sábado, 23 de abril de 2011

Comiendo la tierra

Una visión desde América del Norte sobre la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros.
Gregorio Kennedy, S.J.

Estados Unidos / Ecología – “El que tiene un porqué para vivir”, decía Nietzsche, “puede soportar casi cualquier cómo”. El psiquiatra Viktor Frankl tuvo una fuerte experiencia de esta proposición. Frankl, seguidor de Freud, sostenía que la mayor urgencia de los humanos no es de carácter sexual, sino más bien existencial. En nuestro nivel más básico, lo que nos impulsa es nuestra necesidad de sentido.

El reto más formidable para la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros, es apreciar la potencia del aforismo de Nietzsche en la “logoterapia” de Frankl. Una razón fundamental que nosotros, en abierto desafío a todas las pruebas en contrario, alegremente defendemos igual que pensar que el mundo se pierde en el cielo como si fuese un balón de aire caliente y que eso es una dificultad de sentido. Estamos semánticamente desnutridos. Y, como a veces ocurre en casos de hambruna, desesperados, hemos salido a comernos la Tierra.

Frankl tuvo la dura oportunidad de probar empíricamente su teoría psicológica en el laboratorio infernal del Holocausto. Como prisionero de Auschwitz, descubrió el denominador común entre los supervivientes de aquella brutalidad incesante. Cualquier vida que conserva algún propósito y significado, sin importar el estado de salud física en que se encuentre, tiende a continuar. Los esposos vivieron para sus esposas, las madres por los hijos, los creyentes por la esperanza en Dios. Si el creyente maltratado perdiese su fe, el marido a su esposa o la madre a su última hija, sus propias vidas pronto desaparecerían también.

El hecho de que los norteamericanos no sólo sobreviven, sino orgullosamente rechazan la crisis ecológica actual sugiere que poseen un muy sólido “por qué vivir”. El cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos, la erosión del suelo, la contaminación universal, la crisis del petróleo, las extinciones masivas, la escasez inducida por los conflictos, nada, al parecer, puede derrotarnos. Seguimos comprando y vendiendo como si no hubiera mañana. Ante esta inquietante conexión entre un futuro truncado y nuestros hábitos de consumo, ¿cómo es que nuestro “cómo” de la vida no haya tocado a nuestro “por qué”? O a la inversa, ¿por qué nuestros “porqués vivir” ha creado un “cómo” tan nocivo?

Estas preguntas nos sumergen en los valores contemporáneos. Hablamos como jesuitas de opciones preferenciales, de relaciones justas, de justicia social y ecológica como elementos constitutivos de nuestra fe, pero la mayoría de nuestros valores funcionales, los valores que guían nuestras decisiones y acciones cotidianas, siguen siendo profundamente consumistas. Así lo más conveniente, la velocidad, evitar el esfuerzo físico, o la fidelidad tácita a una noción materialista del progreso son esos clandestinos, incuestionables, “porqués” que nos revisten con el extraordinario (en todos los sentidos de la palabra) poder de soportar las dificultades emocionales, espirituales, sociales y morales de una cultura literalmente anti-biótica, es decir, contra la vida. Sin duda, que nuestras almas y conciencias sufren mucho, tal vez inconscientemente, por las desigualdades, las opresiones, y la destrucción que nuestros estilos de vida perpetúan pero nos las arreglamos para sobrevivir a este trauma aferrándonos, cada vez más celosamente, a nuestros cuestionables sistemas de valores.

En consecuencia, nos enfrentamos a un “desafío de consumismo” de inmensa magnitud. Se requiere mucho más que el cambio de diesel a bio-combustible. Tenemos que desmontar todo el motor para revisar y remplazar las juntas y los pistones desgastados que nos hacen quemar diesel, entre otros combustibles.

Hasta aquí, hemos considerado nuestro reto consumista desde el lado de los “cómos”. No nos hemos preocupado de que nuestras motivaciones y esperanzas de éxito se disipen como el humo. Nuestro inmenso sistema de la industria militar, más globalizado, más arraigado, se siente demasiado grande para caer. Y así lo es, dados nuestros actuales “porqués” para vivir. Porque si lo más cómodo, evitar cualquier esfuerzo físico o el individualismo son nuestros principios rectores, defenderemos, con cualquier medio, los medios que nos lleven hasta allí. Nosotros soportamos el fracaso del consumismo porque, como consumidores, hemos, a priori, perdido nuestra ruta.

