida que fue segada es innecesario y puede ser inconveniente.
No se trata ni de ignorar el dolor de las víctimas, ni de tomarse a la ligera el drama inimaginable que padecen.
Es sólo que la labor de los jueces debe ser ejercida -como aconsejaba Tácito a la historia- sine ira et studio.
Con reflexión y sin ira.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Una extrana belleza
¿Es posible encontrar hermosa una ecuación matemática o una teoría física?
Gabriel Ferrero
Buenos Aires / Cultura – Se dice que en cierta oportunidad alguien le preguntó a Einstein qué pensaría si se descubriera que la teoría general de la relatividad —una de sus grandes contribuciones a la ciencia— no era correcta. Parece que el gran físico respondió que en ese caso “Dios se perdió la ocasión de hacer algo muy hermoso”. Evidentemente no tenía problemas de autoestima. Pero aún más llamativo puede resultar ese adjetivo, “hermoso”.
Muchas personas, entre ellas legiones de estudiantes de secundaria, suelen preguntarse cómo a alguien le pueden gustar y aún considerar hermosas las ecuaciones matemáticas o las teorías de la física. Sin embargo, curiosamente, es bastante común escuchar a un matemático decir que un teorema tiene una demostración “muy elegante”, o a un físico elogiar la “belleza” de una teoría. Yo mismo en varias ocasiones he desechado la solución que había encontrado para un problema físico-matemático porque me parecía “fea”.
¿Qué es lo que se esconde detrás de semejantes afirmaciones? Tal vez para comprendernos sea útil un ejemplo. A continuación reproduzco las ecuaciones de Maxwell (1) para el campo electromagnético (2). Sé que probablemente muchos lectores habrán saltado esta página ante la sola vista de semejantes fórmulas, pero si llegó hasta aquí y no estudió física, le diré un secreto que aprendí leyendo a Penrose (3): no se preocupe por entenderlas. Ni siquiera los físicos estamos muy seguros de qué es lo que realmente representan.
Notemos algo que tal vez no es evidente a primera vista: su simplicidad. Son solamente cuatro ecuaciones y contienen únicamente doce símbolos, de los cuales ocho representan operaciones matemáticas y cuatro, magnitudes físicas. Por ejemplo, “t” representa el tiempo.
Lo impresionante es que estas ecuaciones son suficientes para describir, explicar y predecir una enorme cantidad de fenómenos, entre otros, la luz, la radiación ultravioleta, la infrarroja, los rayos X, las ondas de radio, y la forma en que cada una de estas se propaga por el espacio, a través del tiempo, por todo el universo. Con algún término adicional, estas ecuaciones también permiten inventar, diseñar y construir muchas cosas muy útiles: motores eléctricos, antenas, parlantes, micrófonos, emisores y receptores de radio, vidrios polarizados, hornos de microondas, películas 3D, etcétera. La lista es probablemente interminable.
Usando sólo doce símbolos, ordenados en cuatro ecuaciones, comprendemos innumerables fenómenos... ¿No es algo maravilloso? ¡Se trata de una síntesis magnífica! Y si pensamos en la variedad, la complejidad y la extensión de lo que representan podemos entender, en parte, por qué decimos que las ecuaciones son muy simples.
Ciertamente es necesario estudiar un poco, tal vez bastante, para entenderlas, pero todos podemos ver que son muy breves, concisas y contienen un número limitado y realmente pequeño de operaciones. También en eso está su simplicidad.
Por otra parte, observemos la primera y la tercera ecuación. Podemos ver que si intercambiamos el símbolo E, que representa al campo eléctrico, con B, que representa al campo magnético, las ecuaciones son iguales. De la misma manera, la segunda y la cuarta son muy parecidas. Por eso decimos que hay una cierta simetría en las ecuaciones. Al intercambiar algunos símbolos, las ecuaciones se transforman unas en otras, total o parcialmente, pero siempre tenemos, casi, el mismo conjunto de ecuaciones.
Esa simetría de las ecuaciones expresa algo muy profundo acerca de la naturaleza de la electricidad y el magnetismo. En cierto sentido, cada uno de estos fenómenos es una consecuencia del otro. Se puede decir que expresan algo, una propiedad fundamental de la materia, que se manifiesta con formas muy distintas pero simétricas. También por eso decimos que son ecuaciones hermosas. Simplicidad y simetría: dos atributos que hacen a lo que llamamos belleza.
Hace algunos meses un colega me mostró un artículo científico que acababa de escribir. En él describía con un altísimo nivel de detalle y precisión el comportamiento de un electrón dentro de cierta molécula bajo ciertas condiciones (4). Las ecuaciones correspondientes ocupaban varias páginas pobladas de símbolos bastante difíciles de entender. Confieso que no pude evitar decirle: ¡qué hermoso!
Existe también una belleza en la complejidad, cuando no hay simplicidad ni simetrías tan evidentes. Para escribir esa ecuación mi amigo tuvo que encontrar la manera de expresar matemáticamente, clara y de manera explícita, las relaciones de cada electrón con varios núcleos atómicos, con otros electrones, con otras moléculas, con los campos eléctricos y magnéticos presentes en la materia... en fin, un gran número de relaciones. Creo que la belleza que percibimos en los fenómenos complejos tiene que ver con la belleza de la relacionalidad, con algo profundamente constitutivo de lo real, de aquello que existe.
Todo, desde los niveles más básicos y elementales de la materia, existe en relación, está en relación; más aún, cada cosa llega a ser sí misma sólo en relación con otras. Tal vez sea ésta la belleza más típica de nuestro tiempo
(1) James C. Maxwell, físico escocés (1831-1879).
