Nathan Stone, S.J.
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad, respeto y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman. 1 Pedro 3:15-16
El estudiante de teología se anima con las palabras de Pedro. Se prepara para dar razón de nuestra esperanza. El pensamiento sobre la fe tiene que ser, en primer lugar, lógico, razonable y fundamentado. Si no, no es pensamiento, sino diatriba histriónica y mistificadora.
Los luteranos hablan del salto de la fe. Eso supone un abismo de irracionalidad que necesariamente debe ser atravesada a ojos cerrados. Implica la incorporación de un elemento extraño en la mezcla, algo irracional. Si es así, no tiene sentido explicar la esperanza cristiana a un no creyente. Él está al otro lado de ese abismo, esperando dar pasos razonables que, según el modelo, no existen. Y el creyente saltador afirma las fórmulas aprendidas con estridencia.
La teología católica, por su lado, tiende a ser obsesivamente sistemática. La alta esfera intelectual se pone arrogante, como si hubiera capturado, estrujado y encasillado la esencia divina. Imposible, porque Dios es infinito y la teología es finita. Por eso, Tomás de Aquino habla del conocimiento mediante la analogía. Hacemos metáforas razonables que en verdad apuntan a Dios, pero sin encasillar, porque definir al Todopoderoso es impensable.
Por su parte, el católico común y corriente suele quedarse con los reglamentos, castigos y milagros. Las veces que me ha tocado explicar, por ejemplo, el contexto histórico de algún relato bíblico, o el sentido de alguna enseñanza, la gente queda sorprendida, maravillada y agradecida, porque sólo conocía la imposición de doctrina irracional y obligatoria, aliñado con milagritos.
El pueblo no es tonto, por Dios. Cada uno fue creado a imagen y semejanza con facultades razonables. A veces, la autoridad recurre a la mistificación para sostener su autoridad, aduciendo, como Caifás y Maquiavelo, que el fin justifica los medios. El argumento es así: la verdad es verdad porque yo dije, y yo soy la autoridad. No hay más preguntas. Lanzan la parte más importante de la discusión, su fundamento, al abismo. Eso siembra mucha duda para el futuro.
La mistificación hace que la cosa parezca misteriosa para sacarla de la discusión. Por otro lado, existe un componente realmente místico en el pensamiento religioso. El misticismo auténtico es algo completamente diferente porque es real. Es la experiencia del Resucitado. Es sentirse movido por el Espíritu Santo. Ese es un dato que algunos no tienen, pero, por más Samaritano que sean, podrían tener. La experiencia mística desencadena un proceso de entendimiento que da sentido a todo, y termina dando frutos abundantes y observables.
La razón de nuestra esperanza no es estática, sino dinámica. Por eso, no es posible defenderla como fortaleza, sino constantemente examinarla y evaluarla, para no perder el camino. Los discípulos, fieles al Espíritu, no solamente afirman cosas correctas. Además, dan mucho fruto. Esa es la prueba empírica. La semilla del amor hecho obra tiene efectos evidentes en el mundo.
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