Si quisiéramos cambiar nuestros “porqués”, los más profundos de nosotros, los “porqués de vivir” necesitaríamos toda la energía, fe e inteligencia para sobrellevar los “cómos” a los que no estamos acostumbrados. Según San Pablo: “Dios es fiel, y no te dejará ser probado más allá de tus fuerzas, pero con la prueba Él también te concederá el camino para salir de manera que puedas soportarlo” (1Cor 10,13) Si mitigar el cambio climático y reducir las emisiones de carbono, por ejemplo, se convirtiese en un valor operativo nosotros de manera espontánea, e inconscientemente, haríamos de todo para evitar los viajes en avión o usar el automóvil. Esto hoy nos parece algo impracticable, o imposible y lo más probable hasta in-apostólico. Lo cierto es que nuestros “porqués” actuales nos impiden pensar en algo así. Nuestras conciencias tienen hombros atléticos para cargar con el fardo global de la acidificación de los océanos, la muerte de millones por el hambre, la desertificación, la extinción de las especies o de las poblaciones costeras, además de todos los otros males del cambio climático; por eso la idea de ir caminando al trabajo, o no ir a un congreso al extranjero o quedarse en casa en vacaciones, nos parece sencillamente demasiado.

Los miembros de la familia ignaciana, según lo que hemos comentado más arriba, pueden sentirse atrapados en una difícil posición cognitiva. Después de todo, según nuestro Principio y Fundamento, todo nos está permitido siempre que nos sirva para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

Tenemos el magis para conducirnos, y por ello nada es demasiado bueno para el apostolado. Aquí tenemos que actuar con cautela, porque a menudo podemos crecer como jesuitas en la justificación de nuestras acciones y acabamos sirviendo a ídolos en vez de a Dios. En el crepúsculo de la integridad ecológica, Dios viene a nosotros de forma inesperada. Nuestra manera de alabar, reverenciar y servir debidamente al Dios de la vida en un tiempo anti-biótico puede que no se parezca mucho a lo que estábamos acostumbrados. Del énfasis en la salvación individual pasamos al interés en la salvación de la creación, donde todo lo que existe, y no sólo lo humano contingente, está llamado a la salvación en Cristo. Nuestro magis, por lo tanto, puede significar viajar menos en avión, producir menos, menos consumo impulsivo de la vida sobre la tierra y su diversa belleza.

Mostrar creativamente que menos es más, podría ser nuestro magis hoy.
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Gregorio Kennedy, S.J. Versión completa en Promotio et Iustitiae nº 105, 2011/1. Este artículo fue publicado por “Ecología y Jesuitas en Comunicación”, http://ecojesuit.com/

Toda teología es política

Rafael Velasco, S.J.


Viernes, 15 de Abril de 2011 09:15

“Toda Teología es política”, dice Juan Bautista Metz. Esto significa que toda concepción acerca de cómo es Dios lleva aparejada una idea acerca de cómo este Dios interviene en el mundo y tiene que ver (o no) con los problemas, las acciones, las aspiraciones y los deseos de los seres humanos.

Toda reflexión acerca de Dios trae como consecuencia un modo de proceder respecto de lo humano. Una ética.


Algunos ejemplos

Aquellos que afirman que Dios sólo creó al mundo y luego deja hacer, en el fondo afirman que las acciones humanas (la ética, a la que según Aristóteles pertenece la política) dependen de sí mismos y sus propias reglas. Dios no se mete, por lo tanto el tema es sólo humano y allí hay que organizarse. Eso que ha dado lugar a éticas autónomas y seculares, también muchas veces deviene en la ética del más fuerte, del que logra imponerse. La canonización del mercado y sus reglas es un ejemplo.

Los que sostienen que todo tiene que ver con Dios y que por lo tanto la sociedad debe organizarse en base a criterios religiosos; muchas veces han terminado justificando y favoreciendo estructuras sacralizadas del poder secular: monarquías y dictaduras con todo lo que estas han traído de avasallamiento de derechos humanos y de daño para la humanidad.

Más allá de estos dos ejemplos, lo que no se puede negar es que las religiones tienen, por lo general, vocación política. Es decir que la persona religiosa, particularmente el cristiano, no puede ser una persona desinteresada de lo que le pasa a sus semejantes… y eso es política. El bien común se realiza en la acción política.