(2) En realidad, esta es su formulación en el espacio vacío, esto es, en una región del espacio en la cual no hay cargas ni corrientes eléctricas. Se trata de un caso especial, pero resulta válido en muchas circunstancias.
(3) Sir Roger Penrose, matemático y físico inglés contemporáneo, nacido en 1931.
(4) cf. AUCAR, G. ET AL. (2010), “Polarization propagators…”, IRPC, 29: 1, 1 – 64.
___________
Gabriel Ferrero. Artículo publicado en revista Ciudad Nueva, http://www.ciudadnueva.org.ar/
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Dios y el dinero
Nathan Stone, S.J.
Martes, 21 de Septiembre de 2010 17:17
Ningún servidor puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y al Dinero. Lucas 16:13
El dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores, de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia. Así nos dijo Alberto Hurtado, hace más de cincuenta años. Su reflexión sigue vigente hoy.
Entendemos la economía como si fuera el orden natural de las cosas, parte del sagrado círculo de la vida, creado por Dios en el octavo día, y por eso, intocable. Eso es falso. El dinero, con todas sus artimañas, es hechura de manos humanas. La creciente brecha entre ricos y pobres es nuestra responsabilidad.
En este mundo, lo que sucede en la vida de los ricos es noticia. Si eres pobre, no existes. La ley es flexible con el poderoso, y se despliega con todo su rigor ejemplar contra el pobre. Se compra al indigente por el sueldo mínimo, pero al acomodado, no se le puede causar la más mínima incomodidad. Se disminuyen los impuestos para los ricos, y se suspenden los programas sociales para los pobres. Se inventan motivos éticos para hacer la guerra, pero la razón de fondo es el dinero. Si el mundo es así, es porque lo hemos hecho así.
El sucio dinero como tal no tiene la culpa. No es más que un concepto abstracto de valor que facilita el intercambio de bienes y servicios. La idea es poder compartir la prosperidad material que esta tierra promete. El dinero no pretende desplazar el amor, ni la justicia, ni la compasión.
Sin embargo, se ha enraizado en la conciencia del hombre como un fin en sí, un valor concreto, prioritario y absoluto. Trae poder, ambición, sexo, prestigio, honores y aplausos. El deseo del dinero es un demonio que esclaviza y somete. La codicia conduce a la soberbia, y de ahí, comienzan los abusos más extravagantes.
No podemos servir a Dios en lo privado, y al dinero en lo público. Te liberas del dominio del dinero cuando lo usas para hacer lo que Cristo haría, para levantar del polvo al desvalido, y alzar al pobre de su miseria, como el administrador prudente de la parábola. De explotador, es transformado en providente, porque así es el corazón del Padre de Jesús.
Así es la justicia divina, también. Tenemos la obligación, ante Dios, de hacernos cargo del funcionamiento despiadado y aparentemente autónomo de la maquinaria del mercado. ¿Cómo suavizar sus asperezas? ¿Cómo entibiar sus frialdades? Es nuestro desafío personal. ¿Cómo participar en la superación de la pobreza hoy? ¿Qué puedes hacer para ayudar a crear una nueva economía operante y solidaria?
MIRADA GLOBAL
Martes, 21 de Septiembre de 2010 17:17
Ningún servidor puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y al Dinero. Lucas 16:13
El dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores, de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia. Así nos dijo Alberto Hurtado, hace más de cincuenta años. Su reflexión sigue vigente hoy.
Entendemos la economía como si fuera el orden natural de las cosas, parte del sagrado círculo de la vida, creado por Dios en el octavo día, y por eso, intocable. Eso es falso. El dinero, con todas sus artimañas, es hechura de manos humanas. La creciente brecha entre ricos y pobres es nuestra responsabilidad.
En este mundo, lo que sucede en la vida de los ricos es noticia. Si eres pobre, no existes. La ley es flexible con el poderoso, y se despliega con todo su rigor ejemplar contra el pobre. Se compra al indigente por el sueldo mínimo, pero al acomodado, no se le puede causar la más mínima incomodidad. Se disminuyen los impuestos para los ricos, y se suspenden los programas sociales para los pobres. Se inventan motivos éticos para hacer la guerra, pero la razón de fondo es el dinero. Si el mundo es así, es porque lo hemos hecho así.
El sucio dinero como tal no tiene la culpa. No es más que un concepto abstracto de valor que facilita el intercambio de bienes y servicios. La idea es poder compartir la prosperidad material que esta tierra promete. El dinero no pretende desplazar el amor, ni la justicia, ni la compasión.
Sin embargo, se ha enraizado en la conciencia del hombre como un fin en sí, un valor concreto, prioritario y absoluto. Trae poder, ambición, sexo, prestigio, honores y aplausos. El deseo del dinero es un demonio que esclaviza y somete. La codicia conduce a la soberbia, y de ahí, comienzan los abusos más extravagantes.
No podemos servir a Dios en lo privado, y al dinero en lo público. Te liberas del dominio del dinero cuando lo usas para hacer lo que Cristo haría, para levantar del polvo al desvalido, y alzar al pobre de su miseria, como el administrador prudente de la parábola. De explotador, es transformado en providente, porque así es el corazón del Padre de Jesús.
Así es la justicia divina, también. Tenemos la obligación, ante Dios, de hacernos cargo del funcionamiento despiadado y aparentemente autónomo de la maquinaria del mercado. ¿Cómo suavizar sus asperezas? ¿Cómo entibiar sus frialdades? Es nuestro desafío personal. ¿Cómo participar en la superación de la pobreza hoy? ¿Qué puedes hacer para ayudar a crear una nueva economía operante y solidaria?
