Rafael Velasco, S.J.
Debo comenzar diciendo que no soy especialista en literatura. He estudiado Filosofía y Teología. Me he especializado en esta última disciplina, por lo tanto mis apreciaciones sobre la obra de Saramago van a provenir desde esta mirada más teológica, desde la teología católica.
No ser especialista en literatura no me inhabilita para comprender que Caín es una obra literaria, ágil, lúcida y con el inconfundible sello irónico, irreverente e iconoclasta de Saramago.
Se sabe que toda obra literaria debe ser juzgada literariamente. Aunque dado el caso de la obra en cuestión, es posible también un abordaje teológico. Fundamentalmente porque la obra tiene una teología (o a-teología) bastante explícita. Hay un discurso acerca de Dios, detrás de una crítica a otro discurso acerca de Dios.
La lectura que hace José de Saramago, a través del peregrinar errante de Caín, acerca de textos del antiguo testamento implican una lectura crítica a un discurso sobre Dios, y a una imagen de Dios. Es una pena que además el texto deje destilar en algún punto una mirada negativa sobre el pueblo judío.
Caín (que en hebreo significa el que fue pedido) en su errar por la tierra –conforme a la maldición del Dios- asiste a diversos episodios bíblicos como el mal llamado sacrificio de Isaac a manos de su padre Abraham, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la caída de las murallas de Jericó, la matanza de los adoradores del becerro de oro en el desierto, algunos acontecimientos más y finalmente, la particular lectura del arca de Noé.
Caín –como tal vez Saramago- es el hombre en constante lucha con Dios. Una lucha que va in crescendo hasta el episodio final en el que asesina a todos los descendientes de Noé para evitar así que Dios continúe su crueldad con la especie humana.
Caín a pesar de sus muchas contradicciones –humano al fin- es presentado como un hombre decente. Parece contradictorio que alguien que asesinó a su hermano y a la descendencia de Noé, sea denominado como alguien decente; y sin embargo es así. Durante su obligado errar Caín intenta obrar humanamente: en su lujuriosa estancia con Lilith (a quien llega a amar) a la que vuelve luego de sus andanzas, en su intervención a tiempo para frenar a Abraham que está por ofrecer a su hijo en sacrificio, o cuando reclama por el asesinato de niños que perecerán en Sodoma, o cuando se enfrenta decididamente con Dios luego del asesinato de los descendientes de Noé.
Caín aparece como imagen del Jacob que según el libro del Génesis, luchó con Dios y venciendo fue vencido. Esa lucha atraviesa la historia de la humanidad. Dice Saramago que “la única cosa que se sabe a ciencia cierta es que (Dios y Caín) siguieron discutiendo y que discutiendo están todavía.” (c. 13; pág. 189).
Releyendo…
Ahora bien, así como Saramago toma textos bíblicos para hacer literatura, me gustaría hacer lo contrario, tomar sus interpretaciones literarias, para intentar hacer un poco de teología.
Vamos a tomar algunos de los textos que son releídos por Saramago y vamos a tratar de realizar una re lectura desde la exégesis teológica católica y evangélica contemporánea.
Lo primero que habría que decir es que la Biblia es un libro de teología, y que no fue escrito de una sentada como un libro unitario. Es una colección de escritos pertenecientes a las más diversas tradiciones y cuya recopilación –primero oral y luego escrita- llevó siglos. Es un libro lleno de libros y de géneros literarios. Una colección de libros que recoge en realidad la experiencia de un pueblo acerca de su propia humanidad y de el Dios que se le fue revelando en esa realidad humana.
La Biblia, se suele decir es palabra de Dios en palabra humana; tal vez sería más apropiado decir que es palabra humana inspirada por Dios. Así que en los textos hay un ropaje propio de la época y los medios culturales a disposición para relatar una experiencia que en el fondo es inenarrable. Los medios son parte del mensaje (como por ejemplo el género apocalíptico ya nos dice algo acerca de lo que se intenta narrar, o el género epistolar, etc) pero que a su vez esos medios literarios, son eso: literatura que intenta transmitir una verdad que va más allá, una verdad que para el creyente es liberadora y en cierto sentido orientadora de fe y de vida.