Cristianismo y política

Jesús comenzó su ministerio público anunciando que el reino de Dios estaba cerca. Este reinado de Dios, si bien Jesús nunca lo definió conceptualmente sino que lo explicó a través de parábolas, no era una cuestión etérea y meramente espiritual y de realización celeste, sino que implicaba un nuevo modo de relación ente los seres humanos, en el que los pobres fueran atendidos y puestos en el centro de las preocupaciones humanas, los apartados fueran incluidos y los últimos fueran los primeros. Un modo de vida humano regido por la justicia, la solidaridad y la paz. Su concepción religiosa de Dios –el Padre Bueno que ofrece su amistad a todos los hombres y mujeres- como se ve, traía aparejada una visión política. Incluso una concepción del poder: el poder es para servir, o mejor dicho el servicio es poder.

El cristianismo como intento de realización histórica de la misión de Jesús, ha tratado de hacer historia este Reino, con resultados diversos: a veces realizaciones grandes y otras errores inmensos, fundamentalmente cuando se confundió religión y política, es decir cuando el poder y el afán de dominio se impuso en la concepción religiosa. La historia está plagada de ejemplos. Que toda teología tenga implicancias políticas, porque el creyente, el que reflexiona acerca de Dios está planteándose un modo de involucrarse en lo humano, no significa que la teología debe regir sobre la política. Eso es confundir el orden de las cosas y superponer los planos.

La modernidad nos ha legado el concepto de secularidad es decir de la autonomía de las cosas humanas respecto de la autoridad religiosa. Lo cual es muy positivo, porque significa romper al menos en occidente, con la pretensión autoritativa de la religión por sobre las actividades humanas, por que el hecho de que toda teología sea política, no significa una suerte de teocracia (o de “partido de dios”) en la que la institución religiosa tenga el monopolio de la política, ni del discurso político. Significa, en todo caso, que así como a nuestro Dios –según la tradición cristiana- le interesa el bienestar de todos los seres humanos, de la misma manera, el creyente en ese Dios no puede desentenderse, es más debe comprometerse decididamente con el bienestar de sus semejantes.

A la Iglesia Católica en particular, en occidente, le ha costado mucho comprender –a lo largo de su bimilenaria historia- que no está llamada a ser una suerte de “partido de Dios”, ni una agencia de moralidad internacional, sino que debe ser signo de lo que los seres humanos estamos llamados a ser: una comunidad de hermanos, que luchan por un mundo más justo para todos, porque su Dios –que es Padre de todos sin excepción- quiere un mundo más justo, solidario y humano.

La Iglesia tiene como misión anunciar un Acontecimiento de salvación realizado en Cristo. De esa manera es sacramento en la historia, cumpliendo su papel de comunidad-signo de la convocación de todos los hombres y mujeres por Dios. Al anunciar la llegada del Reino de Dios hace ver, sin evasiones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda otra alienación.

“De este modo –dice Gustavo Gutiérrez- el anuncio de la Buena noticia de Dios es un poderoso factor de personalización; gracias a ella –a la Buena noticia- los hombres y mujeres toman conciencia del sentido profundo de su existencia histórica, y viven una esperanza activa y creadora en el cumplimiento pleno de la fraternidad que buscan con todas sus fuerzas.”[1]

El reino de la tierra

Para un cristiano, desertar de lo político es desertar de lo humano. Porque para los Cristianos el reino de Dios no es algo ultramundano, sino es algo que Dios ha comenzado aquí en este mundo con la vida de Jesús, y que los seguidores suyos debemos edificar, con su fuerza y su inspiración, trabajando con hombres y mujeres de diversas tradiciones religiosas, (o no religiosos) y que –creemos- sí tiene una realización última más allá de este mundo. Porque creemos en la resurrección y en la vida eterna después de la muerte.

Pero no debemos engañarnos, ya lo dijimos antes, con la idea del “reino de los cielos”, porque este concepto –que se usa en el evangelio de Mateo- es sinónimo de reino de Dios. Y a Dios se lo encuentra y se lo sirve en este mundo.