MIRADA GLOBAL
viernes, 17 de septiembre de 2010
Paralelismos
Raúl González Fabre, S.J.
Miércoles, 15 de Septiembre de 2010 12:51
Para quienes asistimos con atención a la crisis latinoamericana de los ’80, la actual crisis española presenta un preocupante aire de familia.
La fase alzista que lleva al hiperendeudamiento, agudizado por burbujas de precios y la corrupción rampante en algunos sectores, termina cuando un giro en las condiciones financieras internacionales limita el crédito y obliga a pagar las deudas.
El correspondiente sacrificio se reparte de manera muy desigual, puesto que hay quien sabe preservarse e incluso hacer grandes negocios en medio de la turbulencia. Otros, por el contrario, sufren efectos catastróficos sin proporción con los beneficios que recibieron en la fase de crecimiento: quedan desempleados sine die, sus pequeños negocios quiebran, ven cerrarse el horizonte para sus hijos... El ajuste requerido para pagar las deudas incluye la subida de los impuestos y el desmontaje de parte del Estado del bienestar, así que es soportado en buena medida por quienes no habían decidido esas deudas.
Como en su momento en América Latina, a estos sucesos económicos sigue un malestar político de fondo en España. El diario madrileño La Razón nos informa el domingo de que más de 75% de los españoles confía poco o nada en el presidente Zapatero. Nada extraño, dado que a mediados de año dio un giro antipopular en su política para hacer y decir lo contrario que una semana antes; sujeto poco confiable sin duda. Pero la misma encuesta informa que menos del 25% de los votantes confía en el señor Rajoy, líder de la oposición, pese a que ganaría las elecciones con buena diferencia.
Pero no es sólo la clase política. Las dos grandes centrales sindicales españolas han convocado una huelga general contra las medidas laborales del Gobierno para el miércoles 29 de septiembre (¡tres meses después de que las medidas fueran anunciadas, cuando ya muchas de ellas han sido aprobadas en el Parlamento!). Otra encuesta indicaba que, a tres semanas de la huelga, menos del 10% de los trabajadores planeaban participar en ella. Parando los transportes con piquetes conseguirán quizás parar el país, pero no debe esperarse la huelga general revolucionaria de momento. Los más molestos con la huelga serán los trabajadores.
Y luego está la patronal. El presidente de la mayor asociación gremial, la CEOE, tiene un considerable calendario judicial pendiente por asuntos como los de Aerolíneas Argentinas, Air Comet y Viajes Marsans. Cuando intenta dirigirse al país como líder de los empresarios, los periodistas le preguntan por sus enredos de negocios. No es raro que pequeños empresarios y autónomos, que están quebrando por centenares de miles, sientan que carecen de representación en las negociaciones sociales sobre la crisis.
Y así, como en otro tiempo en América Latina, la crisis económica se está convirtiendo en España en una crisis de representación política. De ahí a la crisis institucional, y a la aparición de algún demagogo más o menos rufianesco con buena puntería que embargue el país, como Chávez está haciendo con Venezuela o Berlusconi con Italia, no hay más que un paso.
La Historia enseña que esto no es en manera alguna inevitable: los pueblos suelen dar un periodo de gracia a los regímenes democráticos para que hagan reformas institucionales de raíz y se regeneren. Pero enseña también la Historia que pocas cosas hay más pertinaces que la sordera de las élites que dejan de liderar y empiezan a ir a remolque de los acontecimientos, tratando de sobrevivir con maniobras pequeñas cuando la hora pide grandeza política. Al final, la puerta del poder cae ante la patada del demagogo porque estaba tan podrida que no había quien la sostuviera.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Las dos caras de la agenda de salud del gobierno
Publicado en CIPER.
Mientras la crisis hospitalaria sigue afectando a los sectores más vulnerables del país, los grandes grupos económicos olfatearon el negocio de la Salud en expansión y comenzaron a mover sus motores. Construyeron torres junto a las clínicas privadas, hicieron alianzas con el retail, levantaron centros médicos al costado del mall. La nueva aventura va de la mano de un sector de consumo conocido por ellos y que creció en democracia. Son los “aspiracionales”, familias afiliadas a Fonasa que están dispuestas a sacar plata de su bolsillo con tal de que sus hijos nazcan en la Clínica Dávila y no en un hospital público. El gobierno de Piñera mira sin complejos el fenómeno. Es más: lo anima bajo la premisa de aplicar su propio modelo para solucionar la crisis. La Concertación acusa una privatización encubierta. Pero no puede hacer mucho más. La puerta de la colaboración público-privada quedó entreabierta desde el gobierno pasado.
La salud se ha convertido en uno de los grandes negocios en Chile, como antes ocurrió con la educación superior y con el retail. El nicho del que menos se habla es el de los sectores “emergentes” de Fonasa. Matrimonios afiliados al seguro público que suman ingresos por 500 ó 600 mil pesos, pero que están dispuestos a poner de su bolsillo 100 mil pesos con tal de que sus hijos nazcan en una clínica privada y no en un hospital. Personas que toman la decisión de internarse en un establecimiento evaluando los planes de salud, el equipo médico, pero también si hay un plasma en las piezas.
Según un estudio realizado por la Asociación Gremial de Clínicas de Chile, entre 2005 y 2008 “los potenciales beneficiarios provenientes de Fonasa crecieron en un 10,8% y los de las isapres en un 4,5%”. De todas las prestaciones que entregó el sector privado en 2008 (consultas, terapias, intervenciones quirúrgicas), un 45% de ellas correspondió a afiliados a Fonasa frente a un 56% de isapres. Esos beneficiarios son los grupos C y D del seguro público, poco más de cuatro millones de personas (entre cargas y cotizantes) que viven fundamentalmente en la Región Metropolitana, en Concepción y Valparaíso.