No es posible –en los textos bíblicos- ir a buscar historia en el sentido actual del término, ni tampoco ciencia. Hay, sí, relatos con cierto fundamento histórico, (el de Caín y Abel, no es uno de ellos precisamente) pero releídos desde una experiencia religiosa y desde una intencionalidad docente. Es un libro que surge de una comunidad y para ser leído en comunidad de fe.
Lo que no está claro es que haya una sola interpretación posible de esos textos. La exégesis rabínica acepta que las interpretaciones más contradictorias pueden ser ambas verdaderas (ejemplo del cruce del mar rojo)[1].
En la exégesis católica se ha hecho hincapié en ciertas interpretaciones forzadas o literalistas fruto de una pretendida tradición única que muchas veces ha escondido ignorancia, pero que hoy es inaceptable. La teología se hace preguntas porque los hombres y mujeres nos hacemos preguntas y buscamos a tientas algunas respuestas. En ese camino la Biblia, como palabra humana inspirada por Dios, es “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestros senderos”, como dice el salmo.
Creemos –los creyentes- que en la Biblia hay un mensaje acerca de Dios que es una fuente inagotable y por lo tanto fuente de inspiración y relecturas desde diversos contextos.
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[1] Basta leer el Talmud y los comentarios rabínicos sobre el mismo para comprobar esta afirmación.
Caín y Abel
Caín –decíamos– es presentado por Saramago como un personaje lleno de contradicciones: ama a su hermano Abel “Desde la más tierna infancia Caín y Abel habían sido los mejores amigos, a tal punto llegaban que ni hermanos parecían, donde iba uno el otro iba también, y todo o hacían de común acuerdo.” (c. 3; pág. 37). Pero la diferencia que Dios establece entre ambos al aceptar el sacrificio de Abel y no el suyo (y la burla que Saramago le atribuye a Abel y que no aparece en el texto bíblico) hace que Caín lo envidie y lo odie hasta matarlo, la culpa según Saramago es de Dios que estableció las diferencias rechazando el sacrificio de Caín y luego no impidió el homicidio sino que aparece luego, tarde, demasiado tarde. Cabe acotar que Saramago –haciendo literatura- se saltea la advertencia que Dios le hace –en el relato bíblico- a Caín antes del fratricidio : “Caín: ¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerla erguida; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo” (Gn. 4, 6 – 7).
Un caso particular es este mito de origen de Caín y Abel. Un mito etiológico que intenta responder en realidad a la pregunta ¿Por qué surge la violencia entre los seres humanos?
Este es un texto que se escribe en el siglo X ó IX antes de la era común. Cuando el pueblo ya está asentado y organizado y puede preguntarse por los orígenes, por lo tanto no intenta ser un relato histórico.
Los nombres ya nos anuncian el simbolismo: Caín, el que fue pedido. (Eva dice “Lo pedí y Dios me lo concedió”) y Abel (Humo, efímero). Se los presenta ambos con diferentes oficios (uno agricultor y el otro pastor) lo cual revela dos culturas: los agricultores que vivían ya asentados, con una cultura un poco más avanzada y los pastores, los beduinos que eran semi nómadas y –generalmente- despreciados por los agricultores. Ambos representan dos visiones del mundo, dos culturas. Se presenta desde el comienzo la diferencia. Y se dice que ambos ofrecen diverso culto. De entrada el texto va diciendo que hay una diferencia que es querida por Dios…y en la que Dios se inclina sobre el más débil (Abel) Por eso la referencia a que miró con agrado la ofrenda de Abel (el más débil y además el menor: el bendecido y el de los privilegios era el mayor, pero Dios bendice al menor; hace –en lenguaje actual- su “opción por el pobre”).
Eso provoca la ira y el disgusto de Caín que comienza a mirar mal al que tiene otra cultura y otro culto, y eso se transforma en odio, en descalificación y, luego, en violencia que lleva a la muerte.
Antes del fratricidio, Dios interviene apelando a la conciencia de Caín (“mira que el pecado está a la puerta…”). Y luego del asesinato, Dios detiene la escalada de violencia al prohibir que Caín sea asesinado. El castigo es el destierro (la imposibilidad de vivir con otros, es consecuencia de la intolerancia y la incapacidad de aceptar al diferente). Pero Dios –al menos según la teología de esta tradición- aunque no aprueba el homicidio, no acepta la venganza.
