Buenos Aires / Economía – La publicación de la carta encíclica Caritas in Veritate es un evento que tiene importancia revolucionaria para los cristianos y para la sociedad civil. Si bien el documento refleja la continuidad con el magisterio social de la Iglesia, esta nueva encíclica presenta una importante innovación en el modo de ver el mercado, la economía y la vida civil.
Quisiera destacar, ante todo, que Benedicto XVI resalta la actualidad del gran magisterio social de Pablo VI, al considerar junto a la Rerum Novarum –la histórica encíclica social de León XIII– también la Populorum Progressio como hitos de la doctrina social de la Iglesia.
El motivo no es sólo el reciente cuadragésimo aniversario del documento del papa Montini sino, sobre todo, la intención explícita de plantear las problemáticas del capitalismo, de la justicia mundial y del desarrollo de los pueblos. "El desarrollo es el nombre nuevo de la paz", gran tema de la Populorum Progressio que pone como pilares de la ética económico-política de la Iglesia el destino universal de los bienes y la exigencia de conjugar la solidaridad con el crecimiento económico. Por lo tanto, replantear el tema del desarrollo en la era de la globalización, significa recuperar la crítica de fondo que la Iglesia plantea a la forma capitalista que asumió la economía de mercado en los últimos dos siglos, sin soslayar el aporte de la ética del mismo mercado típico de la tradición civil y del humanismo cristiano.
Sin mercado, de hecho, no hay una buena calidad de vida. Pero si sólo nos atenemos al mercado –es decir, a la esfera de los contratos– quedan marginados y atrofiados otros principios y mecanismos fundamentales de la vida en común, como la gratuidad y la reciprocidad.
Otro aspecto a destacar es cuando Benedicto XVI afirma que la caritas, el amor (eros, philia y agape) es el fundamento tanto de la vida espiritual, eclesial y comunitaria, como de la vida económica y política: "Da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no sólo es el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las sociales, económicas y políticas" (n. 2). Esta frase, a mi entender, tiene una importancia revolucionaria. De hecho, una de las grandes constantes que se remontan al mundo griego y romano es una visión dicotómica de la vida: cuerpo-alma; espiritual-material; contemplación-praxis; eros-agape. Esta visión dicotómica o dualista sigue siendo muy fuerte en el ámbito económico y civil, cuando se afirma, en la teoría y en la práctica, la contraposición entre gratuidad y mercado, entre don y economía.
El Papa vuelve a llamarnos, también desde sus precedentes encíclicas, a esta nueva unidad: es el amor, el mismo amor, que puede y tiene que inspirar el don y el contrato, la familia y la empresa, el mercado y la política. He aquí, entonces, que a lo largo del capítulo 3 de la encíclica se desprende la inquietud por una reunificación de la vida que se ubica en el corazón mismo del mensaje cristiano: la encarnación de Jesús superó para siempre la separación entre lo sagrado y lo profano, entre ámbitos humanos y los que no lo son. Se puede alcanzar la buena vida, la santidad ciertamente en la vida contemplativa y en la oración, pero también siendo empresario y trabajando, o comprometiéndose en política por la propia gente. La gratuidad no va asociada por lo tanto a lo gratis y al regalo, sino que es una dimensión que acompaña todas las acciones humanas y que, por lo tanto, podemos y debemos reencontrar en la vida cotidiana.
A este discurso está ligado también el tema de las ganancias y de la empresa, que ocupa un lugar central en el capítulo sobre el mercado. Si la gratuidad es la dimensión fundamental de lo humano, deriva de esto que las ganancias no pueden ser la única finalidad de la empresa, de ninguna empresa, no sólo de aquellas sin fines de lucro, porque cuando esto sucede (como en la reciente crisis financiera) en la actividad económica y de empresa todo se vuelve instrumental: persona, naturaleza, relaciones, y nada tiene valor intrínseco.
De este modo se supera la otra gran dicotomía de la economía actual: empresa non-profit/ empresa for-profit, o la idea del tercer sector, ya que toda empresa en cuanto tal tiene una vocación civil y no sólo aquellas operantes en el tercer sector o en el non-profit. De aquí la referencia del Papa a la economía civil y de comunión (n. 46), cuyo significado se capta sólo con la totalidad de la encíclica.
En la introducción el Papa se pregunta cómo actualizar hoy los planteos y los desafíos de la Populorum Progressio (n. 8). Para él sigue siendo actual la idea de que el desarrollo es la condición necesaria para la paz; pero en estos cuarenta años quedó claro que el desarrollo económico no es suficiente para evitar las guerras (como ya estaba claro en tiempos de Pablo VI); hace falta la comunión de los bienes, la solidaridad entre los pueblos, pues las recientes guerras y el terrorismo muestran que un sistema capitalista que produce crecientes desigualdades es insostenible.
"La comunión es el nombre nuevo de la paz": puede ser uno de los mensajes centrales de la encíclica, que es también el desafío de la economía y de la paz de los próximos años, y que debe interpelar también a los grandes de la tierra, al G8, etcétera.
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Luigino Bruni. Artículo publicado en revista Ciudad Nueva, www.ciudadnueva.org.ar
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