sábado, 23 de abril de 2011

Comiendo la tierra

Una visión desde América del Norte sobre la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros.
Gregorio Kennedy, S.J.

Estados Unidos / Ecología – “El que tiene un porqué para vivir”, decía Nietzsche, “puede soportar casi cualquier cómo”. El psiquiatra Viktor Frankl tuvo una fuerte experiencia de esta proposición. Frankl, seguidor de Freud, sostenía que la mayor urgencia de los humanos no es de carácter sexual, sino más bien existencial. En nuestro nivel más básico, lo que nos impulsa es nuestra necesidad de sentido.

El reto más formidable para la cordura ecológica de los norteamericanos, tanto los jesuitas como otros, es apreciar la potencia del aforismo de Nietzsche en la “logoterapia” de Frankl. Una razón fundamental que nosotros, en abierto desafío a todas las pruebas en contrario, alegremente defendemos igual que pensar que el mundo se pierde en el cielo como si fuese un balón de aire caliente y que eso es una dificultad de sentido. Estamos semánticamente desnutridos. Y, como a veces ocurre en casos de hambruna, desesperados, hemos salido a comernos la Tierra.

Frankl tuvo la dura oportunidad de probar empíricamente su teoría psicológica en el laboratorio infernal del Holocausto. Como prisionero de Auschwitz, descubrió el denominador común entre los supervivientes de aquella brutalidad incesante. Cualquier vida que conserva algún propósito y significado, sin importar el estado de salud física en que se encuentre, tiende a continuar. Los esposos vivieron para sus esposas, las madres por los hijos, los creyentes por la esperanza en Dios. Si el creyente maltratado perdiese su fe, el marido a su esposa o la madre a su última hija, sus propias vidas pronto desaparecerían también.

El hecho de que los norteamericanos no sólo sobreviven, sino orgullosamente rechazan la crisis ecológica actual sugiere que poseen un muy sólido “por qué vivir”. El cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos, la erosión del suelo, la contaminación universal, la crisis del petróleo, las extinciones masivas, la escasez inducida por los conflictos, nada, al parecer, puede derrotarnos. Seguimos comprando y vendiendo como si no hubiera mañana. Ante esta inquietante conexión entre un futuro truncado y nuestros hábitos de consumo, ¿cómo es que nuestro “cómo” de la vida no haya tocado a nuestro “por qué”? O a la inversa, ¿por qué nuestros “porqués vivir” ha creado un “cómo” tan nocivo?

Estas preguntas nos sumergen en los valores contemporáneos. Hablamos como jesuitas de opciones preferenciales, de relaciones justas, de justicia social y ecológica como elementos constitutivos de nuestra fe, pero la mayoría de nuestros valores funcionales, los valores que guían nuestras decisiones y acciones cotidianas, siguen siendo profundamente consumistas. Así lo más conveniente, la velocidad, evitar el esfuerzo físico, o la fidelidad tácita a una noción materialista del progreso son esos clandestinos, incuestionables, “porqués” que nos revisten con el extraordinario (en todos los sentidos de la palabra) poder de soportar las dificultades emocionales, espirituales, sociales y morales de una cultura literalmente anti-biótica, es decir, contra la vida. Sin duda, que nuestras almas y conciencias sufren mucho, tal vez inconscientemente, por las desigualdades, las opresiones, y la destrucción que nuestros estilos de vida perpetúan pero nos las arreglamos para sobrevivir a este trauma aferrándonos, cada vez más celosamente, a nuestros cuestionables sistemas de valores.

En consecuencia, nos enfrentamos a un “desafío de consumismo” de inmensa magnitud. Se requiere mucho más que el cambio de diesel a bio-combustible. Tenemos que desmontar todo el motor para revisar y remplazar las juntas y los pistones desgastados que nos hacen quemar diesel, entre otros combustibles.

Hasta aquí, hemos considerado nuestro reto consumista desde el lado de los “cómos”. No nos hemos preocupado de que nuestras motivaciones y esperanzas de éxito se disipen como el humo. Nuestro inmenso sistema de la industria militar, más globalizado, más arraigado, se siente demasiado grande para caer. Y así lo es, dados nuestros actuales “porqués” para vivir. Porque si lo más cómodo, evitar cualquier esfuerzo físico o el individualismo son nuestros principios rectores, defenderemos, con cualquier medio, los medios que nos lleven hasta allí. Nosotros soportamos el fracaso del consumismo porque, como consumidores, hemos, a priori, perdido nuestra ruta.