La coartada usada por algunos sectores para el descompromiso es la frase de Jesús “mi reino no es de este mundo”. Muchas veces quienes la usan, para negar las consecuencias políticas del mensaje cristiano, lo que pretenden es recluir lo religioso al plano del buen corazón, del culto intimista, de la bondad personal y se lo saca del terreno de la justicia social, de la liberación de los oprimidos, de la ética global y de la política. Por eso, todo pretendido “apoliticismo” –caballo de batalla de los sectores conservadores- no es sino un subterfugio para dejar las cosas como están; para evitar cualquier compromiso con el cambio y la transformación social desde sus causas.

Porque lo que Jesús quiere decir es que ese Reino no se rige con los criterios de este mundo en el que la autoridad se impone por la fuerza, los débiles son aplastados y los más fuertes se alzan con el botín; sino que este reino se hace con la fuerza silenciosa del amor, con el esfuerzo del trabajo cotidiano, con la honestidad oculta de muchos, con el compromiso por que los pobres sean tenidos como el centro de las preocupaciones políticas y sociales. Esos criterios -se aprecia con claridad- no son de este mundo que impone el egoísmo y el consumo como sus marcas distintivas.

“Toda Teología es política”. Es decir que toda reflexión acerca del acto de fe, tiene consecuencias prácticas, públicas y comunitarias, es decir políticas.

* Este artículo es parte del libro "En el nombre del padre y del rabino".

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[1] GUTIERREZ, Gustavo; “Teología de la Liberación. Perspectivas”; Ed. Sígueme – Salamanca 1999; 16ª edición; p. 308

jueves, 2 de diciembre de 2010

Por qué no se suicidan los pobres I


Víctor Codina, S.J.
Jueves, 02 de Diciembre de 2010 07:39

Gustavo Gutiérrez se pregunta “¿Dónde dormirán esta noche los pobres?”. Es una pregunta interpelante que expresa la preocupación angustiosa por tanta gente que vive a la intemperie, sin hogar ni trabajo.

Pero yo quisiera completar esta pregunta con otra, que quizás nos puede extrañar: ¿Por qué no se suicidan colectivamente los pobres?

No pretendo aquí hacer un estudio sociológico del fenómeno del suicidio en el mundo, ni presentar estadísticas sobre el número de suicidios individuales en los países ricos del Norte frente a los países pobres del Sur, aunque seguramente constataríamos que su número es mayor en el Norte que en el Sur, donde también hay suicidios individuales por motivos sentimentales, familiares y a veces económicos.


Mi pregunta tiene otra intención: ¿cómo es que en los países pobres del Sur, en América Latina muy concretamente, no se dan esos suicidios colectivos que a veces en algunas “sectas” fundamentalistas y apocalípticas se han producido, bajo las órdenes de un líder fanático? ¿Por qué los grupos indígenas no deciden extinguirse y desaparecer?

En América Latina los pobres, los grupos marginados, los campesinos, los indígenas y afrodescendientes, padecen muchas veces hambre, desnutrición, muchos de ellos no tienen agua ni electricidad, no gozan de un empleo estable, no poseen una vivienda digna, sufren por falta de escuelas y de hospitales, se sienten excluidos, muchos emigran al exterior en busca de mejores condiciones de vida…Y sin embargo siguen adelante y luchan por la vida, se enamoran y se casan, tienen hijos, los niños juegan y ríen, las mujeres compran flores y celebran fiestas, se levantan cada día con la esperanza de mejorar su vida, con la ilusión de construir un mundo mejor, de luchar para que sus hijos vivan una vida más digna y no padezcan la estrechez económica que ellos han sufrido.

Cuando en el Primer mundo las Utopías han muerto y los Grandes relatos han desaparecido, cuando los ideales del Mayo del 68 son objeto de crítica y de ironía, y cada uno busca vivir lo mejor posible prescindiendo de los demás…en América Latina todavía la gente sueña con un mañana mejor, con un mundo donde haya justicia, solidaridad, respeto a las diferencias étnicas y sexuales, libertad, inclusión, armonía con la naturaleza, donde, como el profeta anunciaba, el lobo y el cordero puedan pacer juntos y el niño pueda jugar con la serpiente (Is 11, 6-8).

¿De dónde nace esta esperanza de que otro mundo es posible y necesario? Esta esperanza no es fruto de sus estudios sobre economía política, ni de una reflexión sobre la historia de las civilizaciones, sino de algo más sencillo y profundo.

Frente a todos los agoreros de la sociología que anunciaban que en América Latina la secularización rabiosa y lineal del occidente ilustrado iba a barrer con la religión y producir una sociedad agnóstica y atea como la europea, la religión pervive con fuerza en América Latina, dentro de un gran pluralismo religioso. Esta religiosidad pluriforme es sin duda la fuente última de su esperanza existencial en la vida.