El mercado le ha seguido el pulso a estos movimientos de la población. Entre 2002 y 2008, las clínicas más grandes incrementaron su capacidad instalada en un 79%. Los proyectos de expansión alcanzan los 500 millones de dólares.
Uno de los actores de este pujante negocio es el holding de empresas Banmédica, que posee dos isapres, siete clínicas y diversos negocios en el área de la salud, en Chile y en el extranjero.
A comienzos de agosto, la Clínica Dávila (que pertenece al holding) inauguró un edificio médico de 10 pisos. El Presidente Sebastián Piñera, cortó la cinta en la ceremonia (uno de los dueños de Banmédica es su gran amigo Carlos Alberto Délano).
En la inauguración, Fabio Valdés, presidente del directorio de la Clínica Dávila, destacó que en los últimos diez años habían triplicado su capacidad, pasando de 180 camas a 550, lo que los llevó a convertirse en el centro asistencial privado “más grande del país”, y “el segundo en número de atenciones (…) con más de 32 mil pacientes al año, siendo superado sólo por el Hospital Sótero del Río”.
Entusiasmado con las comparaciones, Valdés planteó frente al Presidente, su amigo por más de 50 años: “Mediante una inteligente distribución de los subsidios estatales para la salud, esperamos que algún día podamos estar celebrando también inauguraciones análogas para los sectores más desposeídos de la población”.
La invitación de Fabio Valdés a realizar “una inteligente distribución de los subsidios estatales” se produce en un momento particular de la Salud en Chile, con los astros alineados para que una de las almas del programa de gobierno de Piñera, la colaboración público-privada, tome forma y avance con rueditas en los tres años que vienen.
La escenografía es perfecta, urgente: al déficit histórico de 3.000 mil camas se suman unas 2.000 que se perdieron con el terremoto; este año se agregaron 10 nuevas patologías al Auge, hay listas de espera y Fonasa está en campaña para que las personas exijan el cumplimiento de sus garantías. A causa de las crisis de invierno, las listas de espera No Auge o la gripe H1N1, en los últimos años se han multiplicado los convenios entre hospitales públicos y clínicas privadas, por lo que la puerta de la colaboración quedó entreabierta, una operación ejecutada por la propia Concertación.
Pero además están los emergentes, ese grupo que prefiere mil veces más pagar por tener a su guagua en la Clínica Dávila o en el Hospital de la Universidad de Chile, “antes que lo cogoteen en el San José”, como ironiza un profesional del sector resumiendo una serie de polémicos episodios que han ocurrido en ese hospital. Esas personas, a través de mecanismos de financiamiento que combinen seguros más isapres o Fonasa más seguros, podrían acceder perfectamente a los recintos privados, como imagina un creativo gerente de una clínica aspiracional.
Juan Eduardo García-Huidobro, uno de los expertos que más ha estudiado el sistema educacional chileno, planteó hace años que con la creación del financiamiento compartido, la Concertación sepultó la educación municipal, pues la convirtió en el ghetto de los que no pueden pagar. “Las familias ven que por fin también son elite, porque pueden decir mi niñita tiene mejor educación que la de la señora de al lado, que es rasca y manda a su hija a un colegio municipal”, explicaba.
Un observador de los cambios que están ocurriendo en Salud, cree que el proceso aquí es similar: “Aunque paguen 20 mil pesos, las personas ya sienten que están en otro nivel y van a hacer todo lo posible por no caer en un hospital”, analiza.
Algunos concertacionistas temen que si este proceso se extiende y multiplica en los próximos años, lo que se va a producir es la “privatización de la salud”, impulsada por el gobierno de Piñera.
Para otros, también de la Concertación, si eso ocurre, la responsabilidad es del ex conglomerado de gobierno, particularmente de la administración Bachelet, pues durante esos años “los hospitales se dejaron botados y se abrió paso a la privatización por vocover, pues la Concertación no se presentó al campo de juego”.
Un profesional que formó parte de los grupos Tantauco, donde se generó el programa presidencial de Piñera, cree que esa es la verdadera agenda del gobierno, y lo que se está preparando es el escenario para hacer el anuncio.
Gestión, gestión, gestión
Si el partido de la privatización se está jugando hoy en Salud, uno de sus protagonistas es Mikel Uriarte, el nuevo director de Fonasa, la institución que recauda y administra las cotizaciones de la mayoría de los chilenos y distribuye los recursos a los servicios de salud y hospitales.
Uriarte llegó a Fonasa después de trabajar casi diez años en el área de los seguros. Encabezó el gremio y llegó a ser gerente general de Seguros Cruz del Sur, del grupo Angelini. Ahora que está frente al mayor seguro público, también se siente un gerente. “No hay ninguna duda dentro del ministerio que estoy manejando todo esto”, afirma.
El poder de Fonasa es grande en materia sanitaria. Tiene 12,5 millones de asegurados (el 73% de la población chilena), y casi 5 millones de cotizantes. De hecho, cuando a comienzos de año se informó que Mikel Uriarte estaba negociando con los acreedores de Fonasa una fórmula de “pronto pago”, hubo más de algún abogado que equiparó su postura con la de los grandes supermercados frente a los proveedores; y planteó que podía acusarse a Uriarte de abusar de su “poder de compra”.