La sangre de Abel nos recuerda que desde el principio está en nosotros la incapacidad de aceptar al que tiene diversa cultura –es decir diverso modo de ganarse la vida, de vivir, diversas ideas políticas- y diverso culto (diversa manera de relacionarse con lo Trascendente). Nos es difícil convivir con los más débiles en la sociedad, con las minorías, los diferentes, los que piensan distinto. En vez de cuidar unos de otros, el otro –el diferente- se transforma en una amenaza, y –no pocas veces- en alguien que está en contra, un enemigo; alguien que debe ser eliminado.
Dice también el relato bíblico, que luego de ser expulsado “lejos de la presencia de Dios”, Caín funda una ciudad a la que le pone el mismo nombre que su hijo. La ciudad se llama: Henoc, que etimológicamente significa “dedicación” (en latín: studium = estudio), término emparentado etimológicamente con “educación”. Pareciera que con el tiempo Caín comprende que el remedio a la violencia y a la intolerancia es el esfuerzo, el estudio: la educación, la dedicación.
Aquí hay una clave: el camino a desandar para ir realizando la fraternidad es largo y tiene que ver con estas categorías; tiene que ver con dedicación – que es un termino de connotaciones religiosas, porque significa ofrenda, dar lo mejor de si-, y con educación, que significa conducir, sacar de dentro lo mejor de sí. Hay que sacar de adentro lo mejor de sí: el Hermano que nos habita.
Como se ve el relato de Caín y Abel tiene una finalidad diferente a la pretendida desde una lectura literalista.
Abraham e Isaac
El episodio de Abraham e Isaac (Gn. 22) que es relatado aquí como una imagen cruel de Dios, en el fondo intenta manifestar algo muy diferente. Es verdad que se presenta el episodio como una prueba de la fe de Abraham que está dispuesto a sacrificar a su único hijo que significaba la promesa de una descendencia y un pueblo numeroso que el mismo Dios le había hecho. Abraham es bendecido por no negarle ni lo más preciado a Dios (que – a su vez- en el NT no nos va a negar ni lo más preciado: su hijo, que de verdad es asesinado).
Aquí sin embargo, lo que queda claro es que Dios no acepta sacrificios humanos (que es lo que el texto pretende establecer con claridad).
El texto (que retoma una tradición oral antiquísima, pero que es re escrito en el siglo V) es un mito etiológico: mediante ese relato se deja constancia de que a Dios no se lo honra con sacrificios humanos (cosa que sí hacían los vecinos de Israel; los Cananeos –y por lo que la misma Biblia sugiere (cfr. 2Re. 3, 27), también fue practicado por algunos en Israel-). Es un intento de evitar la contaminación religiosa; pero sobre todo un texto que humaniza el culto.
Por otra parte, el final –en el que se dice que “por eso se dice que en la montaña Dios proveerá”- se encuentra el origen del nombre de la ciudad de Jerusalem (Iré Shalaim: allí Dios provée). El texto en realidad, más allá de que resalta la fe de Abraham capaz de creer que Dios proveerá más allá de que todo hace parecer lo contrario, intenta enseñar a la comunidad que ya no se honra a Dios con el sacrificio de seres humanos, porque Dios en Jerusalem (donde está el templo) provee (el cordero para el sacrificio). Es un texto de tradición sacerdotal que intenta establecer que el culto que brota de la fe es diferente y que este Dios no exige sangre humana.
Algunas consideraciones teológicas
“Caín no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. No bastaban Sodoma y Gomorra arrasadas por el fuego, aquí, en a falda del monte Sinaí, quedó patente la prueba irrefutabe de la profunda maldad del Señor” (c. 8; pág 112).
El autor en esta frase revela la teología de fondo. Un dios cruel e injusto. Y no está desacertado si adoptamos su propia mirada sin criticarla.
La Biblia no es un libro escrito por ángeles sino por seres humanos que van progresando en su comprensión de Dios. Un Dios que va siendo comprendido por etapas, como conocemos los seres humanos, que vamos avanzando a tientas. Y en ese proceso nos cuesta ir despojando a Dios –o a su imagen– de atributos humanos. Decía Pascal que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza… y el hombre le pagó con la misma moneda”.