Sin querer hacer un estudio pormenorizado del pluralismo religioso en América Latina podemos afirmar que junto a las viejas raíces culturales y religiosas de las cosmovisiones ancestrales anteriores al cristianismo, pervive una fuerte religiosidad popular que es la forma más inculturada de vivir la fe desde sus raíces culturales y que es la más extendida en los sectores pobres. Junto a esta forma de religiosidad popular están los practicantes dominicales y un grupo minoritario de cristianos que podemos llamar comprometidos, militantes, discípulos y misioneros. Indudablemente forman parte de este pluralismo religioso los que pertenecen a comunidades evangélicas y también los que integran grupos para-cristianos o no cristianos.
Continuará...

domingo, 17 de octubre de 2010

Piñera y los mineros


Carlos Peña
Domingo 17 de Octubre de 2010
La política —sugirió alguna vez Ronald Barthes— es como el espectáculo de lucha libre o como las teleseries.
Así como en el catch nada es lo que parece (en Titanes del Ring las patadas no eran patadas, el vuelo no era vuelo y el ganador no era genuino ganador), lo mismo ocurre en la política.

Lo mostró esta semana el manejo que hizo el Gobierno del drama de los mineros.

Las víctimas (¿cómo llamar a quien padece una desgracia que es fruto de la negligencia y la lenidad de un tercero?) pasaron a ser héroes; el Estado (por cuya dejación las empresas cierran los ojos frente al riesgo) se convirtió en ejemplo de seguridad; el ministro de Salud (en su momento cúlmine se cubrió la casaca roja con el delantal y dejó ver el estetoscopio), en médico de cabecera; el ministro de Minería (que hasta ayer discutía el royalty en medio de risotadas), en asistente social; y el Presidente de la República (un hombre apenas ayer carente de toda épica), en un salvador providencial.

Puros desplazamientos de significado construidos a punta de exageraciones.

Fue lo que persiguió el Gobierno al poner tanto cuidado en el salvataje de los mineros (algo por lo cual hay que aplaudirlo) como en su escenificación a ritmo cinematográfico (algo por lo cual no hay que aplaudirlo, salvo que a usted le guste el catch).

El Presidente —a punta de sincronizar horarios de manera que los momentos estelares coincidieran con su presencia allí— logró hacerse de una épica y de un amuleto de los que hasta ayer carecía: el rescate de los mineros como la prueba definitiva de su eficiencia, la operación en su conjunto como una muestra de modernidad.

Sin embargo ¿habrá alguien que —una vez pasada la resaca emocional— piense de veras todo eso? ¿Alguien que —recuperada la compostura— siga creyendo que todo fue una epifanía?

Es cierto que las comunicaciones a veces son capaces de crear realidades y de transformar gatos en liebres. Pero para que eso ocurra se requiere más que una simple escena. Si no, una vez pasada la emoción todo se extingue. Como en el catch.

Ronald Barthes analizó alguna vez el catch y dijo que el público se dejaba engañar porque veía en esas representaciones la escenificación de sus propios deseos. El catch, sugirió Barthes, ponía en escena los anhelos ocultos del público, esos que, de otra forma, no podrían realizarse nunca: la lucha sencilla entre el bueno y el malo, la alegría desbordante cuando se hace triunfar al primero, el final feliz. El buen director del catch era capaz de sentir esos deseos del público y adaptar el espectáculo a ellos.

Todos los políticos intentan algo así.

Con distintos estilos buscan el poder de transmutación, propio del espectáculo y del culto.

Aylwin prefirió hacer de padre que se dolía por todos sus hijos ¿De qué otra manera interpretar el llanto que vertió al lanzar el informe Rettig? Lagos prefería la escenificación republicana, esa que intenta atrapar el aura de las instituciones y hacer suya la memoria olvidada ¿De qué otra forma puede interpretarse la reapertura que alguna vez hizo, a paso cansino, de Morandé 80? Bachelet prefirió, por su parte, crear las condiciones para la intimidad a distancia y así cada telespectador pudo, por unos momentos, sentirse reconocido en ella ¿De qué modo, si no de este, puede interpretarse la risa fácil y el abrazo espontáneo que ella cultivaba?