Según el director de Fonasa, al asumir su nuevo cargo se encontró con un desastre que lo desesperó: una deuda hospitalaria “que estaba escondida”; listas de espera Auge y no Auge poco claras (ver recuadro); una institución minimizada, que pese a proveer y administrar los recursos del sector, no tenía ningún poder de decisión; y una larga fila de acreedores con los que aún está negociando. La semana pasada cerró pagos por $15 mil millones y Fonasa estima que aún se le adeudan $122 mil millones.
-Fonasa fue perdiendo su rol y el presupuesto de Salud pasó a ser manejado por los hospitales. Pero de aquí a fin de año esto va a cambiar. Recuperé el prestigio y el manejo del presupuesto -plantea Uriarte a CIPER.
Desde que asumió, el director de Fonasa se ha hecho conocido en el mundo de la Salud por su tono fuerte.
A los acreedores (laboratorios, clínicas y hospitales universitarios), les exigió mostrar y demostrar la deuda que Fonasa tenía con ellos. Frente a los directivos de los hospitales y servicios públicos ha sido aún más duro. Varios médicos comentan que han asistido a reuniones donde Uriarte ha planteado a las jefaturas de servicio que, si no son capaces de financiarse, “tendrán que cerrar el hospital”.
Para explicar su actitud, Uriarte muestra un gráfico con los datos de la evolución mensual de la deuda hospitalaria de los últimos tres años. Ese cuadro indica básicamente dos cosas: que entre 2007 y 2010, la deuda se multiplicó por siete, pasando de los 10 mil a los 70 mil millones de pesos; y que cada año, en noviembre, se les traspasaban a los Servicios de Salud miles de millones de pesos para que cancelaran parte de lo que debían a cuenta del presupuesto futuro. La Concertación, en vez de enfrentar los problemas estructurales asociados a la deuda, habría optado por una suerte de “bicicleta financiera”.
“A fin de año se mandaban un perdonazo. Como te acostumbras a eso, al año siguiente la deuda era más alta todavía. Aquí existió la costumbre de ir manejando la deuda. Yo me desesperé con el tema y me propuse mostrar la realidad”, acusa Uriarte, quien decidió aplicar su lógica de gestión: generar incentivos para que los directores de hospitales y servicios cumplan con el presupuesto; transparentar la información; hacer competir a los recintos.
-Vamos a pagarles a los hospitales en función de lo que producen. Porque aquí lo que se hacía era que se firmaban convenios y se les adelantaba la plata; y si no cumplían con las prestaciones comprometidas, se hacía una nueva programación. Yo hice un cambio en las reglas del juego, y voy a ir pagando por mes vencido. Entonces las próximas cuentas van a llegar en septiembre, vamos a revisar el plan que teníamos, me van a decir cuánto hicieron y voy a girar el cheque -explica Uriarte.
También anunció licitaciones, para que los sectores público y privado, más que colaborar, compitan.
Por ejemplo, para hacer que los hospitales cumplan con la mayor cantidad de garantías Auge retrasadas y disminuyan los incumplimientos, se les puso una meta: 30 de septiembre de 2010. Si para esa fecha no se ha terminado con los retrasos, aseguró Uriarte, abrirá el sistema a los privados, a través de una licitación que les permitirá a clínicas y centro médicos postular para hacerse cargo de las garantías pendientes. En la actualidad, cuando se produce un retraso, a los afiliados de Fonasa se les asigna un prestador, que puede ser público o privado. Con el nuevo sistema, los asegurados podrán “vitrinear” y elegir entre los prestadores licitados. En estos días Fonasa está trabajando en las bases de la licitación, las cuales contemplarían “canastas de prestaciones” para las distintas patologías.
El paso no es menor. Lo que se está haciendo es una suerte de “piloto” del “Bono AUGE”, una medida anunciada por Piñera durante la campaña, y que busca que el subsidio estatal asociado a las garantías del AUGE sea portable, es decir, que los pacientes decidan dónde usarlo: en el sistema público o en el privado. Se trata de un símil de la subvención escolar inventada por los “Chicago Boys”, donde el Estado paga por alumno sin importar si éstos asisten a colegios municipales o particulares.
El nuevo director de Fonasa también llegó a un acuerdo con las clínicas privadas. “A ellas se les pagará directamente, sin pasar por los servicios, lo que servirá para no dilatar los pagos y evitar que la deuda hospitalaria siga acumulándose. Esto constituye parte fundamental de la complementariedad público-privada”, anunció hace unos días.
Pero, ¿cuál es la música detrás de estas medidas? ¿Cuál es el objetivo de la política pública que explica tal o cual incentivo?
Según la ex ministra de Salud María Soledad Barría, lo que quiere hacer este gobierno es abrir el sistema a los privados. Para ello está sometiendo al sector público a presiones que no puede cumplir, como terminar con las listas de espera.
-El sector privado regula por precio. Si usted tiene que operarse de la vesícula, no la ponen en ninguna lista, pero le dicen que le va a costar 500 mil pesos. Usted se va a su casa y cuando junta la plata, vuelve. Eso es una regulación por precios. Ahora, en todas partes del mundo, donde no existe barrera económica de entrada, lo que existe es regulación por lista de espera. Y de lo que se trata es que esa lista sea sensata: que la gente que se va a morir no tenga que esperar y que la lista tenga una rotación adecuada. Para ello hay que gestionar la lista. Pero si mando a todos al sector privado, lo que estoy haciendo es descapitalizar al sector público –plantea Barría.