Una categoría teológica que está detrás de esa visión sobre Dios que Saramago critica, es la categoría de omnipotencia. Comprender la omnipotencia como la capacidad de Dios de hacer lo que le viene en gana y de forzar las acciones naturales y las acciones humanas conforme a su parecer, ha sido por mucho tiempo la enseñanza común en el catolicismo y en otras confesiones religiosas también.
Esa imagen de Dios, es verdad, podría deducirse de algunos textos bíblicos empapados de intervenciones espectaculares atribuidas a Dios.
Pero si bien se mira en los episodios de Abel, en el de Abraham y en otros más (como el de Sodoma y Gomorra) hay una apelación a la conciencia de las personas que son las que deben cambiar: la advertencia de Dios a Caín, las palabras de Dios a Abraham y su capacidad de escuchar a Dios antes de matar a su hijo; la ley que prohibía la idolatría y que es desoída en el desierto cuando se construye el becerro de oro (otro mito que intenta aleccionar acerca del monoteísmo y los peligros de hacerse un dios a la medida, un dios de oro), apuntan a señalar que el fondo de la cuestión religiosa se dirime en el corazón humano, en la conciencia del creyente.
Incluso llegan a encontrarse relatos –en la Biblia– en los que ni siquiera es mencionado Dios, pero queda claro que él actúa en las personas, a través de las personas y los acontecimientos históricos, incluso los acontecimientos desdichados e infelices (como la venta de José a manos de sus hermanos –texto que no toma Saramago–; o el relato del Cantar de los cantares).
El poder de Dios se ve en la capacidad de transformar conciencias, en personas que se hacen capaces de escuchar y de responder con bondad y amor. Dios aparece, más bien, como un Dios poderoso en todo, es decir un Dios que siempre está, y que –si es escuchado y obedecido– puede transformar la vida de las personas: los débiles –como Abel– pueden ser tenidos en primer lugar y no sujetos a la violencia de los caínes que acechan; una religiosidad que no exige ni oro, ni sacrificios inhumanos, sino confianza en el Dios bueno que se revela de maneras inesperadas; un Dios que finalmente decide hacer las paces con el ser humano y aceptarlo y amarlo como es después del diluvio, (que es una explicación etiológica de algo que está en todas las culturas y que parece ser responde a un acontecimiento histórico –gran inundación– que afectó a todas las culturas de la región).
Un Dios respetuoso de la conciencia humana. Y cuyo poder reside en la capacidad de recrear las circunstancias, y transformar a las personas cuando estas escuchan la voz que les habla en lo profundo de sus conciencias. Por eso es un Dios que se revela fundamentalmente en su Palabra, y esconde su rostro para no ser idolatrado, es decir, para no ser convertido en un dios cruel y manipulable, como el que el mismo Saramago cuestiona en su obra.
La Biblia es una historia de la comprensión que un pueblo va teniendo de su Dios. Y esta comprensión va evolucionando. Los cristianos creemos que esa evolución llega a su plenitud en Jesús que nos ha revelado que “Dios es Amor”.
Algunas consideraciones finales
Como se ve, Saramago una vez más nos inquieta y nos obliga a repensar y criticar los propios fundamentos, indagando en los orígenes y fundamentos de las propias convicciones.
A la vista de estas observaciones podemos decir que el personaje Caín representa a la humanidad enfrentada con una imagen de Dios autoritario, injusto, celoso y cruel. Un Dios al que a lo sumo se le puede tener miedo, pero nunca amarlo.
En este sentido desmitologizador y cuestionador, Caín es una obra profundamente religiosa, porque ataca la idolatría y propone una relectura de los textos desde la humanidad herida. No habría que olvidar que una de las acepciones de la palabra religión es re-legere (es decir "re-leer"). Esta relectura desde una humanidad herida, contradictoria, capaz de lo mejor y de lo peor (como es Caín, como somos todos) ayuda a otro tipo de comprensión y de profundización acerca de quién es Dios.
Esta relectura de la imagen de un Dios lleno de contradicciones como somos los seres humanos que nos construimos imágenes idolátricas de Dios y las revestimos de poder es profundamente cuestionada en la obra de Saramago. Una obra iconoclasta que nos recuerda que Dios –para el que cree– es el no-ídolo, el totalmente Otro. “¿Lo comprendiste? Entonces no es Dios”. Decía san Agustín.