Sólo restaba por saber cuál sería el estilo de Piñera. Lo buscó afanosamente todo este tiempo.
Y no lo encontraba; pero la búsqueda acabó.

Después de ver el rescate de los mineros —el Presidente como personaje central, persignándose y tocando madera cada cierto tiempo, haciendo alardes de preocupación, siguiendo el libreto con esmero— no hay duda: lo suyo es el estilo del catch clásico, el espectáculo a gran escala que, preocupado de realizar los anhelos del público, y en medio de la exageración, no se detiene siquiera a disimular los detalles.

domingo, 3 de octubre de 2010

Pérez versus Schmidt-Hebbel


Carlos Peña
Domingo 03 de Octubre de 2010


En el juicio oral que se sigue por el asesinato de Diego Schmidt-Hebbel -la prensa lo cubrió con profusión esta semana- el tribunal decidió oír a los padres.
La opinión pública pudo ver entonces en qué consiste un dolor sin límites.
¿Fue necesario hacer eso? ¿era justo?
Esos testimonios acreditan la rabia y la pena inconmensurables de las víctimas; pero no se refieren, en modo alguno, a los hechos que, en medio del procedimiento penal, se trata de establecer. Cuán significativa era la víctima directa para sus padres, cuán desoladora fue la noticia de su muerte, cuán absurdo es que su vida se haya acabado, no es relevante a la hora de establecer quién mató a Diego Schmidt-Hebbel y qué pena merece.
Es decir, no es relevante para el deber que los jueces tienen ante sí.
En cambio, la consideración de los rasgos particulares de la víctima -la relación con sus padres, el amor que le tenían, el mar sin límites del futuro al que el crimen puso término- podría tener consecuencias perjudiciales para la igualdad ante la ley.
La literatura legal las ha analizado.
La primera es que al considerar relevante para el castigo las circunstancias particulares de las víctimas -la vida que llevaban, el tipo de vínculos afectivos que tenían, cuán bien o mal formada estaba la familia que lo pierde- podrían conducir a la conclusión que hay vidas más valiosas que otras. Si no es así ¿por qué entonces podría ser relevante que los jueces llamados a decidir conozcan las circunstancias particulares de aquel cuya vida fue injustamente segada? ¿acaso la decisión de los jueces debería ser distinta si la víctima fuera miembro de una familia disfuncional y el futuro que tenía delante suyo gris?
Evidentemente no.
Pero entonces ¿por qué los jueces deberían conocer esas circunstancias en medio del juicio penal?
Si, como ocurre, el sistema legal debe brindar el mismo respeto y consideración a todas las personas -si, en consecuencia, el dolor de cada uno, fueren cuales fueren las circunstancias personales, es igual que el dolor de cualesquier otro- entonces ¿por qué sería relevante que las víctimas debieran vencer su pudor y exponerlo y los jueces asistir a su presentación?
Esa es una primera dificultad que presenta oír a las víctimas en el proceso y, como ocurrió en este caso, pedirles que exhiban fotos y escenas de la vida que llevaban, mostrar las huellas de la felicidad que les fue arrebatada.
Como la decisión penal debe atender nada más que a las circunstancias que configuran la responsabilidad penal -quién hizo qué y de qué forma ello condujo al resultado- todas las demás circunstancias deberían ser omitidas. Esa es la única forma de no inflamar la emotividad de los jueces a favor o en contra de las víctimas.
La otra dificultad es igualmente obvia.
Si bien el asunto se ha discutido profusamente en la jurisprudencia de la Corte Suprema Americana (así en los casos Booth v. Maryland y Payne v. Tennessee) no parece razonable castigar a alguien considerando circunstancias de las que el delincuente era inconsciente ¿Por qué agravar o aminorar la pena en atención a circunstancias que el delincuente no pudo conocer?
Todas esas consideraciones llevan a la conclusión que oír a las víctimas en el proceso penal -pedirles que exhiban esas heridas que no se curan- puede ser inconveniente para los principios que la ley debe cultivar. Esa práctica puede lesionar la igualdad y la proporcionalidad que la ley debe homenajear. Si la vida de cada uno vale lo mismo que la de cualquier otro y si a nadie puede serle reprochado no atender a circunstancias que no pudo conocer, entonces mostrar las características que tenía la vida que fue segada es innecesario y puede ser inconveniente.
No se trata ni de ignorar el dolor de las víctimas, ni de tomarse a la ligera el drama inimaginable que padecen.
Es sólo que la labor de los jueces debe ser ejercida -como aconsejaba Tácito a la historia- sine ira et studio.
Con reflexión y sin ira.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Una extrana belleza