Una fuente cercana al gobierno coincide con Barría. El objetivo de las nuevas autoridades es incentivar de manera creciente la participación de los privados e ir dejando morir el sistema público, al menos como se conoce hasta ahora. “Pedirles a los hospitales que aumenten la atención y al mismo tiempo reduzcan su deuda es tramposo, pues para ajustar la deuda tendrían que hacer menos actividades, pero si hacen menos actividades, las listas de espera aumentan”, resume.
Las cuentas de la Concertación
María Soledad Barría, ex ministra de Salud, tiene un gráfico en sus manos. Allí se muestra el gasto del sector versus la expectativa de vida al nacer de los ciudadanos de los países afiliados a la Organización Mundial de la Salud (OMS). En la imagen, Chile está bien rankeado. Los chilenos exhiben una expectativa de vida de casi 78 años contra un gasto en Salud de 7%, lo que ubica al país entre las naciones más eficientes (el promedio de países OCDE tiene expectativas de vida similares y gasta arriba del 10%).
“Ese es el sistema de salud en Chile, tremendamente eficiente”, resume la ex ministra.
La OCDE tiene una evaluación parecida. En 2008 analizó cuán “costo-efectivo” era el gasto público en Educación y Salud de Chile. Concluyó lo siguiente: ” (…) La proporción de trabajadores de la Salud (médicos y enfermeras) y camas de hospital para la población son muy inferiores a la media de la OCDE. Sin embargo los resultados (esto es, esperanza de vida, mortalidad infantil, tasas de inmunización) son comparables al promedio de los países OCDE. El sistema de atención de salud chileno se las arregla para conseguir resultados relativamente buenos usando comparativamente menos recursos”.
Según la OCDE, desde una perspectiva de eficiencia, Salud se ubica justo “en la vereda opuesta” a Educación.
Lo que esas evaluaciones muestran es que a nivel macro la gestión ha sido bastante exitosa. Sobre todo si se toma en cuenta que Chile tiene un sistema mixto pero profundamente desigual: en Salud se gasta un 7% del PIB. De eso, un 3,8% se destina a la atención del 80% de la población (los que están en Fonasa); y un 3,2% al 20% restante (los afiliados a isapres). Es decir, al igual que en Educación, en una gran mayoría se gasta muy poco y en un grupo reducido, todo el resto.
Sin embargo, hay más cáncer y diabetes entre los afiliados a Fonasa. Parte importante de los adultos mayores, los niños y las mujeres en edad fértil están en Fonasa. Además hay 3 millones de personas que no cotizan, pues tienen ingresos menores a 165 mil pesos. Y todos ellos se atienden en los hospitales y en el sistema público de atención primaria.
Con estos datos sobre la mesa, la deuda hospitalaria se vuelve algo más compleja que un problema de gestión. Los pacientes más caros están en Fonasa y se invierte poco en el sistema público de salud (de ese 3,8% mencionado, la mitad lo ponen las personas con su cotización).
Patricio Lagos, jefe de Presupuestos de Salud en la época del ministro Álvaro Erazo, tiene un power point con el informe que presentó el año pasado en el Senado para la discusión presupuestaria. Allí se explica que la deuda hospitalaria básicamente está compuesta por: aumento de los precios de los productos farmacéuticos y otras adquisiciones; mayor complejidad en las prestaciones e incremento de los beneficiarios de Fonasa, sobre todo los más caros, que son también los más viejos que han sido excluidos de las isapres.
En los últimos años, de manera sostenida, Fonasa se ha llenado de adultos mayores y, contra lo que se previó, los más jóvenes, que habían saltado de las isapres al seguro público producto de las últimas crisis, no echaron pie atrás cuando la economía comenzó a recuperarse.
“La deuda es un resultado, no es una culpa espantosa”, resume Barría, para explicar los números.
Quién manda en Salud
En el mundo de la salud es comentario obligado el protagonismo que ha adquirido el director de Fonasa. Al traspasarle Piñera el control de gran parte del manejo financiero del Ministerio de Salud le dio fuerza a la muñeca negociadora de Mikel Uriarte frente a los privados y aumentó su poder sobre los servicios públicos (mal que mal, es el que abre o cierra la llave). Como consecuencia de ello, el ministro Jaime Mañalich y sus subsecretarios se han concentrado en “lo sanitario”; y cada tanto se los menciona como candidatos a dejar sus cargos en un eventual cambio de gabinete.
Pero hay otro hecho en este cambio de roles y planes pilotos que ha pasado mucho más inadvertido: el peso del ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Cristián Larroulet. En el gobierno confidencian que monitorea en forma constante lo que pasa en Salud y que su influencia es notoria en las decisiones del área.
Su interés no es nuevo. En 2008, el entonces director del Instituto Libertad y Desarrollo publicó un artículo en La Tercera. Allí señaló, a propósito de la vergonzosa inauguración del hospital de Curepto -con camas y pacientes prestados-, que “cada cierto tiempo la prensa nos informa de casos de negligencia, de incumplimiento de los compromisos del Auge y largos tiempos de espera”.
Según Larroulet, esto era consecuencia de que los hospitales públicos no poseían la institucionalidad adecuada. “No están los incentivos ni la organización adecuada para el buen servicio”, sentenció. Y propuso entonces tres políticas que podrían solucionar los problemas. La primera era permitirles a los ciudadanos que escogieran libremente dónde atenderse: hospital público o privado. Para ello se les entregaría, “a los sectores bajos y medios”, un bono de salud “que haga posible la libertad de elección”.
Su segunda propuesta fue “permitir la competencia” entre todas las instituciones de Salud. Así, “éstas se esfuerzan para atender mejor a los enfermos”. La tercera era cambiar la organización de los servicios públicos, transformando a los hospitales y consultorios “en empresas estatales con autonomía y flexibilidad”.