Hay que acordar con Saramago en que “la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con Dios: ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”.
La lectura de este texto –Caín– ayuda no sólo a re-leer, sino que nos pone también ante la opción de re-elegir (otro de los significados de la palabra religión: re- eligere) y, una vez reelegido el camino de la fe, a re-ligarse de otra manera con ese Otro, siempre más allá y más acá, al que llamamos Dios. Por todo esto creo que Caín –tal vez a pesar del mismo Saramago… o no– es una obra profundamente religiosa.
Por último: no hay que olvidar que el personaje principal es Caín: el que asesinó a su hermano. Ni habría que olvidar que en el fondo como a Caín –imagen de esa humanidad capaz de lo mejor y de lo peor– se nos sigue dirigiendo la pregunta hiriente como un grito que atraviesa toda la historia de la humanidad: ¿dónde está tu hermano? De la respuesta a esa pregunta pende la respuesta a la pregunta por cómo es el Dios en el que creemos (o en el que no creemos).
Emanuel Levinas afirma –comentando el episodio de Caín y Abel– que Dios al preguntarle a Caín “¿dónde está tu hermano?” está revelándole cómo concibe Él al ser humano: como alguien responsable por su hermano, es decir, alguien que debe responder por el otro, que no es solo, sino con otro y que es interpelado a ponerse en el lugar del otro. Debe responder, dar respuesta por y ante otro. Dios no concibe al ser humano solo, sino como ser hermano.
La respuesta de Caín muestra su particular visión de la humanidad: “¿Soy acaso el guardián (el “pastor”) de mi hermano?” Revela una concepción clara: yo soy yo, y mi hermano es mi hermano. Somos diferentes, cada uno responde por sí mismo.
Caín –dice Levinas– responde a nivel ontológico (yo soy yo, distinto de mi hermano), a una pregunta ética: es decir una pregunta que incluye al otro.
La violencia de Caín –paradigma de toda violencia– tiene su raíz en la negación de la responsabilidad; en la afirmación personal que se desentiende del otro: yo soy yo y hago mi vida, los demás, mi hermano, no son asunto mío.
La pregunta –¿dónde está tu hermano?– que Dios le dirige a cada hombre y mujer tal vez sea la clave de la respuesta sobre la cuestión de Dios: si somos capaces de responder por el otro (el próximo), tal vez podamos decir algo sobre ese totalmente Otro del que el mismo Saramago ha dicho: “Dios es el silencio del universo y el ser humano es el grito que da sentido a ese silencio”.
jueves, 23 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Religión razonable
Nathan Stone, S.J.
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad, respeto y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman. 1 Pedro 3:15-16
El estudiante de teología se anima con las palabras de Pedro. Se prepara para dar razón de nuestra esperanza. El pensamiento sobre la fe tiene que ser, en primer lugar, lógico, razonable y fundamentado. Si no, no es pensamiento, sino diatriba histriónica y mistificadora.
Los luteranos hablan del salto de la fe. Eso supone un abismo de irracionalidad que necesariamente debe ser atravesada a ojos cerrados. Implica la incorporación de un elemento extraño en la mezcla, algo irracional. Si es así, no tiene sentido explicar la esperanza cristiana a un no creyente. Él está al otro lado de ese abismo, esperando dar pasos razonables que, según el modelo, no existen. Y el creyente saltador afirma las fórmulas aprendidas con estridencia.
La teología católica, por su lado, tiende a ser obsesivamente sistemática. La alta esfera intelectual se pone arrogante, como si hubiera capturado, estrujado y encasillado la esencia divina. Imposible, porque Dios es infinito y la teología es finita. Por eso, Tomás de Aquino habla del conocimiento mediante la analogía. Hacemos metáforas razonables que en verdad apuntan a Dios, pero sin encasillar, porque definir al Todopoderoso es impensable.
Por su parte, el católico común y corriente suele quedarse con los reglamentos, castigos y milagros. Las veces que me ha tocado explicar, por ejemplo, el contexto histórico de algún relato bíblico, o el sentido de alguna enseñanza, la gente queda sorprendida, maravillada y agradecida, porque sólo conocía la imposición de doctrina irracional y obligatoria, aliñado con milagritos.