¿Es posible encontrar hermosa una ecuación matemática o una teoría física?
Gabriel Ferrero


Buenos Aires / Cultura – Se dice que en cierta oportunidad alguien le preguntó a Einstein qué pensaría si se descubriera que la teoría general de la relatividad —una de sus grandes contribuciones a la ciencia— no era correcta. Parece que el gran físico respondió que en ese caso “Dios se perdió la ocasión de hacer algo muy hermoso”. Evidentemente no tenía problemas de autoestima. Pero aún más llamativo puede resultar ese adjetivo, “hermoso”.

Muchas personas, entre ellas legiones de estudiantes de secundaria, suelen preguntarse cómo a alguien le pueden gustar y aún considerar hermosas las ecuaciones matemáticas o las teorías de la física. Sin embargo, curiosamente, es bastante común escuchar a un matemático decir que un teorema tiene una demostración “muy elegante”, o a un físico elogiar la “belleza” de una teoría. Yo mismo en varias ocasiones he desechado la solución que había encontrado para un problema físico-matemático porque me parecía “fea”.

¿Qué es lo que se esconde detrás de semejantes afirmaciones? Tal vez para comprendernos sea útil un ejemplo. A continuación reproduzco las ecuaciones de Maxwell (1) para el campo electromagnético (2). Sé que probablemente muchos lectores habrán saltado esta página ante la sola vista de semejantes fórmulas, pero si llegó hasta aquí y no estudió física, le diré un secreto que aprendí leyendo a Penrose (3): no se preocupe por entenderlas. Ni siquiera los físicos estamos muy seguros de qué es lo que realmente representan.

Notemos algo que tal vez no es evidente a primera vista: su simplicidad. Son solamente cuatro ecuaciones y contienen únicamente doce símbolos, de los cuales ocho representan operaciones matemáticas y cuatro, magnitudes físicas. Por ejemplo, “t” representa el tiempo.

Lo impresionante es que estas ecuaciones son suficientes para describir, explicar y predecir una enorme cantidad de fenómenos, entre otros, la luz, la radiación ultravioleta, la infrarroja, los rayos X, las ondas de radio, y la forma en que cada una de estas se propaga por el espacio, a través del tiempo, por todo el universo. Con algún término adicional, estas ecuaciones también permiten inventar, diseñar y construir muchas cosas muy útiles: motores eléctricos, antenas, parlantes, micrófonos, emisores y receptores de radio, vidrios polarizados, hornos de microondas, películas 3D, etcétera. La lista es probablemente interminable.

Usando sólo doce símbolos, ordenados en cuatro ecuaciones, comprendemos innumerables fenómenos... ¿No es algo maravilloso? ¡Se trata de una síntesis magnífica! Y si pensamos en la variedad, la complejidad y la extensión de lo que representan podemos entender, en parte, por qué decimos que las ecuaciones son muy simples.

Ciertamente es necesario estudiar un poco, tal vez bastante, para entenderlas, pero todos podemos ver que son muy breves, concisas y contienen un número limitado y realmente pequeño de operaciones. También en eso está su simplicidad.

Por otra parte, observemos la primera y la tercera ecuación. Podemos ver que si intercambiamos el símbolo E, que representa al campo eléctrico, con B, que representa al campo magnético, las ecuaciones son iguales. De la misma manera, la segunda y la cuarta son muy parecidas. Por eso decimos que hay una cierta simetría en las ecuaciones. Al intercambiar algunos símbolos, las ecuaciones se transforman unas en otras, total o parcialmente, pero siempre tenemos, casi, el mismo conjunto de ecuaciones.

Esa simetría de las ecuaciones expresa algo muy profundo acerca de la naturaleza de la electricidad y el magnetismo. En cierto sentido, cada uno de estos fenómenos es una consecuencia del otro. Se puede decir que expresan algo, una propiedad fundamental de la materia, que se manifiesta con formas muy distintas pero simétricas. También por eso decimos que son ecuaciones hermosas. Simplicidad y simetría: dos atributos que hacen a lo que llamamos belleza.