Si quisiéramos cambiar nuestros “porqués”, los más profundos de nosotros, los “porqués de vivir” necesitaríamos toda la energía, fe e inteligencia para sobrellevar los “cómos” a los que no estamos acostumbrados. Según San Pablo: “Dios es fiel, y no te dejará ser probado más allá de tus fuerzas, pero con la prueba Él también te concederá el camino para salir de manera que puedas soportarlo” (1Cor 10,13) Si mitigar el cambio climático y reducir las emisiones de carbono, por ejemplo, se convirtiese en un valor operativo nosotros de manera espontánea, e inconscientemente, haríamos de todo para evitar los viajes en avión o usar el automóvil. Esto hoy nos parece algo impracticable, o imposible y lo más probable hasta in-apostólico. Lo cierto es que nuestros “porqués” actuales nos impiden pensar en algo así. Nuestras conciencias tienen hombros atléticos para cargar con el fardo global de la acidificación de los océanos, la muerte de millones por el hambre, la desertificación, la extinción de las especies o de las poblaciones costeras, además de todos los otros males del cambio climático; por eso la idea de ir caminando al trabajo, o no ir a un congreso al extranjero o quedarse en casa en vacaciones, nos parece sencillamente demasiado.

Los miembros de la familia ignaciana, según lo que hemos comentado más arriba, pueden sentirse atrapados en una difícil posición cognitiva. Después de todo, según nuestro Principio y Fundamento, todo nos está permitido siempre que nos sirva para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

Tenemos el magis para conducirnos, y por ello nada es demasiado bueno para el apostolado. Aquí tenemos que actuar con cautela, porque a menudo podemos crecer como jesuitas en la justificación de nuestras acciones y acabamos sirviendo a ídolos en vez de a Dios. En el crepúsculo de la integridad ecológica, Dios viene a nosotros de forma inesperada. Nuestra manera de alabar, reverenciar y servir debidamente al Dios de la vida en un tiempo anti-biótico puede que no se parezca mucho a lo que estábamos acostumbrados. Del énfasis en la salvación individual pasamos al interés en la salvación de la creación, donde todo lo que existe, y no sólo lo humano contingente, está llamado a la salvación en Cristo. Nuestro magis, por lo tanto, puede significar viajar menos en avión, producir menos, menos consumo impulsivo de la vida sobre la tierra y su diversa belleza.

Mostrar creativamente que menos es más, podría ser nuestro magis hoy.
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Gregorio Kennedy, S.J. Versión completa en Promotio et Iustitiae nº 105, 2011/1. Este artículo fue publicado por “Ecología y Jesuitas en Comunicación”, http://ecojesuit.com/

Toda teología es política

Rafael Velasco, S.J.


Viernes, 15 de Abril de 2011 09:15

“Toda Teología es política”, dice Juan Bautista Metz. Esto significa que toda concepción acerca de cómo es Dios lleva aparejada una idea acerca de cómo este Dios interviene en el mundo y tiene que ver (o no) con los problemas, las acciones, las aspiraciones y los deseos de los seres humanos.

Toda reflexión acerca de Dios trae como consecuencia un modo de proceder respecto de lo humano. Una ética.


Algunos ejemplos

Aquellos que afirman que Dios sólo creó al mundo y luego deja hacer, en el fondo afirman que las acciones humanas (la ética, a la que según Aristóteles pertenece la política) dependen de sí mismos y sus propias reglas. Dios no se mete, por lo tanto el tema es sólo humano y allí hay que organizarse. Eso que ha dado lugar a éticas autónomas y seculares, también muchas veces deviene en la ética del más fuerte, del que logra imponerse. La canonización del mercado y sus reglas es un ejemplo.

Los que sostienen que todo tiene que ver con Dios y que por lo tanto la sociedad debe organizarse en base a criterios religiosos; muchas veces han terminado justificando y favoreciendo estructuras sacralizadas del poder secular: monarquías y dictaduras con todo lo que estas han traído de avasallamiento de derechos humanos y de daño para la humanidad.

Más allá de estos dos ejemplos, lo que no se puede negar es que las religiones tienen, por lo general, vocación política. Es decir que la persona religiosa, particularmente el cristiano, no puede ser una persona desinteresada de lo que le pasa a sus semejantes… y eso es política. El bien común se realiza en la acción política.

Cristianismo y política

Jesús comenzó su ministerio público anunciando que el reino de Dios estaba cerca. Este reinado de Dios, si bien Jesús nunca lo definió conceptualmente sino que lo explicó a través de parábolas, no era una cuestión etérea y meramente espiritual y de realización celeste, sino que implicaba un nuevo modo de relación ente los seres humanos, en el que los pobres fueran atendidos y puestos en el centro de las preocupaciones humanas, los apartados fueran incluidos y los últimos fueran los primeros. Un modo de vida humano regido por la justicia, la solidaridad y la paz. Su concepción religiosa de Dios –el Padre Bueno que ofrece su amistad a todos los hombres y mujeres- como se ve, traía aparejada una visión política. Incluso una concepción del poder: el poder es para servir, o mejor dicho el servicio es poder.