El pueblo no es tonto, por Dios. Cada uno fue creado a imagen y semejanza con facultades razonables. A veces, la autoridad recurre a la mistificación para sostener su autoridad, aduciendo, como Caifás y Maquiavelo, que el fin justifica los medios. El argumento es así: la verdad es verdad porque yo dije, y yo soy la autoridad. No hay más preguntas. Lanzan la parte más importante de la discusión, su fundamento, al abismo. Eso siembra mucha duda para el futuro.
La mistificación hace que la cosa parezca misteriosa para sacarla de la discusión. Por otro lado, existe un componente realmente místico en el pensamiento religioso. El misticismo auténtico es algo completamente diferente porque es real. Es la experiencia del Resucitado. Es sentirse movido por el Espíritu Santo. Ese es un dato que algunos no tienen, pero, por más Samaritano que sean, podrían tener. La experiencia mística desencadena un proceso de entendimiento que da sentido a todo, y termina dando frutos abundantes y observables.
La razón de nuestra esperanza no es estática, sino dinámica. Por eso, no es posible defenderla como fortaleza, sino constantemente examinarla y evaluarla, para no perder el camino. Los discípulos, fieles al Espíritu, no solamente afirman cosas correctas. Además, dan mucho fruto. Esa es la prueba empírica. La semilla del amor hecho obra tiene efectos evidentes en el mundo.
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad, respeto y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman. 1 Pedro 3:15-16
El estudiante de teología se anima con las palabras de Pedro. Se prepara para dar razón de nuestra esperanza. El pensamiento sobre la fe tiene que ser, en primer lugar, lógico, razonable y fundamentado. Si no, no es pensamiento, sino diatriba histriónica y mistificadora.
Los luteranos hablan del salto de la fe. Eso supone un abismo de irracionalidad que necesariamente debe ser atravesada a ojos cerrados. Implica la incorporación de un elemento extraño en la mezcla, algo irracional. Si es así, no tiene sentido explicar la esperanza cristiana a un no creyente. Él está al otro lado de ese abismo, esperando dar pasos razonables que, según el modelo, no existen. Y el creyente saltador afirma las fórmulas aprendidas con estridencia.
La teología católica, por su lado, tiende a ser obsesivamente sistemática. La alta esfera intelectual se pone arrogante, como si hubiera capturado, estrujado y encasillado la esencia divina. Imposible, porque Dios es infinito y la teología es finita. Por eso, Tomás de Aquino habla del conocimiento mediante la analogía. Hacemos metáforas razonables que en verdad apuntan a Dios, pero sin encasillar, porque definir al Todopoderoso es impensable.
Por su parte, el católico común y corriente suele quedarse con los reglamentos, castigos y milagros. Las veces que me ha tocado explicar, por ejemplo, el contexto histórico de algún relato bíblico, o el sentido de alguna enseñanza, la gente queda sorprendida, maravillada y agradecida, porque sólo conocía la imposición de doctrina irracional y obligatoria, aliñado con milagritos.
El pueblo no es tonto, por Dios. Cada uno fue creado a imagen y semejanza con facultades razonables. A veces, la autoridad recurre a la mistificación para sostener su autoridad, aduciendo, como Caifás y Maquiavelo, que el fin justifica los medios. El argumento es así: la verdad es verdad porque yo dije, y yo soy la autoridad. No hay más preguntas. Lanzan la parte más importante de la discusión, su fundamento, al abismo. Eso siembra mucha duda para el futuro.
La mistificación hace que la cosa parezca misteriosa para sacarla de la discusión. Por otro lado, existe un componente realmente místico en el pensamiento religioso. El misticismo auténtico es algo completamente diferente porque es real. Es la experiencia del Resucitado. Es sentirse movido por el Espíritu Santo. Ese es un dato que algunos no tienen, pero, por más Samaritano que sean, podrían tener. La experiencia mística desencadena un proceso de entendimiento que da sentido a todo, y termina dando frutos abundantes y observables.
La razón de nuestra esperanza no es estática, sino dinámica. Por eso, no es posible defenderla como fortaleza, sino constantemente examinarla y evaluarla, para no perder el camino. Los discípulos, fieles al Espíritu, no solamente afirman cosas correctas. Además, dan mucho fruto. Esa es la prueba empírica. La semilla del amor hecho obra tiene efectos evidentes en el mundo.
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