Hace algunos meses un colega me mostró un artículo científico que acababa de escribir. En él describía con un altísimo nivel de detalle y precisión el comportamiento de un electrón dentro de cierta molécula bajo ciertas condiciones (4). Las ecuaciones correspondientes ocupaban varias páginas pobladas de símbolos bastante difíciles de entender. Confieso que no pude evitar decirle: ¡qué hermoso!

Existe también una belleza en la complejidad, cuando no hay simplicidad ni simetrías tan evidentes. Para escribir esa ecuación mi amigo tuvo que encontrar la manera de expresar matemáticamente, clara y de manera explícita, las relaciones de cada electrón con varios núcleos atómicos, con otros electrones, con otras moléculas, con los campos eléctricos y magnéticos presentes en la materia... en fin, un gran número de relaciones. Creo que la belleza que percibimos en los fenómenos complejos tiene que ver con la belleza de la relacionalidad, con algo profundamente constitutivo de lo real, de aquello que existe.

Todo, desde los niveles más básicos y elementales de la materia, existe en relación, está en relación; más aún, cada cosa llega a ser sí misma sólo en relación con otras. Tal vez sea ésta la belleza más típica de nuestro tiempo

(1) James C. Maxwell, físico escocés (1831-1879).
(2) En realidad, esta es su formulación en el espacio vacío, esto es, en una región del espacio en la cual no hay cargas ni corrientes eléctricas. Se trata de un caso especial, pero resulta válido en muchas circunstancias.
(3) Sir Roger Penrose, matemático y físico inglés contemporáneo, nacido en 1931.
(4) cf. AUCAR, G. ET AL. (2010), “Polarization propagators…”, IRPC, 29: 1, 1 – 64.
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Gabriel Ferrero. Artículo publicado en revista Ciudad Nueva, http://www.ciudadnueva.org.ar/

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Dios y el dinero

Nathan Stone, S.J.
Martes, 21 de Septiembre de 2010 17:17

Ningún servidor puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y al Dinero. Lucas 16:13

El dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores, de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia. Así nos dijo Alberto Hurtado, hace más de cincuenta años. Su reflexión sigue vigente hoy.

Entendemos la economía como si fuera el orden natural de las cosas, parte del sagrado círculo de la vida, creado por Dios en el octavo día, y por eso, intocable. Eso es falso. El dinero, con todas sus artimañas, es hechura de manos humanas. La creciente brecha entre ricos y pobres es nuestra responsabilidad.

En este mundo, lo que sucede en la vida de los ricos es noticia. Si eres pobre, no existes. La ley es flexible con el poderoso, y se despliega con todo su rigor ejemplar contra el pobre. Se compra al indigente por el sueldo mínimo, pero al acomodado, no se le puede causar la más mínima incomodidad. Se disminuyen los impuestos para los ricos, y se suspenden los programas sociales para los pobres. Se inventan motivos éticos para hacer la guerra, pero la razón de fondo es el dinero. Si el mundo es así, es porque lo hemos hecho así.

El sucio dinero como tal no tiene la culpa. No es más que un concepto abstracto de valor que facilita el intercambio de bienes y servicios. La idea es poder compartir la prosperidad material que esta tierra promete. El dinero no pretende desplazar el amor, ni la justicia, ni la compasión.

Sin embargo, se ha enraizado en la conciencia del hombre como un fin en sí, un valor concreto, prioritario y absoluto. Trae poder, ambición, sexo, prestigio, honores y aplausos. El deseo del dinero es un demonio que esclaviza y somete. La codicia conduce a la soberbia, y de ahí, comienzan los abusos más extravagantes.

No podemos servir a Dios en lo privado, y al dinero en lo público. Te liberas del dominio del dinero cuando lo usas para hacer lo que Cristo haría, para levantar del polvo al desvalido, y alzar al pobre de su miseria, como el administrador prudente de la parábola. De explotador, es transformado en providente, porque así es el corazón del Padre de Jesús.

Así es la justicia divina, también. Tenemos la obligación, ante Dios, de hacernos cargo del funcionamiento despiadado y aparentemente autónomo de la maquinaria del mercado. ¿Cómo suavizar sus asperezas? ¿Cómo entibiar sus frialdades? Es nuestro desafío personal. ¿Cómo participar en la superación de la pobreza hoy? ¿Qué puedes hacer para ayudar a crear una nueva economía operante y solidaria?

MIRADA GLOBAL