Larroulet imaginaba sociedades anónimas hospitalarias, constituidas “con participación minoritaria del Estado, dando una opción preferente a sus funcionarios y abiertas a la incorporación de entes privados interesados en asociarse”.
Ahora que Larroulet está en el motor principal del gobierno, muchos piensan que tiene en su mano la llave para aplicar sus recetas. Una fuente oficialista asegura que la agenda privatizadora de Libertad y Desarrollo pesa en Salud. Larroulet habría sugerido algunos de los puestos clave de esa cartera, incluyendo la subsecretaria Lilian Jadue y los principales asesores.
Otro factor que refuerza esa influencia es la composición de la comisión de expertos creada por Piñera para reformar la salud. Entre los doce convocados, casi la mitad están vinculados directamente a la salud privada: Fabio Valdés, director de la Clínica Dávila e íntimo amigo del Presidente; Rafael Caviedes, director ejecutivo de la Asociación de Isapres y director de la Asociación Latinoamericana de Salud Privada; Gonzalo Simón, gerente de estudios de la Asociación de Isapres; César Oyarzo, gerente general de Integramédica y Andrés Tagle, ex vicepresidente ejecutivo de la Asociación de Isapres
-Siempre hay intereses detrás de estas comisiones, pero lo bueno es que aquí están explícitos –se consuela uno de los integrantes de esa comisión, quien dudó si valía la pena integrarse a ella.
En la Concertación analizan los pasos a seguir. Ex autoridades del ministerio se han agrupado para oponerse a lo que estiman un proceso privatizador en marcha. Pero el debate interno es ácido: un sector de la DC le echa la culpa al PS por parar las concesiones de hospitales que Lagos había comenzado y Bachelet tenía que inaugurar. Mientras allí se discute, los que saben de este negocio siguen moviendo sus fichas.
A comienzos de mayo el Grupo Said, controlador de Parque Arauco y la embotelladora Andina, anunció la compra de Integramédica, una red de trece centros que en 2009 tuvo ingresos por 120 millones de dólares y que se presenta como “el principal prestador de salud ambulatoria del país” en las páginas económicas de los diarios. Para adquirir Integramédica, los Said se asociaron con el fondo de inversión Linzor Capital.
El mismo equipo adquirió a fines de 2007 la isapre ING, la cual, ahora como Cruz Blanca, dio vida a un holding que hoy está compuesto por la isapre, la red de centros Integramédica y otras tres clínicas privadas. El domingo 5 de septiembre, en El Mercurio, los rostros de este negocio ahondaron en sus planes futuros. “Lo esperable es que la industria como tal se duplique de aquí a un período de 10 años. Eso abre un enorme campo de oportunidades para seguir creciendo”, afirmó Tim Purcell, fundador de Linzor Capital, director de Celulosa Arauco y Cruz del Sur. De acuerdo a revista Qué Pasa es conocido en el mundo de los negocios como un “cazador de oportunidades”, un talento que varios ejercitan en estos días para maximizar los beneficios que se esperan en el mercado de la salud.
El error de las listas de espera
A fines de julio, el Presidente Piñera hizo un anuncio espectacular: en sólo 70 días su gobierno había logrado reducir a la mitad las listas de espera Auge. Sin invertir más recursos ni realizar operativos especiales, su administración había avanzado en sólo dos meses más que la Concertación en los cuatro años del Auge.
“De las 360 mil personas que teníamos (en listas de espera) el 21 de Mayo, 180 mil han sido atendidas en estos 70 días y las listas de espera se han reducido a la mitad, es decir, a 180 mil personas. Y esa es una muy buena noticia”, se felicitó el Presidente. Estaba en La Moneda, rodeado por los 12 profesionales del Panel de Expertos en Salud convocados para abordar temas de fondo: proponer las bases para una gran reforma a la Salud y hacerse cargo de los efectos del fallo del Tribunal Constitucional entre los afiliados a las isapres, entre otros puntos.
Tras la noticia, llovieron las acusaciones. Vivianne Bachelet, vocera del Frente Amplio de Defensa de la Salud Pública, señaló que el anuncio era tramposo, pues tras la reducción no había acciones médicas sino informáticas.
A los pocos días el Presidente reconoció que sí, que había existido una depuración. Pero afirmó que se trataba de 40 mil casos, un porcentaje menor, que no opacaba el logro. De acuerdo a los antecedentes recogidos por CIPER, al Presidente le faltó aclarar otro error de su anuncio: en la lista de espera Auge no se suman personas sino garantías. Esto quiere decir que, si hubo una disminución del 50%, no significa, como se dijo, que 180 mil personas fueron atendidas y de alguna manera sacadas del sistema. Sino que X personas (no sabemos cuántas), beneficiarias de 180 mil “garantías de oportunidad”, fueron atendidas. Ahora, es muy probable que esas personas hayan salido de una lista para ingresar a otra, pues una misma enfermedad puede generar varias garantías. El sistema es una trenza y cada problema de salud tiene sus etapas y tiempos de atención.
El Presidente tampoco explicó de dónde sacó los 360 mil casos que fijó el 21 de Mayo. “Esa cifra viene de la investigación que hizo el gobierno y ellos determinaron que había 360 mil”, justifica Mikel Uriarte, director de Fonasa, institución que administra el sistema informático del Auge.
Días después del discurso ante el Congreso, El Mercurio informó que los casos atrasados sumaban 272.278. Luego, el 9 de julio, La Nación publicó que, al mes de junio, los retrasos eran 246.724. Es decir, en un mes, las garantías retrasadas ya habían disminuido en 100 mil.