El cristianismo como intento de realización histórica de la misión de Jesús, ha tratado de hacer historia este Reino, con resultados diversos: a veces realizaciones grandes y otras errores inmensos, fundamentalmente cuando se confundió religión y política, es decir cuando el poder y el afán de dominio se impuso en la concepción religiosa. La historia está plagada de ejemplos. Que toda teología tenga implicancias políticas, porque el creyente, el que reflexiona acerca de Dios está planteándose un modo de involucrarse en lo humano, no significa que la teología debe regir sobre la política. Eso es confundir el orden de las cosas y superponer los planos.

La modernidad nos ha legado el concepto de secularidad es decir de la autonomía de las cosas humanas respecto de la autoridad religiosa. Lo cual es muy positivo, porque significa romper al menos en occidente, con la pretensión autoritativa de la religión por sobre las actividades humanas, por que el hecho de que toda teología sea política, no significa una suerte de teocracia (o de “partido de dios”) en la que la institución religiosa tenga el monopolio de la política, ni del discurso político. Significa, en todo caso, que así como a nuestro Dios –según la tradición cristiana- le interesa el bienestar de todos los seres humanos, de la misma manera, el creyente en ese Dios no puede desentenderse, es más debe comprometerse decididamente con el bienestar de sus semejantes.

A la Iglesia Católica en particular, en occidente, le ha costado mucho comprender –a lo largo de su bimilenaria historia- que no está llamada a ser una suerte de “partido de Dios”, ni una agencia de moralidad internacional, sino que debe ser signo de lo que los seres humanos estamos llamados a ser: una comunidad de hermanos, que luchan por un mundo más justo para todos, porque su Dios –que es Padre de todos sin excepción- quiere un mundo más justo, solidario y humano.

La Iglesia tiene como misión anunciar un Acontecimiento de salvación realizado en Cristo. De esa manera es sacramento en la historia, cumpliendo su papel de comunidad-signo de la convocación de todos los hombres y mujeres por Dios. Al anunciar la llegada del Reino de Dios hace ver, sin evasiones, lo que está en la raíz de la injusticia social: el rompimiento de una fraternidad basada en nuestra situación de hijos de un mismo Padre; anunciar el Evangelio de Jesús debería hacer evidente esta alienación fundamental (la ruptura de la fraternidad) que yace bajo toda otra alienación.

“De este modo –dice Gustavo Gutiérrez- el anuncio de la Buena noticia de Dios es un poderoso factor de personalización; gracias a ella –a la Buena noticia- los hombres y mujeres toman conciencia del sentido profundo de su existencia histórica, y viven una esperanza activa y creadora en el cumplimiento pleno de la fraternidad que buscan con todas sus fuerzas.”[1]

El reino de la tierra

Para un cristiano, desertar de lo político es desertar de lo humano. Porque para los Cristianos el reino de Dios no es algo ultramundano, sino es algo que Dios ha comenzado aquí en este mundo con la vida de Jesús, y que los seguidores suyos debemos edificar, con su fuerza y su inspiración, trabajando con hombres y mujeres de diversas tradiciones religiosas, (o no religiosos) y que –creemos- sí tiene una realización última más allá de este mundo. Porque creemos en la resurrección y en la vida eterna después de la muerte.

Pero no debemos engañarnos, ya lo dijimos antes, con la idea del “reino de los cielos”, porque este concepto –que se usa en el evangelio de Mateo- es sinónimo de reino de Dios. Y a Dios se lo encuentra y se lo sirve en este mundo.

La coartada usada por algunos sectores para el descompromiso es la frase de Jesús “mi reino no es de este mundo”. Muchas veces quienes la usan, para negar las consecuencias políticas del mensaje cristiano, lo que pretenden es recluir lo religioso al plano del buen corazón, del culto intimista, de la bondad personal y se lo saca del terreno de la justicia social, de la liberación de los oprimidos, de la ética global y de la política. Por eso, todo pretendido “apoliticismo” –caballo de batalla de los sectores conservadores- no es sino un subterfugio para dejar las cosas como están; para evitar cualquier compromiso con el cambio y la transformación social desde sus causas.

Porque lo que Jesús quiere decir es que ese Reino no se rige con los criterios de este mundo en el que la autoridad se impone por la fuerza, los débiles son aplastados y los más fuertes se alzan con el botín; sino que este reino se hace con la fuerza silenciosa del amor, con el esfuerzo del trabajo cotidiano, con la honestidad oculta de muchos, con el compromiso por que los pobres sean tenidos como el centro de las preocupaciones políticas y sociales. Esos criterios -se aprecia con claridad- no son de este mundo que impone el egoísmo y el consumo como sus marcas distintivas.

“Toda Teología es política”. Es decir que toda reflexión acerca del acto de fe, tiene consecuencias prácticas, públicas y comunitarias, es decir políticas.

* Este artículo es parte del libro "En el nombre del padre y del rabino".

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[1] GUTIERREZ, Gustavo; “Teología de la Liberación. Perspectivas”; Ed. Sígueme – Salamanca 1999; 16ª edición; p. 308