¿Puede explicar cómo lo lograron?, consultó CIPER a Uriarte.
-Las primeras bajas que existieron fueron 40 mil por temas estadísticos, personas que estaban muertas, gente que se fue a la libre elección. Después se disminuyeron 120 mil reales. Al final los servicios empezaron como locos a hacer las cataratas, lo que tenían pendiente, y ya estamos en 180 mil.
-El milagro de las cataratas podría llamarse…
-No, además hubo otras cosas, que son muy sencillas.
Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los retrasos reales en las garantías del Auge. Ni el Presidente ni el director de Fonasa ni los encargados del sistema informático del Auge, el SIGGES. Por varias razones: porque el sistema tiene inconsistencias; porque el Ministerio no puede hacer un seguimiento al detalle de las atenciones por nombre o RUT del paciente; y porque hay enormes diferencias informáticas entre los hospitales y los consultorios, encargados de ingresar los datos al sistema.
En septiembre de 2007, la Cámara de Diputados creó una Comisión Especial Investigadora para indagar sobre las causas de retrasos e incumplimientos en el Auge. Una de sus “áreas de trabajo” fueron las serias deficiencias del SIGGES, pues costó caro (5 mil 600 millones de pesos) y no funciona bien. Como el Transantiago.
Según se explica en el informe ejecutivo de la Comisión Investigadora, “no existen mecanismos de control que permitan asegurarse que los funcionarios del sistema digiten la información y el registro de las atenciones”. Luego se concluye: “FONASA se ha demostrado incapacitado para operar el sistema informático diseñado por Entel. Esto trae como consecuencia que todo el registro del Plan GES y su fiscalización no es confiable, poniendo en peligro la reforma completa”.
Un año después del informe de la Comisión de la Cámara, la Contraloría realizó una investigación en Fonasa. El objetivo era evaluar el funcionamiento integral del servicio y rápidamente se les apareció el SIGGES. Tras dos años de investigación, a comienzos de 2010, Hernán Monasterio (PS), ex director de Fonasa, fue sancionado por no haber puesto término al contrato con Entel, pese a las evidentes fallas del sistema.
Camas millonarias
Por Lissette Fossa
“Todos vamos a tener que hacer el esfuerzo de llevar los precios de las prestaciones privadas a los aranceles de Fonasa”, decía en marzo el empresario Andrés Navarro, al anunciar que la Clínica Las Condes, de la cual es socio, participaría en la licitación de camas que el gobierno haría para suplir los espacios que se perdieron producto del terremoto. Finalmente la oferta de dicho centro asistencial privado para camas UTI fue la más cara: $963.707 por día.
Si bien la Clínica Las Condes es la más cara y exclusiva del mercado, la experiencia abre dudas sobre cuán conveniente resulta la anunciada alianza público-privada para satisfacer las demandas que los servicios estatales no pueden cubrir. Los gremios de la salud exigen abrir más camas en los hospitales, pero el modelo apunta a complementarlo con una mayor participación de los establecimientos privados.
El Ministerio de Salud se ha centrado en la respuesta inmediata, que consiste en facilitar la compra de días camas a entes privados, un proceso iniciado en los últimos años de gobierno de la Concertación. Se argumenta que la nueva versión ha abaratado costos, pues se ha eliminado la incertidumbre del costo final de las prestaciones logrando buenos precios de camas integrales (que incluyen medicamentos y exámenes). Sin embargo, el precio pactado con muchas de las clínicas puede llevar a pagar el doble o el triple de lo presupuestado inicialmente.
Ya en 2005 y 2007 Fonasa había licitado ciertas prestaciones médicas, éstas últimas con otro tipo de cama integral. El convenio fijaba precios de referencia, como una cama UCI adulto en $165.610 y una cama básica adulto en $26.000. La adjudicación de 2007 bordeaba esas cifras, siendo la más costosa una cama UCI para adultos: $345.000. Desde 2009, los pacientes eran derivados por la Unidad de Gestión Centralizada de Camas (UGCC) del ministerio, que privilegiaba las camas disponibles en el sistema público y luego en el privado, desde la más económica hasta la más cara.
Sin embargo, en abril de este año, el nuevo equipo ministerial decidió realizar una nueva licitación, con camas integrales que incluían más atenciones. A pesar de las expectativas, sólo se logró licitar 708 camas.
El análisis de los datos recopilados por CIPER muestra que el valor licitado es alto: las camas más demandadas, UCI y UTI adulto, presentan un valor promedio de la licitación de $1.048.000 y $720.000 respectivamente. En el caso de la cama básica, el valor promedio es de $313.000. Entre los oferentes más caros en camas UCI en regiones se encuentra la Clínica Universitaria de Concepción, con $1.500.000, mientras que en Santiago, las más caras son la Clínica Santa María, Clínica Alemana y Clínica Las Condes, que sobrepasan el millón de pesos por día cama UCI.
La licitación supone que se fije un precio promedio por todo lo que incluye la cama integral, es decir, el servicio es el mismo en todas las instituciones, pero debido a que el riesgo de los pacientes es alto, varias clínicas fijaron el precio en el valor más alto que podría costar el día cama, aunque esos exámenes o medicamentos pueden no realizarse.
Comparado con el precio que tienen las clínicas normalmente (sin prestaciones extras) en UCI adulto, en Santiago, la Clínica Santa María sumó al valor de mercado de día cama cerca de 725 mil pesos más. A ésta le sigue la Clínica La Condes, que sumó a su valor normal, 549 mil pesos
lunes, 13 de septiembre de 2010
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